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Miércoles 11 de Marzo de 2015 - 02:42 PM

Santandereanos navegarán el río magdalena en una balsa de madera y botellas

Un profesor de ciencias sociales y un artista audiovisual decidieron construir una balsa con botellas plásticas, alambres y palos de madera y embarcarse en la aventura de recorrer el Río Grande de la Magdalena, zarpando desde Sogamoso. Su objetivo: enseñarles a más de cuatro mil niños a cuidar el medio ambiente.
Santandereanos navegarán el río magdalena en una balsa de madera y botellas

Un plan: recorrer el río Magdalena desde Sogamoso hasta llegar a Bocas de Ceniza en una balsa hecha de botellas de plástico y palos. Aproximadamente 750 kilómetros de faena. Dos objetivos: enseñarles a los niños de los colegios y escuelas rurales que están ubicadas al lado del gran afluente cómo seguir creando desarrollo sin afectar tanto el medio ambiente. Pero también conocer qué tan contaminada está la principal arterial fluvial del país.

Así quizás suene hasta sencillo, más hoy cuando el tema del desarrollo sostenible y el cuidado del medio ambiente se volvió moda. Sin embargo, el reto que se propuso Iván Camilo Rojas Medina, maestro de ciencias sociales, es inmenso.

“Haciendo mi tesis de grado me di cuenta que el café de Santander lo sacaban por el río Lebrija y Sogamoso. Entonces me pareció muy interesante, porque fueron todas las toneladas de café que te puedas imaginar (…) desde inicios de 1851 y hasta 1930 que se hizo la primera carretera y el tren de Puerto Wilches”, recuerda Rojas, historiador de la Universidad Industrial de Santander.

Es así como este maestro empieza a buscar ejemplos de personas que hayan decidido utilizar las antiguas vías de comunicación, ya sea para colonizar tierras, como lo hizo el fundador de Santa Fe de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada; romper récords personales; demostrar algo o, como llevar un mensaje.

Una de las primeras expediciones que cumplía expectativas similares a las que este maestro quiere hoy fue la realizada por el noruego Thor Heyerdahl, quien en 1947 decidió recorrer en dos meses y medio el océano Pacífico, desde Sudamérica hasta la Polinesia, en una famosa expedición conocida como Kon-Tiki, en la cual utilizó una balsa construida por él mismo.

“Cuarenta años después de Kon-tiki, unos argentinos aparecen y dicen que van a hacer lo mismo, pero desde el Atlántico: salen desde las Islas Canarias de España y llegan a Venezuela”, cuenta Rojas Medina, quien destaca como gran diferencia de las dos aventuras, además del recorrido, que mientras el primer explorador le sobró la comida por los peces que saltaban a la balsa, los segundos solo lograron pescar una vez en los dos meses que estuvieron realizando la expedición.

“Ahí ya vemos un cambio. Algo pasó. Cuando uno lee literatura del siglo XVIII, encuentra que decían que el mar olía a pescado”, apunta el profesor Rojas.
De esta manera, y teniendo en cuenta muchos ejemplos más, Iván Camilo decide crear su propia balsa con materiales reciclables y emprender una nueva aventura, con Nelson Estrada Vásquez, artista audiovisual y quien realizará un documental, producto de las horas de grabación que hagan durante los dos meses que planean recorrer el Magdalena.

 “Le apuntamos a que sean cinco horas diarias, porque de noche no se puede navegar, no es seguro. Partimos en la mañana, navegamos, llegamos a la población, nos quedamos, hacemos entrevistas con pobladores y cuadramos con el colegio para ir en la mañana siguiente a dar la cátedra. El objetivo es a las 9 de la mañana terminar la clase y zarpar. Hablando con los pobladores sabremos cuál es el próximo caserío o población y cuánto tardaremos en llegar”, planea en voz alta este maestro y director de la expedición Za-Sua (noche y día en lengua chibcha).

La clase

Como buen maestro, Rojas Medina ha venido preparándose desde hace seis meses para saber qué les va a decir sus futuros pupilos y cómo.

“A los niños les mostraremos diapositivas de animales que ya extinguimos por obra humana y los que se extinguirán en los siguientes años, por ejemplo”. Saca su faceta de maestro y comienza a explicar. “Uno que se va a extinguir, por mucho que se haga, es el oso polar. En 40 años se derrite el Polo Norte y se acaba”. La idea suena dura, pero es así. Rojas Medina lo sabe.

Su deseo porque las personas entiendan que se puede tener desarrollo sin destruir el medio ambiente hizo que ahorrara por un año completo, abandonara su profesión y se dedicara de lleno a la expedición.

 “De hecho, les mostraremos a los estudiantes cómo se relaciona el ecosistema entre sí: porque decimos bueno, que se muera un animal es normal. Pero un ecosistema es como una tela, si le quitas una hebra no se nota pero a medida que le quitas más, pues ya no es tela, se desbarata”, apunta.

Así, a través de ejemplos claros, diapositivas, videos y cartillas que él mismo está elaborando para dejar en cada institución, Iván Medina planea enseñar que cuidar el medio ambiente es una tarea de todos. Además, también sembrarán un árbol tropical en cada municipio o caserío que visiten.

Una balsa con material reciclable

Al rayo del sol o con lluvia, durante (meses) Iván Camilo Y Nelson trabajaron, junto con algunas personas de la comunidad de Sogamoso, en la construcción de la balsa, que mide siete metros de ancho por dos de largo y esperan los lleve hasta Bocas de Ceniza.

“Las balsas tienen un principio, muchos palos atados en la misma dirección: 13 palos de balso que van hacía adelante y hacía atrás; cuatro palos cruzados y todo amarrado con neumáticos, porque eso aguanta demasiado. Pero mientras lo hacíamos, unos pescadores de la comunidad de Sogamoso nos dijeron que para mayor aguante le colocáramos varilla, y así hicimos”, narra Rojas Medina.

Toda la balsa lleva materiales reciclables: el techo es una valla publicitaria gigante que les donó  uno de los colegios en los cuales trabajó Iván Rojas; los balsos, que es la madera, y 150 botellas de plástico que van por debajo de la embarcación, para darle mayor flotabilidad y que el viento y la corriente no los tumbe.

Pero, como en esta vida nada es regalado, y aunque la mayoría de materiales sí fueron donados, muchos de ellos, como los neumáticos, la madera, el transporte de la misma y la mano de obra, tuvieron que pagarse. En total, la balsa costó $800.000.

La expedición Za-Sua duraría dos meses, por lo que estos santandereanos necesitan conseguir $60 millones para comida, gastos de hospedaje en cada población, impresión de las cartillas y  producción del documental, que no solo grabará las clases del profesor Iván, sino que además explorará toda la cultura ribereña.

“Esta expedición no es con ánimo de lucro, es decir no planeamos forrarnos con esto, pero tampoco de pérdida, pues yo sacrifiqué mi profesión y tuve que ahorrar por un año para financiarme hasta que vuelva a trabajar”, expresa entre risas Iván Rojas.

A este profesor de Ciencias Sociales y a Nelson, director del documental, no les interesa mezclar nada con lo político, aunque sí esperan que su expedición sea un insumo para la política y se hagan cambios. Tampoco les interesa acusar a nadie ni tener peleas, sino hacer un trabajo constructivo en el que el único beneficiado sea el medio ambiente.

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