Sábado 08 de Octubre de 2011 - 12:01 AM

El cuento es como una caricia

Diálogo breve con uno de los hombres más altos (todos los narradores en este festival son grandes) de Abrapalabra 2011; generoso con sus palabras, amable y sonriente. He aquí las palabras de quien cambió por un trono el placer de contar cuentos.
Suministrada   /VANGUARDIA LIBERAL
(Foto: Suministrada /VANGUARDIA LIBERAL)

Boniface Ofogo ha participado en más de cien festivales de cuenteros y de teatro en veintidós países de Europa, África y América Latina. Dentro de los reconocimientos obtenidos se encuentra el Premio Cuchillo Canario en el Festival de Teatro de Agüimes, Canarias y el premio al cuentero más amable del Festival Entre Cuentos y Flores 2005, entre otros. En 2005 y 2009, participó en el simposio de contadores de historias de Río de Janeiro, en ‘El Caribe cuenta’, ‘Un cerro de cuentos’ y en el Festival Internacional de la Palabra Abrapalabra 2005, entre otros. Procedente de un linaje noble en su natal Camerún, abdicó a favor de su hermano para compartir con el mundo su pasión de contar historias.

“El cuento es como una caricia, ante la cual no hay nadie que pueda quedarse insensible, y la respuesta es necesariamente de afecto”.

Preguntas y respuestas

¿Cómo se inició en la narración oral? La verdad, debo confesar que nunca tuve yo ni planes ni tomé la decisión de ser narrador; fue casi accidentalmente, por voluntad de otros, de una chica de la asociación de estudiantes, que me pidió que contara un cuento africano en la Universidad Complutense de Madrid, donde yo estudiaba Filología Hispánica. Lo cierto es que yo desde pequeño aprendí a contar historias, no porque hubiera aprendido en la escuela, sino porque en mi familia todas las noches contábamos cuentos; entonces, me inicié sin querer; esa noche conté el cuento y la reacción de los estudiantes fue muy bella: “Qué bien cuenta los cuentos”, y la semana siguiente ya me estaban llamando para que contara en otros lugares. Eso fue en el año 92.
¿Por qué abdicó al trono? Por sentido de la responsabilidad. Cuando pequeño, tuve la suerte de que mi padre, que ha sido mi maestro en todo, me llevaba a las reuniones del consejo de ancianos, que presidía él, porque era el rey de la tribu, para que lo acompañara, porque él había decidido que cuando faltara, yo ocuparía su lugar como rey; entonces, yo me eduqué oyendo hablar a la gente mayor, que es la que mejor habla. Luego, salí de mi pueblo a los veintidós años y me perdí la evolución lógica que conoce cualquier grupo humano, cualquier sociedad, cualquier cultura, y después de veinte años por fuera, le dije a mi padre que no me sentía preparado para ocupar su lugar, que cualquiera de mis hermanos, que habían estado allí en todo momento, estaría mejor preparados que yo. Un año despúes, falleció mi padre, pero tenía su bendición para ceder mi puesto a uno de mis hermanos, a quien ayudo y asesoro en lo que puedo. Tengo un documental del funeral de mi padre, que en algún momento con los cuenteros del Festival estaremos reunidos para verlo y notar la importancia de la palabra en la cultura de mi pueblo.
¿Permanece en España? Vivo en España, pero viajo por todo el mundo constantemente; he venido a Colombia diez veces. Hablo español peninsular porque allí estudié, pero hablo cuatro idiomas: yambasa (él dijo que con ‘s’), el idioma de mis ancestros, francés e inglés, dos lenguas coloniales, y español, el idioma de mis estudios.
¿Escribe, además de narrar? Escribo, sí. Mi primer libro, ‘Una vida de cuentos’, viene con disco compacto, y allí cuento mi vida como narrador, desde las raíces, y desde la semilla, y hablo precisamente de Colombia en un capítulo dedicado enteramente a este país, ‘Crónicas colombianas’; luego, publiqué libros para niños, ‘El león Candinga’ es uno de ellos; tengo otro, ‘La sabiduría de la tortuga’, y otro que está a punto de salir. Escribo, además, ensayos sobre narración y sobre filología.
¿Cuál es la respuesta del público cuando oye sus cuentos? El cuento es una herramienta increíblemente comunicativa; se llega fácilmente a la persona por medio del cuento. El cuento es como una caricia, ante la cual no hay nadie que pueda quedarse insensible, y la respuesta es necesariamente de afecto. Estuve contando en Zapatoca, y al terminar, todos en la plaza hicieron fila para darme la mano, y noté que lo hacían con sinceridad.
¿Qué piensa de los colombianos? Veo al pueblo colombiano muy curioso. Se me acerca la gente, ¡pero gente mayor!, a preguntarme: “¿De Camerún…?, pero ¿qué se come allá?”, con caras de niños, con ganas de aprender, algo que todos deberíamos tener y no dejar perder. Lamentablemente, en España, Colombia tiene una imagen muy estigmatizada, injustamente, pero es la realidad. Yo, que no soy colombiano, por tener visas colombianas en mi pasaporte, he tenido problemas en los aeropuertos, y me interrogan porque viajo tanto a Colombia, y yo les pregunto: “¿Es que hay una ley que prohíba viajar a Colombia?”

“… Yo me eduqué oyendo hablar a la gente mayor, la que mejor habla”.

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