Sábado 24 de Marzo de 2012 - 12:01 AM

Cordeles del tiempo

En la época actual, se ha hecho común –y en algunos casos casi una moda– definir la convergencia de las diversas artes en un solo producto artístico en términos como interdisciplinariedad, situación que ha llevado a dejar de hablar de teatro para pasar a hablar de artes escénicas en general.

Como sucede en la historia cíclica del arte, lo único nuevo es el concepto con el que se hace referencia a un hecho antiguo. El teatro, desde su origen, ha utilizado un poco de cada arte para ponerlo al servicio del drama: se vale de las artes plásticas en el diseño lumínico y escenográfico; de la música, en la ambientación y en el ritmo interno de las interacciones escénicas; de la danza, en los patrones de movimiento y de composición de la escena. Sucede, entonces, con bastante frecuencia, que los medios se convierten en el fin de la obra artística. Así, cuando las artes auxiliares del teatro predominan sobre el conflicto dramático, lo teatral pasa a ser un medio en sí, un elemento adicional, una excusa para la expresión lírica, narrativa, plástica, dancística o musical. Tal es el caso de la obra ‘Cordeles del tiempo’, que presentó al público de Santander en escena el Colectivo Mandrágora Artes Escénicas de Ecuador el año pasado.
La actriz y directora, Susana Nicolalde, desarrolló, en mi concepto, una performancia compuesta por declamaciones poéticas, interacción con objetos simbólicos, juegos de luces y expresión corporal. Durante la función, comprendí que debía experimentar la obra como quien se enfrenta a una obra plástica conceptual; es decir, permitir que sus imágenes visuales y auditivas despertaran un algo en mí, que los símbolos del escenario encajaran con alguna de mis referencias individuales que los hicieran representativos de mi experiencia. Puedo decir que esto lo conseguí solo en una tercera parte del tiempo.
Percibí la búsqueda femenina de la identidad, de la esencia íntima, e identifiqué el ciclo de la vida y la muerte como un resurgimiento establecido en la imagen del parirse a sí misma, algo que entendí como un volcar lo interno y verdadero para dejar de ser lo externo y aparente. Estuve enganchada en la obra durante la parte inicial, pero luego perdí la atención. El esquema del objeto símbolo, la declamación y luego la coreografía corporal, se tornó predictivo y sin sorpresa. Me parecía que las proposiciones físicas no expresaban lo suficiente para ser teatrales, y no eran tan gráciles, habilidosas y técnicas para ser danza. Dejé de prestar oídos al texto, pues, lo oyera claramente o no, la incomprensión era la misma.
Hacia la parte final, quedé atrapada nuevamente por la obra. La visión de la mujer que se mece en la hamaca –que se funde con ella y su movimiento– representó para mí un oasis, una llegada a la libertad esperada de quien no teme a la muerte, y por lo tanto tampoco teme a la vida. El último parlamento, por la fuerza de la composición escénica, ha quedado grabado en mi mente: “La muerte, para acabar conmigo, tendrá que contar con mi complicidad”. Una trascendencia que atribuyo a la cohesión entre texto, voz, expresión corporal y demás elementos de la escena; la actriz consiguió un estado natural y orgánico que hacía placentero observarla, que su poesía se hiciera comunicación.
Determinada a comprender por qué solo esa última escena me había conmovido como espectador, mientras que el resto de la pieza no fue más que una mezcla de elementos escénicos, indagué en la página web del grupo. Allí pude conocer el método de creación que utilizó Susana Nicolalde, y creo haber hallado una explicación. Ella construyó la dramaturgia alrededor de elementos abstractos vinculados con lo femenino, como la vida, la muerte, la intuición; luego, a cada elemento le atribuyó una metáfora; a esa metáfora, le adjudicó una imagen, y la imagen la relacionó con una serie de acciones. De modo que lo que se vio en escena fue el último escalón de un proceso cuádruple de representación simbólica, una especie de laberinto semántico multinivel, producto, además, del mundo individual de la actriz. No es de extrañar, por lo tanto, que los asistentes sintiéramos que solo podíamos llegar a la superficie de algo que era la superficie de otra cosa que a su vez… etc. Y no es justo ni ético atribuir la incapacidad de descifrar los valores de la obra a la pereza o a la falta de consideración del público.
A diferencia de las artes plásticas, la vivencia del hecho escénico es tan instantánea y efímera que no hay tiempo para detenerse a pensar con la extensión que requiere un dédalo de este estilo. Aunque ello no significa que el artista teatral deba subestimar la capacidad de lectura de los miembros del público, sí debe recordar que su obra debe proporcionar elementos que permitan al espectador entrar en el mundo virtual de la escena de una forma tal que lo conecte con su mundo real y su cultura.

“A diferencia de las artes plásticas, la vivencia del hecho escénico es tan instantánea y efímera que no hay tiempo para detenerse a pensar con la extensión que requiere un dédalo de este estilo”.

“… Cuando las artes auxiliares del teatro predominan sobre el conflicto dramático, lo teatral pasa a ser un medio en sí, un elemento adicional, una excusa para la expresión lírica, narrativa, plástica, dancística o musical”.

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