Martes 22 de Julio de 2014
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Domingo 09 de Diciembre de 2012 - 12:05 PM

Gabo: silencioso, alegre y agorero

Archivo/VANGUARDIA LIBERAL
Gabo: silencioso, alegre y agorero
(Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)
Mañana se cumplirán 30 años del premio Nobel de Gabriel García Márquez. Es una oportunidad para volver a hablar de él.

"Oye, Gabito, ¿tú sabes quién soy yo?". Le preguntó hace unos dos años a Gabriel García Márquez, una de sus hermanas, Aída, preocupada por el rumor mundial de que el escritor estaba perdiendo la memoria. Él la miró sonriendo y le dijo: "¡cómo… ¿Así estás de mal que no sabes quién eres tú? -Y solo un momento después, para su tranquilidad, le contestó-: Tú eres la monja".

Con tal respuesta, la exreligiosa recordó la que su madre le dio años atrás, cuando también estaba perdiendo la facultad de recordar: "Ay, mija, tú eres Aída. Ahora dime: ¿tú también sabes quién soy yo?".

Es que así son los García Márquez: mamagallistas. Tal característica la evidenció desde la cuna el hombre que recibiría el premio Nobel el 10 de diciembre de 1982. Cuenta Margot (en Los García Márquez, el libro de Silvia Galvis), la tercera y más tímida de los hermanos, que cuando eran niños, él la atormentaba diciéndole: "¿te has fijado cómo eres de negrita. Bueno, es que a ti te encontraron en un basurero". Ella lloraba e iba a buscar al abuelo Nicolás, a quien llamaban Papá Lelo, y él la consolaba.

Gabriel José, el mayor de los hijos del homeópata de Sucre, se crió con los abuelos, Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán, en Aracataca, lo mismo que su hermana Margot.

Uno de los silenciosos

El abuelo, oficial de la Guerra de los Mil Días, estuvo en desacuerdo con el matrimonio de su hija, Luisa Santiaga, con Gabriel Eligio, un aparecido de quien poco se sabía, que llegó a la zona atraído por la bonanza bananera. Pero después mandó llamar a su hija y a ese yerno, que se habían ido a vivir a Riohacha ante tal desprecio, se convirtió en padrino del niño junto a la abuela Tranquilina y como se volvieron compadres, la enemistad se extinguió.

Fue tanta la alegría por el nacimiento del primer nieto, Gabriel José, el 6 de marzo de 1927, que no le celebraba el cumpleaños, sino el cumplemés. Y lo hizo su nieto preferido, al punto que podía tomar agua fría en su propio vaso de plata.

El abuelo no desamparaba al pequeño Gabriel, a quien desde niño le dijeron Gabito, no Gabo, porque la forma familiar de llamar a quienes se llaman Gabriel es Gabito -lo de Gabo vino después del Nobel, cuando la gente lo empezó a llamar así-. El viejo Nicolás lo llevaba al comisariato de la compañía bananera a comprar dátiles, ciruelas, chocolates. Nadie supo nunca por qué él tenía derecho a comprar allí, siendo este un privilegio exclusivo de los trabajadores de la multinacional. Y Gabriel salía corriendo a llevarle la mitad del "botín" a su hermana Margot, que se quedaba en casa por disposición del exmilitar, pues decía que las niñas no debían estar en la calle.

"Él compraba ventiladores, sábanas de lino y de etamina suiza, aunque no éramos aristócratas. Mi mamá y yo veíamos, al otro lado de la línea del ferrocarril, a las esposas de los gringos, los libaneses y los italianos, portando sombreros. Recuerdo que ella llegó a tener uno muy elegante", evoca Aída.

Era tanto el apego del abuelo al nieto, que hacía retirar a los niños cuando se sentaba a hablar de la Guerra con otros veteranos, pero a él le permitía quedarse allí, escuchando. Así, Gabo fue afianzando otra de sus características: el mutismo. Oía las historias parpadeando tanto que los demás creían que le había entrado algo en los ojos. Después, habría de aclararles que lo hacía para captar mejor todo cuanto decían.

Los García Márquez se clasifican entre los silenciosos y "los que hablamos hasta por los codos", dice Jaime. Los silenciosos son Gabriel, Luis Enrique, Margot y Gustavo. Los habladores, Aída, Ligia, Jaime, Hernando, Alfredo y Eligio Gabriel (quien murió en 2001). "Si te parece que yo hablo mucho -advierte Jaime-, Aída habla más que yo". A lo cual Aída, a quien siguen diciéndole "la monja" aunque colgó los hábitos hace muchos años, repone: "él no puede decir nada porque cuando hablamos tengo que decirle cada rato: ‘espera, espera, déjame hablar a mí también un momento’".

También se dividen entre los que abrazan y los que no. Gabo está entre los últimos y señala que quienes son como él siempre están esperando ser abrazados.

Rincón Guapo

Jaime era un mocoso de siete años cuando vio llegar a su hermano Gabriel al puerto de La Albarrada, en Sucre, en el departamento homónimo, a pasar las vacaciones de fin de año. El recién llegado, un hombre alto y con bigote, de unos 18 años, apenas sí esperó bajarse de la embarcación para gritarle: "¡Cuéntamelo… ¡Cuéntamelo…".

Lo cargó en sus brazos y lo puso de pie sobre una mesa, de modo que los ojos de ambos quedaron al mismo nivel. Jaime sabía a qué se refería: al reciente carnaval. En la sabana sucreña se celebraba el 11 de noviembre, día de la Independencia de Cartagena, porque ese departamento hacía parte de Bolívar.

Jaime le relató con gracias y monerías las actuaciones de los saltimbanquis y, en especial, la de un ruletero que hablaba con voz afeminada: "los dos paticos", por decir veintidós. Y aflautaba más la voz para nombrar "el trece, ese que a mí me esperaba"...

Luego de hacer las delicias de su hermano mayor, este se convertía en la más grande de las atracciones para él y los otros hermanos, cuando se reunían en el Rincón Guapo.

"Rincón Guapo es una reunión de los hermanos, en la que hablamos de todo y especialmente de lo mismo". Así lo explica Aída. En esa conversación, los García Márquez se cuentan y repiten con detalles las vivencias que tuvieron por separado. Como han seguido caminos distintos desde niños, bien porque los enviaron a estudiar a Zipaquirá y a Bogotá, como a Gabo, o a Barranquilla, como a Aída, resulta un mecanismo efectivo para saber sobre los otros. Por eso, Jaime no vacila en decir: "hemos sido muy unidos".

En esos encuentros comentaban las interminables cartas que les enviaba su madre, que los hacía sentir en casa. Ella las escribía por capítulos, y no de un solo tirón sino en varios días. También salían a relucir los talentos de los once, trece o dieciséis hermanos (once, porque esos fueron los hijos de Luisa Santiaga y Gabriel Eligio; trece, porque dos hijos de él, nacidos fuera del matrimonio, fueron integrados al grupo familiar, y dieciséis, porque cuando Gabo huyó del país por persecuciones políticas en el gobierno de Turbay Ayala, mandó una carta a los medios a explicar su situación, la cual terminó diciendo: "no soy más que uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Aracataca", y, como dicen los hermanos, él no se equivoca fácilmente).

Ligia toca piano; Gustavo escribe en prosa poética; Luis Enrique toca guitarra... Tal riqueza artística debe ser herencia de su padre, quien si bien se ganaba la vida como homeópata y, durante un tiempo, como telegrafista, tocaba violín. Aprendió a tocar el instrumento en Sincé, nada menos que con Adolfo Mejía Navarro, el célebre músico que compuso la Pequeña Suite, según relata Jorge Núñez, uno de los primos sabaneros de los García Márquez.

En el Rincón Guapo, Gabriel José habló de su novia, Mercedes Barcha, a quien conocieron luego como la mujer ordenada y pragmática.

"Mercedes y Gabito me deben mucho a mí -dice entre risas Aída-. Yo era quien les alcahueteaba esos amores. Cuando estaban de novios, en Barranquilla, él me invitaba a los bailes para que yo bailara todo el tiempo con don Demetrio Barcha y él pudiera bailar con ella".

Gabito, el supersticioso

Jaime tiene la tesis de que no es cierto que Gabriel Eligio no quisiera que su hijo mayor fuera escritor, como algunos afirman. "La prueba es esta: el 6 de marzo de 1948, Gabito estaba en Bogotá, donde estudiaba derecho, celebrando su cumpleaños con Luis Enrique y unos amigos, cuando le llegó un paquete. Era el regalo de mi papá: una máquina de escribir. Como se les había acabado el trago, fueron al montepío a empeñarla. Cuando el dependiente movió el rodillo, salió un papelito que decía: ‘cumples 21 años, así que hoy te suelto la perra’. Era la forma de decir que ya era mayor de edad y podía decidir solo sus asuntos. Mi pregunta es, ¿si no le gustaba que fuera escritor, por qué le dio una máquina de escribir? El 9 de abril, en el Bogotazo, Gabito fue a la prendería a buscar su máquina. En los disturbios, el local fue destrozado y su máquina desapareció. Yo le dije: ‘¿por qué no escribes la crónica de la máquina de escribir que nunca escribió?’".

Los García Márquez también se clasifican entre los supersticiosos y lo que no lo son. Gabo está entre los últimos. Tal vez por la ascendencia guajira -su madre era de Barrancas- o por los indios que trabajaban en su casa cuando él era un niño. Él cree, por ejemplo, que la entrada de un cucarrón a la casa es señal de mala suerte; adornar la casa con flores artificiales trae ruina; cuando canta el pigua habrá un muerto; que hay personas con pava, es decir, portadoras de mala suerte, y de quienes entienden los sueños como anuncios de acontecimientos, lo cual es propio de los wayúu.

"Él sostiene la idea de que las mariposas y las flores amarillas dan buena suerte -señala Aída-; aunque yo no sé si eso será por mamar gallo".

"Oye, Gabito, ¿tú sabes quién soy yo?". Le preguntó hace unos dos años a Gabriel García Márquez, una de sus hermanas, Aída, preocupada por el rumor mundial de que el escritor estaba perdiendo la memoria. Él la miró sonriendo y le dijo: "¡cómo… ¿Así estás de mal que no sabes quién eres tú? -Y solo un momento después, para su tranquilidad, le contestó-: Tú eres la monja".

Con tal respuesta, la exreligiosa recordó la que su madre le dio años atrás, cuando también estaba perdiendo la facultad de recordar: "Ay, mija, tú eres Aída. Ahora dime: ¿tú también sabes quién soy yo?".

Es que así son los García Márquez: mamagallistas. Tal característica la evidenció desde la cuna el hombre que recibiría el premio Nobel el 10 de diciembre de 1982. Cuenta Margot (en Los García Márquez, el libro de Silvia Galvis), la tercera y más tímida de los hermanos, que cuando eran niños, él la atormentaba diciéndole: "¿te has fijado cómo eres de negrita. Bueno, es que a ti te encontraron en un basurero". Ella lloraba e iba a buscar al abuelo Nicolás, a quien llamaban Papá Lelo, y él la consolaba.

Gabriel José, el mayor de los hijos del homeópata de Sucre, se crió con los abuelos, Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán, en Aracataca, lo mismo que su hermana Margot.

Uno de los silenciosos

El abuelo, oficial de la Guerra de los Mil Días, estuvo en desacuerdo con el matrimonio de su hija, Luisa Santiaga, con Gabriel Eligio, un aparecido de quien poco se sabía, que llegó a la zona atraído por la bonanza bananera. Pero después mandó llamar a su hija y a ese yerno, que se habían ido a vivir a Riohacha ante tal desprecio, se convirtió en padrino del niño junto a la abuela Tranquilina y como se volvieron compadres, la enemistad se extinguió.

Fue tanta la alegría por el nacimiento del primer nieto, Gabriel José, el 6 de marzo de 1927, que no le celebraba el cumpleaños, sino el cumplemés. Y lo hizo su nieto preferido, al punto que podía tomar agua fría en su propio vaso de plata.

El abuelo no desamparaba al pequeño Gabriel, a quien desde niño le dijeron Gabito, no Gabo, porque la forma familiar de llamar a quienes se llaman Gabriel es Gabito -lo de Gabo vino después del Nobel, cuando la gente lo empezó a llamar así-. El viejo Nicolás lo llevaba al comisariato de la compañía bananera a comprar dátiles, ciruelas, chocolates. Nadie supo nunca por qué él tenía derecho a comprar allí, siendo este un privilegio exclusivo de los trabajadores de la multinacional. Y Gabriel salía corriendo a llevarle la mitad del "botín" a su hermana Margot, que se quedaba en casa por disposición del exmilitar, pues decía que las niñas no debían estar en la calle.

"Él compraba ventiladores, sábanas de lino y de etamina suiza, aunque no éramos aristócratas. Mi mamá y yo veíamos, al otro lado de la línea del ferrocarril, a las esposas de los gringos, los libaneses y los italianos, portando sombreros. Recuerdo que ella llegó a tener uno muy elegante", evoca Aída.

Era tanto el apego del abuelo al nieto, que hacía retirar a los niños cuando se sentaba a hablar de la Guerra con otros veteranos, pero a él le permitía quedarse allí, escuchando. Así, Gabo fue afianzando otra de sus características: el mutismo. Oía las historias parpadeando tanto que los demás creían que le había entrado algo en los ojos. Después, habría de aclararles que lo hacía para captar mejor todo cuanto decían.

Los García Márquez se clasifican entre los silenciosos y "los que hablamos hasta por los codos", dice Jaime. Los silenciosos son Gabriel, Luis Enrique, Margot y Gustavo. Los habladores, Aída, Ligia, Jaime, Hernando, Alfredo y Eligio Gabriel (quien murió en 2001). "Si te parece que yo hablo mucho -advierte Jaime-, Aída habla más que yo". A lo cual Aída, a quien siguen diciéndole "la monja" aunque colgó los hábitos hace muchos años, repone: "él no puede decir nada porque cuando hablamos tengo que decirle cada rato: ‘espera, espera, déjame hablar a mí también un momento’".

También se dividen entre los que abrazan y los que no. Gabo está entre los últimos y señala que quienes son como él siempre están esperando ser abrazados.

Rincón Guapo

Jaime era un mocoso de siete años cuando vio llegar a su hermano Gabriel al puerto de La Albarrada, en Sucre, en el departamento homónimo, a pasar las vacaciones de fin de año. El recién llegado, un hombre alto y con bigote, de unos 18 años, apenas sí esperó bajarse de la embarcación para gritarle: "¡Cuéntamelo… ¡Cuéntamelo…".

Lo cargó en sus brazos y lo puso de pie sobre una mesa, de modo que los ojos de ambos quedaron al mismo nivel. Jaime sabía a qué se refería: al reciente carnaval. En la sabana sucreña se celebraba el 11 de noviembre, día de la Independencia de Cartagena, porque ese departamento hacía parte de Bolívar.

Jaime le relató con gracias y monerías las actuaciones de los saltimbanquis y, en especial, la de un ruletero que hablaba con voz afeminada: "los dos paticos", por decir veintidós. Y aflautaba más la voz para nombrar "el trece, ese que a mí me esperaba"...

Luego de hacer las delicias de su hermano mayor, este se convertía en la más grande de las atracciones para él y los otros hermanos, cuando se reunían en el Rincón Guapo.

"Rincón Guapo es una reunión de los hermanos, en la que hablamos de todo y especialmente de lo mismo". Así lo explica Aída. En esa conversación, los García Márquez se cuentan y repiten con detalles las vivencias que tuvieron por separado. Como han seguido caminos distintos desde niños, bien porque los enviaron a estudiar a Zipaquirá y a Bogotá, como a Gabo, o a Barranquilla, como a Aída, resulta un mecanismo efectivo para saber sobre los otros. Por eso, Jaime no vacila en decir: "hemos sido muy unidos".

En esos encuentros comentaban las interminables cartas que les enviaba su madre, que los hacía sentir en casa. Ella las escribía por capítulos, y no de un solo tirón sino en varios días. También salían a relucir los talentos de los once, trece o dieciséis hermanos (once, porque esos fueron los hijos de Luisa Santiaga y Gabriel Eligio; trece, porque dos hijos de él, nacidos fuera del matrimonio, fueron integrados al grupo familiar, y dieciséis, porque cuando Gabo huyó del país por persecuciones políticas en el gobierno de Turbay Ayala, mandó una carta a los medios a explicar su situación, la cual terminó diciendo: "no soy más que uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Aracataca", y, como dicen los hermanos, él no se equivoca fácilmente).

Ligia toca piano; Gustavo escribe en prosa poética; Luis Enrique toca guitarra... Tal riqueza artística debe ser herencia de su padre, quien si bien se ganaba la vida como homeópata y, durante un tiempo, como telegrafista, tocaba violín. Aprendió a tocar el instrumento en Sincé, nada menos que con Adolfo Mejía Navarro, el célebre músico que compuso la Pequeña Suite, según relata Jorge Núñez, uno de los primos sabaneros de los García Márquez.

En el Rincón Guapo, Gabriel José habló de su novia, Mercedes Barcha, a quien conocieron luego como la mujer ordenada y pragmática.

"Mercedes y Gabito me deben mucho a mí -dice entre risas Aída-. Yo era quien les alcahueteaba esos amores. Cuando estaban de novios, en Barranquilla, él me invitaba a los bailes para que yo bailara todo el tiempo con don Demetrio Barcha y él pudiera bailar con ella".

Gabito, el supersticioso

Jaime tiene la tesis de que no es cierto que Gabriel Eligio no quisiera que su hijo mayor fuera escritor, como algunos afirman. "La prueba es esta: el 6 de marzo de 1948, Gabito estaba en Bogotá, donde estudiaba derecho, celebrando su cumpleaños con Luis Enrique y unos amigos, cuando le llegó un paquete. Era el regalo de mi papá: una máquina de escribir. Como se les había acabado el trago, fueron al montepío a empeñarla. Cuando el dependiente movió el rodillo, salió un papelito que decía: ‘cumples 21 años, así que hoy te suelto la perra’. Era la forma de decir que ya era mayor de edad y podía decidir solo sus asuntos. Mi pregunta es, ¿si no le gustaba que fuera escritor, por qué le dio una máquina de escribir? El 9 de abril, en el Bogotazo, Gabito fue a la prendería a buscar su máquina. En los disturbios, el local fue destrozado y su máquina desapareció. Yo le dije: ‘¿por qué no escribes la crónica de la máquina de escribir que nunca escribió?’".

Los García Márquez también se clasifican entre los supersticiosos y lo que no lo son. Gabo está entre los últimos. Tal vez por la ascendencia guajira -su madre era de Barrancas- o por los indios que trabajaban en su casa cuando él era un niño. Él cree, por ejemplo, que la entrada de un cucarrón a la casa es señal de mala suerte; adornar la casa con flores artificiales trae ruina; cuando canta el pigua habrá un muerto; que hay personas con pava, es decir, portadoras de mala suerte, y de quienes entienden los sueños como anuncios de acontecimientos, lo cual es propio de los wayúu.

 "Él sostiene la idea de que las mariposas y las flores amarillas dan buena suerte -señala Aída-; aunque yo no sé si eso será por mamar gallo".

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COLPRENSA, EL COLOMBIANO
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