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Jueves 20 de Octubre de 2011 - 12:01 AM

La decisión es nuestra

A veces vivimos el día a día llenos de amargura y, al final, nos aburrimos demasiado. Y cuando eso nos sucede, nuestros estados de ánimo se asemejan a papeles arrugados, llenos de pliegues y desvencijados. No nos dejemos llevar por las situaciones difíciles; tomemos la decisión de cambiar nuestros rumbos.

Con relativa frecuencia nos la pasamos buscando afuera todo lo que tenemos adentro. Olvidamos que en nuestro interior yacen las verdades fuerzas para sobreponernos a cualquier situación.
Es más, disponemos de tantas opciones en nuestro corazón que, de manera literal, somos completamente libres de elegir nuestros destinos. Es decir, si hoy estamos como estamos es porque nosotros, y nadie más que nosotros, hemos decidido que las cosas sean así.
Lo que sucede es que asumimos roles, a veces muy tontos, que no nos permiten asumir las cosas y enfrentar nuestras vicisitudes.
Lo realmente importante no es la condición externa en la que nacemos. Más allá de los apellidos, de los estratos o de las condiciones físicas; lo que prima en nuestras vidas es la decisión que tomemos.
Si nacimos pobres, no tenemos porqué vivir en la miseria; si somos obesos, podríamos hacer el suficiente ejercicio como bajar de peso; si estamos desempleados, deberíamos pensar en generar algún tipo de empresa, en fin.. Debemos actuar de una manera adecuada para no dejarnos amilanar.
Como auténticos necios, casi siempre, emprendemos carreras desaforadas en torno a nuestras cosas. Y ni siquiera porque tropezamos y sufrimos decepciones, recapacitamos.
Ahí están los papás empecinados en que sus hijos estudien lo que ellos no pudieron ser en la vida; ahí están los hombres que no entienden que una mujer los dejó de amar; ahí están los deportistas que no admiten que sus rivales lo vencieron en franca lid. Todos, en algún momento, tenemos algo de tercos.
Este texto no lo escribimos para regañarlo, ni mucho menos. Este documento no es otra cosa que una propuesta para abonar el don de la voluntad.
La batalla de la vida no siempre la gana el hombre más fuerte o el más ligero; tarde o temprano el que gana es aquel que cree poder hacerlo.
Reiteramos: el poder se encuentra dentro de cada uno de nosotros.
Reflexionemos sobre las decisiones que hemos venido tomando durante los últimos tiempos y analicemos qué tan convenientes han sido.
También nos corresponde analizar muy bien las decisiones que vamos a tomar de ahora en adelante, para que no volvamos a cometer los errores del ayer.
Conectémonos con nuestra fe. Y si sentimos que no estamos contentos con lo que nos rodea, tomemos la decisión de cambiar de una vez por todas.

Fábula
Un pescador flautista tomó su instrumento musical y su red para ir al mar; y sentado en una roca se puso a tocar.
¿Qué esperaba?
Que los peces, atraídos por sus dulces sones, saltaran del agua para ir hacia él.
Cansado de esperar, dejó la flauta, lanzó la red al agua y cogió buen número de animales.
Viéndoles brincar en la orilla, después de sacarlos de la red, exclamó: “Cuando tocaba la flauta, no tenían ganas de bailar; y ahora que no lo hago, parece que les dieran cuerda”.
Moraleja: Hay en este mundo cada desubicado.
Muchas veces no se actúa de acuerdo con las circunstancias, ni se vive con los pies en la tierra.

No puede impedirse el viento; pero sí se pueden construir molinos.

Las circunstancias
La rosa tiene espinas y aún así sigue siendo bella. Ella sale con el día y no se queda maldiciendo a quien le corta sus ramas. Por el contrario, sigue espléndida, incluso días después de que sus pétalos han sucumbido al intempestivo desprendimiento de su tallo.
Aunque la rosa se marchite, jamás deja de bañarnos con su ensoñador aroma.
Si usted es de los que acostumbra a echarles la culpa a los demás de lo que le pasa, podría empezar por imitar a las rosas.
¡Acepte las circunstancias!
No son las cosas las que le pasan, sino el ánimo con el que las afronta el que termina por destruirlo o levantarlo.
Tenga presente que las situaciones que le pasan son buenas o malas, según la voluntad y la fortaleza de su corazón. A veces sólo son espinitas. Y si fracasa, recuerde que el verdadero hombre resurge de las cenizas del error.
Deje de vivir aburrido con la vida. ¡Nada bueno logra con esa actitud!
No se amargue con sus propios fracasos; mucho menos se los cargue a otros. Es mejor aceptarse y comprender que usted fue el que falló, antes que seguir justificándose como si fuera un niño.

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