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Jueves 15 de Diciembre de 2011 - 12:01 AM

La alegría de estos tiempos

¿Por qué será que cuando una persona sabe que van a fotografiarla, sonríe de manera espontánea?

Sin embargo, al cabo de un instante, su rostro se cierra. Mejor dicho, con tal actitud sólo demuestra que su buen humor y su alegría eran simples fachadas. ¿Por qué será que esa persona no hace nada para mantener su sonrisa? Debería tener claro que ese estado es beneficioso y le mantiene la flexibilidad del cerebro y de todo el cuerpo, así como la expresividad de su rostro. Durante estos tiempos de Navidad deberíamos impregnarnos de una alegría duradera; un entusiasmo que sea capaz de multiplicarse por siempre.

“Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”.
El anterior es uno de los estribillos más sonados de la época navideña. Incluso, a partir de mañana, muchos empezaremos a repetirlo cada vez que recemos la novena de aguinaldos.
Y más allá de lo que esta costumbre significa para el mundo católico, nos convendría recordar que Jesús ‘no tarda tanto en llegar’, como dice el citado gozo. ¡Todo lo contrario! se la pasa respondiendo a cada una de nuestras peticiones.
Aunque no seamos hombres religiosos, ni tampoco leamos con devoción la novena, Dios visita de manera frecuente nuestra casa tratando de hablarnos. Es más, no sólo lo hace en el mes de diciembre, sino durante los 365 días del año.
Lo que sucede es que la mayoría de las veces o no estamos en casa o no le abrimos la puerta. En otras ocasiones, simplemente no tenemos tiempo para escucharlo.
¿Por qué sucede eso?
Por muchas razones: algunos no tienen fe; otros ni siquiera contemplan la posibilidad de recibir a Dios en sus corazones; mientras que unos más tienen las alas del alma amarradas.
¿A qué viene el tema?
A que durante el fin de año, con los adornos de estos tiempos, el pesebre, las misas de gallo, las luces, los regalos del Niño Dios y, en general, con todo el ambiente que evoca el último mes del año, observamos que es un  tiempo de alegría.
Y Dios es eso: un corazón alegre que nos invita a mirar siempre la vida así.
Navidad no admite otro estado de ánimo, más allá de las angustias.    
Si somos pequeños, alegrémonos porque más allá de los tamaños, siempre habrá grandeza en nuestros pasos y podremos ver hacia arriba contemplando la magia del cielo.
Si somos grandes, alegrémonos porque lo invisible se manifestó en nosotros y podemos divisar desde lo alto lo bello de la vida.
Si estamos enfermos, debemos tener el suficiente ánimo como para luchar y creer que es posible sobreponernos; al fin y al cabo el dolor nos pule y nos forma.
 Si gozamos de buena salud, alegrémonos, porque en nosotros las fuerzas de la naturaleza han llegado a la ponderación y a la armonía.
Si somos pobres, alegrémonos porque nuestras alas serán más ligeras, porque la vida nos sujetará menos y porque el Padre realizará en nosotros más directamente el amable prodigio periódico del pan cotidiano.
Si tenemos grandes recursos económicos, alegrémonos por toda la fuerza que el destino ha puesto en nuestras manos para ayudarnos a nosotros mismos y a los demás.
Alegrémonos si amamos, porque somos más semejantes a Dios que los otros. Alegrémonos si somos amados, entre otras cosas, por la maravilla que ello encierra.
¿Suena bonito hablar de alegría y a la vez resulta difícil llevarlo a la práctica?
 Si permite que Dios venga pronto y lo atiende, el tema no resultará tan difícil y podremos asumir todo con una actitud positiva.
Por ejemplo, si pensamos que nuestro trabajo es importante, lo haremos mejor.
Permitamos que nuestros pensamientos en nuestras oficinas sean optimistas, sobre todo cuando enfrentamos alguna dificultad. Debemos vencer esta tensión natural y confiar en que, pase lo que pase, saldremos adelante con la venia del Altísimo.
Piense en el Dios que le rodea y que siempre lo acompaña en cada momento; de esta forma, cada pensamiento suyo será una plegaria escuchada en el cielo.
Alegrémonos por este diciembre, pero no olvidemos que Jesús siempre vive en nuestros corazones.

Viva despeinado ¡... y no es broma!
Deje que la vida lo despeine; disfrútela con la mayor intensidad posible.
¿Por qué el consejo?
Porque el mundo está loco: lo rico engorda; lo bueno sale caro; el sol que ilumina nuestros rostros nos quema, en fin..
En cambio, lo realmente bueno de esta vida  sólo nos ‘despeina’.
- Hacer el amor, despeina.
- Reírse a carcajadas, despeina.
- Viajar, volar, correr, bañarse o meterse en el mar despeina.
- Quitarse la ropa, despeina.
- Besar a la persona que se ama, despeina.
- Jugar, despeina.
- Cantar hasta que se quede sin aire, despeina.
Si hacemos todas esas cosas, cada vez que nos veamos estaremos con el cabello despeinado… Y más allá de que nuestros estilistas nos critiquen, eso será señal de que hemos sido felices.
Échele cabeza y recuerde que cada vez que usted está despeinado, ha estado feliz.
Es una ley universal: siempre estaremos más despeinados quienes elijamos subir a la montaña rusa, que los que prefieran no subirse.
Por eso, entreguémonos a la felicidad: comamos rico; besemos; digámosle a quienes nos rodean que los queremos mucho; abracémonos; hagamos el amor; cantemos; pongámonos alguna fiesta de gorra… mejor dicho: “despeinémonos”.
Sí, es hora de que usted deje que la vida lo despeine.

TRES LEMAS
Los tres lemas que Lao Tse les dejó a los habitantes
de China, por allá en el año 500 antes de Cristo, son los siguientes:
1: Amar.
2: No desear demasiado.
3: No buscar ser el primero.
Estas tres enseñanzas han dirigido espiritualmente a los
habitantes de ese país oriental y, según confiesan ellos mismos, les han garantizado la paz interior.

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