Espiritualidad
Jueves 26 de enero de 2012 - 12:00 AM

El techo de su casa

Mire hacia lo más alto que pueda, sin que se vuelva un ambicioso o un arrogante. Asuma la actitud de crecer para bien.

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Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA

¿Cómo es el techo de su casa? ¿Qué tan alto es? ¿Se siente cómodo o no? No sólo analice el tejado de su vivienda; también revise el de su oficina de trabajo, el de su universidad, el de su carro…
Suenan raros los anteriores cuestionamientos, sobre todo tratándose de la Página Espiritualidad, pero tienen una clara intención. Las preguntas aquí formuladas le apuestan a ver qué tan alta está su meta de vida y, sobre todo, lo invita a analizar qué tanto está “resignado” a seguir afrontando el ritmo que hoy lleva.
Tal vez, en su rutina, usted no le presta atención a este tema. Sin embargo, debería tener presente que un techo es algo que pende sobre su cabeza y que puede imposibilitar su ascenso.
Ocurre con relativa frecuencia en las empresas: algunos empleados que acceden a ciertos cargos de importancia se quedan casi que ‘anquilosados’ en sus puestos; tal vez viviendo cómodos y estables, pero nunca creciendo.
A las parejas les pasa algo similar: se casan o deciden vivir juntos por el resto de sus vidas. ¡Eso está bien! lo malo es que ambos permanecen en ese nivel de rutina, sin ir más allá, sin innovar en sus formas de amar, sin jugar a conquistarse cada día más. Sienten que han alcanzado el “techo del amor” y, después de eso, creen de una manera equivocada que no hay nada más alto que los dos puedan lograr.  
Cuando usted va a un pueblo y se queda a dormir en una casona vieja nota que la vivienda aún conserva lo que podríamos llamar como los ‘techos altos del ayer’. Recuerde qué siente cuando está en una de esas gigantescas casas. Yo, por ejemplo, experimento la sensación de que puedo llegar más arriba y casi que de inmediato aparecen en mi mente imágenes de escaleras, las cuales me invitan a tocar el cielo de esa edificación y luego a sobrepasarlo.
¡Claro! también pienso que no es fácil subir hasta allá y me surgen posibles limitaciones. También contemplo el hecho de que es mejor seguir cómodo en la cama, descansando, que ponerme en apuros para sobrepasar el cielo de ese viejo cuarto. Y cuando analizo esos detalles es cuando surge la decisión personal: ¿Subo o no? ¿Me “complico” la vida escalando hacia ese techo o me resigno a quedarme abajo?
A decir verdad, los techos ponen límites y restricciones a todos. Sin embargo, ellos también nos invitan a crecer. Tal vez esa sea la razón por la que muchos jóvenes de pueblos prefieren dejar la comodidad de sus casas y las atenciones de mamá, para lanzarse a las ciudades a estudiar, a trabajar o a conquistar otros cielos.
La vida es un constante crecer: nunca se detiene. Y según se mueva también sus techos, nos transformamos todos, porque mi techo no es sólo el mío, también es el de mi esposa, mis hijos, mis amigos, en fin… Y si las personas que nos rodean por alguna razón, sea sentimental o económicamente, no nos impiden crecer; hay que seguir hacia adelante ‘con’ o ‘sin’ ellas. Todos podemos vivir bajo un mismo techo, pero podemos tener horizontes distintos.
Nos corresponde fluir con los acontecimientos y con las circunstancias que nos rodean, pero jamás resignarnos. No puedo intentar comprarme un palacio, cuando estoy feliz viviendo en un rancho. Muchas familias en extrema pobreza viven en casitas hechas de cartón, plástico, latas, esteras, etc… Pero lo peor es que se resignan a vivir bajo ese techo; afrontando el frío extremo y la humedad o el calor ardiente.
Dios quiere que establezca sus propios objetivos y siempre mire más arriba de ese lugar en donde está, sin que por eso tenga que volverse un ambicioso o arrogante. Lo que Él quiere  es que traspase las barreras de ese techo que usted mismo se ha impuesto. Es mejor remontarse a los cielos y no permitir que la rutina, la costumbre o la falsa comodidad de un trabajo impidan o limiten su ascenso.

TEJADOS QUE NO DEJAN CRECER
La soberbia de algunos, el falso orgullo e incluso ciertas frases erradas, inculcadas desde pequeños, se convierten en “techos” que no nos dejan crecer. Muchas veces asumimos actitudes y repetimos expresiones tontas que, sin darnos cuenta, nos atan cada vez más.
Veamos algunas de esas ‘taras’ que siempre repetimos y que nos dejan “quietos en primera base”:

“Soy pobre, pero honrado”: ¿Quién dijo que usted no puede ser rico y a la vez inmaculado en sus negocios? Es más, muchas de las familias más adineradas del mundo son las que tienen claro el concepto de la honestidad.
“Aquí estoy y aquí me quedo”: ¿Quién dijo que no puede cambiar y ver otros horizontes? En las empresas, por citar sólo un ejemplo, los hombres se van y las empresas siempre se quedan.

“No soy más y eso es lo que hay”: ¿Quién dijo que no puede ser más y que se tiene que resignar a sobrevivir con migajas? Si usted no tiene es porque no quiere.

“Loro viejo no aprende a hablar”: ¿Quién dijo que no? cuando una persona envejece puede aprender mil cosas nuevas; incluso más de las que aprendió cuando era joven. Si una persona deja de aprender cuando le llega el pelo cenizo, es culpa de ella solamente. Mientras Dios le conceda una mente que funcione, se debe seguir aprendiendo.

“Genio y figura hasta la sepultura”: ¿Quién dijo que no podemos cambiar algunas actitudes soberbias? A nadie se le ha escriturado nada.

Las anteriores frases son techos que necesitamos traspasar. Y para eso, cada día podemos aprender algo nuevo. La persona que sigue progresando y desarrollándose es mental y espiritualmente sana.

TRISTE PALABRA
“Tristeza” no es el término más ‘apesadumbrado’ del diccionario. El más triste, por decirlo de alguna manera, es el de la “resignación”. Quien se resigna, no crece y se queda estancado, casi que ‘saboreando’ el agrio aburrimiento.
Muchos se resignan a una edad temprana a aburrirse y lo peor es que se condenan a estar así por el resto de sus vidas.
Algunos creen que, como ya consiguieron empleo, han llegado al tope de su quehacer profesional. Y como se gradúan de la universidad y acceden a un trabajo se resignan. Lo más preocupante es que no innovan al interior de sus oficinas y hacen sólo lo que les manda el jefe.
Olvidan que sus habilidades podrían mejorar si siguen estudiando, si enfocan sus potencialidades o si ven hacia arriba techos más altos de los que los cubren. Si usted es así, es hora de cambiar; de lo contrario seguirá haciendo básicamente las mismas cosas.

Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA

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