Miércoles 22 de Octubre de 2014
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Espiritualidad
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Viernes 16 de Noviembre de 2012 - 12:01 AM

Dios en nosotros

Dios en nosotros
Nos corresponde tener calma y apreciar todo lo positivo que nos traen las situaciones que ocurren a nuestro alrededor.

¿Alguna vez se ha preguntado por qué a las personas buenas les pasan muchas cosas malas?
¿Y por qué será que varios de los que actúan de mala fe, en más de una ocasión, terminan gozando de sus fechorías?
La cosa se complica cuando somos nosotros los que afrontamos tales vicisitudes. En ese orden de ideas, el asunto da más rabia.
¡No es para menos!
Ante tanta inequidad, nuestro estado de ánimo toca fondo. Por eso, estimulamos nuestra sed de justicia y nos atrevemos a juzgar; hasta maldecimos por todo lo que nos ocurre.
- Dios mío, ¿Por qué me pasa eso a mí que soy tan bueno?, le reprochamos.
Es en esas circunstancias cuando consideramos, de manera errada, que Dios debe estar castigándonos por alguna razón.
Si aprendemos a ‘leer’ con profundidad la vida, comprenderíamos que todos los acontecimientos traen consigo mensajes de crecimiento que, en definitiva, nos sirven para madurar.
Hemos de saber que nadie vino a este mundo a sufrir y que el Creador ni nos ha abandonado, ni mucho menos nos tiene aislados de sus asuntos. Es probable que seamos nosotros quienes hayamos decidido no tenerlo más en cuenta.
Sin importar qué tan abatidos estemos por alguna situación que nos haya ocurrido, recordemos las promesas de Dios.
Él siempre nos dará la  mano, la fortaleza y la dirección necesarias para recomponer el camino.
Es más, a veces sin la fe suficiente, Dios comienza a obrar en la solución de nuestros problemas mucho antes de que nosotros invoquemos su ayuda.
La realidad es que Dios está entre nosotros y para nosotros; Él no está en contra nuestra, ni mucho menos es quien permite que a las personas buenas les ocurran cosas malas.
Cuando escudriñamos en lo espiritual, nos animamos a preguntarnos acerca de nosotros mismos, de quiénes somos, de cuál es nuestra naturaleza y de nuestro papel en la vida, hacia dónde vamos y cuál es nuestro compromiso con las personas que nos acompañan.
¡Tales inquietudes nos acercan a lo divino!
Para ver la luz que Dios nos dio, hay que indagar en nuestro interior... No debemos buscar afuera a los responsables de todo lo malo que nos pasa.
Si encontramos la luz que Dios nos obsequia cada día, muy pronto notamos que somos capaces de iluminar a los demás y, por ende, podemos seguir adelante.
Sí, es cierto que siempre aparecen situaciones difíciles. Sin embargo, las soluciones a esos momentos se logran si los asumimos y los enfrentamos con dignidad.
Con la energía de la fe y las alas de la esperanza, seremos capaces de enfrentar los obstáculos.
 Cuando nos animemos a elevar nuestros pensamientos y nos arriesguemos a volar, así el viento esté en contra, nada nos detendrá.
¡Es hora de confiar en  Dios!  Él no permitirá que las pruebas nos aniquilen y, en cambio, nos dará aliento para seguir.
Todo lo permite el Señor para obtener buenos fines. Y aún si al malo le permite que exista, el día menos pensado sabremos por qué ese ser tuvo la oportunidad de hacer tanto daño.

LA TRISTEZA NO ALIMENTA
¿Vive triste? ¿Por qué?
El triste, ese que se la pasa apesadumbrado por todo lo que le pasa, es como aquella piedra que se nos mete en el zapato y que impide que lleguemos más lejos.
Es mejor ver la vida con alegría. Ella aclara un semblante inexpresivo y apagado y lo deja ver radiante. Y no hay belleza comparable con la del rostro iluminado por la sonrisa, pues es como una electricidad que se contagia con mucha facilidad.
La tristeza, en cambio, es un disgusto por algo negativo. Mientras vivamos recordando ese mal, nos iremos consumiendo más y más.
Además, recuerde que la tristeza es demasiado contagiosa y puede dañar, de manera peligrosa, a las personas que más amamos.

SI ES PARA UNO… ¡LE GUARDAN!
Cuando Dios no nos concede algo, aunque todos los santos le rueguen, las cosas no suceden.
Más allá de los grandes poderes de la fe, que son inmensos y reales, hay cosas que por más que se pidan, jamás llegarán. ¿Por qué? A lo mejor no está en el plan de Dios concedérnoslas porque, entre otras cosas, no nos convienen o simplemente Él nos tiene preparado algo mejor.

PARA REFLEXIONAR
Cuando los hindúes se saludan, se miran en el entrecejo y dicen: “Namasté”.
¿Eso qué quiere decir?
Ellos dicen: “Adoro al Dios que hay en ti”.
A todos nos corresponde saludar así, viendo esa parte de Dios en nosotros que tiene la sublime misión, no solo de “espiritualizarnos”, sino de llenarnos de fe para seguir adelante.
Ese Dios en nosotros aviva de manera insistente nuestra búsqueda; pero, lo que es más importante, nos ayuda a seguir haciéndolo con una sabiduría superior y trascendental.
Afortunadamente, como dicen los orientales, “cuando
el discípulo está preparado, el Maestro aparece”.
Es decir, cuando nuestra búsqueda es sincera, Él se deja encontrar por nosotros.

Nadie se hace mayor por el simple hecho de crecer en años, en estatura o en plata; el mayor es aquel que sabe, siente y asume que sirve para corresponder a las responsabilidades que se le encomienden. Por algo dirán que los años son como peldaños.

PERSEVERAR
Debemos perseverar en todas las cosas positivas en las que estemos empeñados. Aunque no resulten tan rápidas como las hubiéramos deseado y se demoren un cierto tiempo prudencial, a la larga todas serán una triunfante realidad, tal como lo habíamos soñado. Ese es el secreto que tiene inmerso la perseverancia. ¡No lo olvide!

Publicada por
EUCLIDES ARDILA RUEDA
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