La frustración no puede ser parte de nuestro diario vivir. Si caemos en sus redes, el alma se nos arruga y terminamos en las trampas de la depresión.

Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA
Después de varios esfuerzos, un resultado frustrante nos golpea muy fuerte. Y tenemos razón de estar tristes por nuestro trabajo malogrado. Pero, no nos podemos echar a morir ni mucho menos bajar la guardia. ¡Solo los constantes son los que triunfan! Si algo 'malo' nos ocurre, asimilemos la experiencia y miremos hacia el frente.
Suele ocurrir que, después de mucho insistir, la gente termina frustrada. Porque aunque se invoca la mano del Altísimo, al final, se cae en los vacíos de la incredulidad y de la desesperanza.
¿Por qué será que Dios nos abandona cuando más lo necesitamos?
No es que Él no esté cuando lo invocamos; lo que sucede es que no tenemos la precaución de vivir y de tomar decisiones acertadas para que las cosas no nos salgan tan mal como pensamos.
Este no es solo un argumento suelto; hay estadísticas que confirman parte de la tesis.
Por ejemplo: durante los seguimientos que se les hicieron a 34 de las 41 personas que el año pasado se quitaron la vida, se detectaron fuertes rasgos de frustración.
La intempestiva pérdida del empleo, el desamor de su pareja, los quebrantos anímicos y la sorpresiva ‘bancarrota’ en la que quedaron, entre otras, aparecieron como las razones que pudieron llevar a esas personas al suicidio.
Sin embargo, el mayor síntoma que presentaban esas víctimas era, de manera concreta, el de la pérdida absoluta de la fe. La tristeza que les producían tales situaciones los convirtieron en seres incrédulos, agresivos, irritables y acongojados.
¿Por qué llegamos a dichos estados?
Tal vez es porque vamos por la vida sembrando de espinas nuestro camino, sin pensar que algún día regresaremos y nos encontraremos en el mismo trayecto, viviendo el viacrucis de los errores que hemos cometido.
Ojo: Dios no es el responsable de lo que nos sucede; no le podemos ‘echar la culpa’ por algo que Él no hizo. Nuestros destinos, acciones y, en general, todo lo que nos pasa es un árbol en flor que balanceamos, no con el aire que nos regala el Altísimo, sino con el vaivén de nuestras propias angustias.
A Dios hay que darle su crédito de bondadoso, porque siempre es sensible al corazón. Y al menos bajo su Voluntad Divina, jamás algo nefasto puede arruinarnos.
El milagro o la ‘ayudadita’ que le pedimos a Él, siempre llega. Eso sí, hay que tener la fe suficiente como para creer que las cosas se pueden dar.
Necesitamos paciencia para ser los apóstoles de nuestras propias ideas; de tal forma que si soñamos algo, debemos trabajar duro para conseguirlo y, por supuesto, todo llegará a su debido tiempo.
La fe sin acción no existe; la fe sin amor por lo que se hace se extingue; y la fe sin una carta de navegación se extravía. Es justo en el momento que perdemos la brújula, cuando nos atrevemos a preguntar: ¿Dónde está Dios cuando más lo necesitamos?
La verdad es que lo encontramos en esos caminos que hemos sembrado. Como sea, hay que tener fe de que el trayecto no estará lleno de espinas; y aunque así fuera, recordemos que los hombres siempre batallan, pero al final solo Dios da la victoria.
Vida diaria
¿Le sucede lo de la zorra de la fábula de Esopo que, tras saltar varias veces para saborear racimos de uvas y no lograrlo, opta por decir que están verdes?
Este relato, con o sin porciones de uvas, en nuestra vida diaria nos deja algo más que una moraleja.
Una persona frustrada, más allá de un racimo de uvas, solo encuentra decepción.
¿Por qué? Porque el frustrado se la pasa alucinando con todo lo que quería y no pudo ser.
Pero ojo, ¡hay esperanzas! Las situaciones de conflicto y frustración no siempre terminan mal.
El niño que no consiguió el triciclo que quería, a veces encuentra en otros juegos la satisfacción que le produciría maniobrar ese juguete; el hombre que aspiraba a un mejor sueldo, termina enamorándose de su puesto de trabajo y desplaza la frustración, en fin...
La persona frustrada aprende algo positivo ante tales situaciones. Generalmente ensaya otras respuestas hasta que encuentra la adecuada, tal como le ocurrió a la zorra en el cuento de Esopo.
Lo malo es que estas respuestas positivas son las que menos se dan entre la gente.
Usted debe propender por su autocontrol y seguridad y solo así encontrará la forma de salir del abismo.
Por eso, podría tomar la moraleja que nos dejó la fábula de la zorra de esta historia: “Cuando quiera tomar racimos de uvas y no los pueda alcanzar, es mejor pensar que las uvas aún están verdes”.
OJO CON LO QUE LE OCURRE
A lo mejor a usted le resulta complicado aceptar las situaciones inesperadas que tocan a su puerta.
¿Cuál es su actitud cuando eso ocurre?
Se queja por todo, le echa la culpa a su vecino y, en general, pelea con todo el mundo.
Al final, lo único que hace es reunir todos los elementos negativos que puede sumar para hacer más grave su situación.
Es una pena que eso haga, pues frustrándose no puede revertir ninguna situación.
Así las cosas, termina convertido en una víctima más y solo inspira lástima.
Lo primero que debe hacer es aceptar las cosas. Eso no significa que se tenga que resignar; cuando hablamos de aceptar nos referimos a dejar de desgastarse.
En lugar de hundirse en la pena, busque y resalte, de una manera proactiva, los elementos positivos que también le han sucedido, de manera que pueda llenar se de valor y minimizar la dificultad y, por ende, buscar la solución más acertada.
Su vida no solo debe parecer una pintura de la naturaleza; ella tiene que ser una invitación a disfrutar del paisaje.
¿Qué queremos decir con ello?
Que un hombre que es espiritual de verdad debe estar lleno del Espíritu Santo y vivir constantemente, momento a momento, bajo su control. De esta forma usted se vuelve una persona que busca la sabiduría y obtiene la verdadera serenidad para actuar.
Control
Usted es capaz de controlar las sombras; lo que no puede hacer es luchar en contra de un eclipse.













