
Usted marca la diferencia: goza o sufre, ríe o llora, toma las cosas con calma o se complica. Ojalá, siempre pueda irradiar fuerza, optimismo y alegría en cada paso que dé.

Todos somos espirituales, más allá de las diferencias que nos puedan distanciar. La espiritualidad, que es un rasgo natural del ser humano, con relativa frecuencia se confunde con un asunto de credos o de religiones. ¡Y no es así! se puede ser creyente y espiritual e incluso ateo y espiritual. ¿Cómo entender este juego de palabras? La respuesta está en el equilibrio.

Algo cargado de rabia baja de nota a cualquiera. En cambio, las frecuencias altas se encuentran en las personas cuyo estado de ánimo es alegre, positivo y armónico.

Creer que se puede es la gran escalera que lo conducirá a la meta.

Para vencer un pensamiento negativo, exprese de manera deliberada la idea positiva contraria. Los sentimientos optimistas anulan las impre-siones de fracaso. Entre más haga este ejercicio, ¡mejor!

Nuestra vida gira, casi siempre, en dificultades, adversidades y descontentos. Y con relativa frecuencia, muchas de estas situaciones son las que nos acercan a Dios.

Una palabra amable, un solidario apretón de manos, un cálido abrazo, una sonrisa dibujada en su rostro o unos simples gestos de cariño en el momento preciso cautivan a cualquiera. Ver a los demás con los ojos de la sencillez nos permite observar a las personas de la misma forma como Dios nos ve a todos.

Póngase en las manos de Dios. Tenga la convicción de que ahora mismo está recibiendo de Él todos los poderes que necesita y sienta su gran bendición.

El amor a sí mismo es un decreto natural que Dios puso en su corazón.

Sus preocupaciones terminan justo en el mismo punto en donde empieza la fe.