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Lunes 23 de Abril de 2012 - 11:24 AM

¿Por qué las mujeres pierden el interés en el sexo?

TOMADA DE INTERNET
¿Por qué las mujeres pierden el interés en el sexo?
(Foto: TOMADA DE INTERNET )
“Cuanto más tiempo pasa una mujer en una relación, menos deseo sexual siente”. Esta es la tesis principal de un reciente estudio publicado en el Journal of Sex & Marital Therapy por Sarah Murray y Robin Milhausen, de la Universidad de Ontario (Canadá), tras consultar a 170 universitarios.

La mayor parte de las jóvenes consultadas confirmaban que el paso del tiempo las había llevado a perder interés por sus parejas, algo que no ocurría en el caso de los varones, cuyo deseo permanecía estable.

No se trata de una idea que haya sido articulada científicamente en un gran número de ocasiones. Por lo general, la ciencia contemporánea ha defendido que el deseo desaparece de forma natural de igual manera para ambos sexos. El presente estudio defiende, al contrario, que la pasión de hombres y mujeres se comporta de manera muy distinta a lo largo del tiempo. El psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing, uno de los primeros en abordar las patologías sexuales a finales del siglo XIX, ya aseveró en su día que “el hombre siente el doble de apetito sexual que las mujeres”. Sin embargo, se trataba de una mera intuición que habría de ser referendada.

La mayor preocupación

Las estadísticas parecen señalar inequívocamente en tal dirección. Según un estudio realizado en 2010 por una clínica de urología de Nueva Jersey, el declive de la pasión es el problema que más preocupa a las mujeres según envejecen. Así, mientras antes de los treinta años apenas el 30% de las pacientes le daban importancia, un 48% de las mujeres de cuarenta y cinco años lo percibían como una circunstancia preocupante y un 96% de las mayores de setenta años lo consideraban su principal reto.

Por lo general, la disminución del deseo es el mayor problema afectivo que debe afrontar el género femenino a lo largo de su vida: un 47% de las mujeres de todas las edades lo consideran lo más importante, seguido de cerca por las dificultades para alcanzar el orgasmo (un 45%). Una situación que encuentra su correlato en el declive de la actividad sexual de las mismas, que se sitúa en un 87% hasta los cuarenta y cinco años, un 45% entre los 55 y los 70, y apenas un 15% entre las mayores de setenta años, según el estudio anteriormente citado.

¿Biología, evolución, cultura?

La razón que aducen las teorías evolucionistas para explicar esta divergencia es que el hombre ha de permanecer siempre sexualmente activo, puesto que está biológicamente programado para depositar su semilla en el mayor número de lugares disponibles, con el fin de garantizar la prolongación de su linaje. Por el contrario, según dicha visión, las mujeres deben perder su apetito con el fin de que se puedan centrarse en sacar adelante a sus hijos y evitar coitos que no tengan como fin la reproducción. ¿Pero se trata de algo universal?

Eso parece sugerir un estudio realizado por David P. Schmitt de la Universidad de Bradley, tras entrevistar a diferentes individuos de cincuenta y dos países distintos, repartidos por los seis continentes. Schmitt llegó a la conclusión de que los hombres (y las mujeres) parecen comportarse de forma semejante en cualquier lugar del planeta en lo que respecta al sexo, por lo que no se trataría de algo exclusivamente cultural. Dicho estudio añadía que la testosterona influye en un alto grado en el deseo masculino, pero que no es la única razón para explicar esta situación, ya que la ciencia aún no ha llegado a un acuerdo respecto a este punto.

En una línea diferente, los profesores Pamela Regan y Leah Atkins de la Universidad de California, autores de Diferencias y semejanzas sexuales en la frecuencia y e intensidad de las relaciones sexuales, apuntan a una razón más sociológica. Según su estudio, el sistema de castigos y refuerzos que condicionan la educación de las mujeres y los hombres es muy diferente en ambos casos, de igual forma que ocurre con las creencias y tópicos sobre los mismos. Así, “los hombres son animados a considerarse criaturas sexuales, con un deseo omnipresente e incontrolable, mientras que las mujeres son entes asexuales, cuya pasión debe ser controlada inmediatamente”.

Según el estudio, la interiorización de dichas ideas preconcebidas provoca que un gran número de mujeres consideren que, inconscientemente, su deseo debe ser regulado y puesto en cuarentena. Sarah Murray yRobin Milhausen recordaban en su estudio que por la misma razón, los hombres que sienten un descenso de su vitalidad sexual pueden llegar a no reconocerlo porque ello horadaría la imagen de su virilidad.

Calidad, no cantidad

Sin embargo, otro estudio realizado por diversos investigadores australianos llamado Satisfacción sexual entre los hombres y mujeres heterosexuales: la importancia de la frecuencia deseada del sexo proporciona un matiz diferente a la reciente investigación de los canadienses.

En él, los resultados señalaban que un 54% de los hombres y un 42% de las mujeres consultadas afirmaban encontrarse poco satisfechos con la vitalidad sexual de su relación. Pero existía una gran diferencia entre las razones que ambos sexos aducían: casi todos los hombres descontentos señalaban que su situación se solucionaría si tuviesen relaciones íntimas más a menudo,mientras que las mujeres, en un tercio de los casos, no apuntaban a la cantidad de sus relaciones como algo esencial.

En realidad, como señalan los estudios, un menor deseo sexual no tiene por qué implicar que se practique menos sexo. En realidad, se trata de un mero sentimiento interno, relacionado con la libido de la mujer, que influye la predisposición de las mismas a hacer el amor y a disfrutarlo. No se trata de cuánto sexo se tenga, sino de cuántas ganas se tengan de hacerlo, un factor que influye en la calidad del mismo.

Los estudios intentan explicar este descenso en la libido a través de un pequeño abanico de razones, íntimamente relacionadas con los cambios del organismo femenino. Por ejemplo, la percepción del declive del atractivo suele afectar mucho más a las mujeres que a los hombres, lo que aumenta la inseguridad latente en sus relaciones afectivas. Al mismo tiempo, un mayor estrés influye de forma negativa en las ganas de tener sexo del género femenino, algo que no ocurre con los hombres. Otras alteraciones del cuerpo, como es el caso del embarazo y la lactancia o la menopausia, pueden influir negativamente. Son momentos críticos que no afectan al sexo masculino.

Otro grupo de investigadores californianos se preguntaron de qué forma pueden afrontar las mujeres tal situación. Y recogieron sus conclusiones en un estudio llamado Manteniendo el deseo sexual en las relaciones íntimas: la importancia de los objetivos.Básicamente, concluían, la mejor forma de hacerlo es proponiéndose unos objetivos comunes que se puedan alcanzar conjuntamente.

Un compromiso común

La principal diferencia entre aquellas parejas felices y las que se encontraban decepcionadas tras unos meses de relación era que las primeras se planteaban unas mismas metas y tenían aspiraciones comunes. Aquellos que seguían queriendo divertirse juntos, expandir su relación o superar juntos las dificultades se mostraban contentos tras varios meses de relación. Lo que a su vez condicionaba el deseo sexual: debido a que es percibido como una de las mejores herramientas para mejorar la intimidad y la cercanía de la pareja, se presentaba como algo deseable, incluso a largo plazo. Dichas parejas habían conseguido superar el declive de la pasión inicial utilizando el sexo con otros objetivos.

La última conclusión extraída de dicho estudio es que plantearse como meta la satisfacción sexual de uno mismo o de su pareja es el camino más corto para mantener la pasión viva a diario, puesto que define unos objetivos concretos que pueden llevarse a cabo en el día a día. Cuanto más fuerte sea el compromiso por hacer feliz a tu pareja, de mayor vitalidad gozará la vida sexual de la misma.

Dicho estudio se abría de forma irónica con la célebre cita de la actriz Zsa Zsa Gabor en la que señalaba que “no sé nada del sexo, porque he estado casada toda mi vida”. Una sarcástica afirmación que verbalizaba una concepción bastante extendida sobre la vida en pareja. En nuestra mano está que el célebre aforismo no se traslade a nuestro matrimonio.


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