Sin uniformes, con fotocopias, en salones llenos de grietas y paredes cubiertas de moho, aguantando hambre, soportando la inseguridad y bebiendo agua no potable. Así estudian cerca de 1.300 estudiantes en el Colegio Villas de San Ignacio.

Publicado por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
Faltan pocos minutos para que el timbre anuncie a los alocados y adormecidos niños y jóvenes que las clases están por comenzar. Poco a poco, se agolpan alrededor de las tejas de zinc que encierran el ‘megacolegio’ de los barrios aledaños como Villas de San Ignacio y Café Madrid, así como de la sede principal del Colegio Santander.
A las 6:30 de la mañana, la mayoría ha entrado a los amplios y ventilados salones. En una de las aulas de un curso de bachillerato, como todos los días, el agua se ha empozado. De acuerdo a la cartelera, la hilera número cuatro es la encargada del aseo, así que con escoba y trapero en mano, deben sacar el agua antes de que llegue el profesor.
A pesar de que el salón es aireado, el olor a humedad es fuerte. Esto no es lo único que preocupa. Las grietas generadas por la filtración de agua y el moho que se extiende por las paredes, debilitan la estructura. Además, según los estudiantes, provocan con frecuencia alergias y gripas.
La disposición de los estudiantes a recibir clases a pesar de estas condiciones, por momentos opaca la cruda realidad de la institución. Al ingresar al salón, el profesor entrega fotocopias. Lleva en sus manos libros y otra clase de textos que los jóvenes deben leer. En estas clases son muy pocos los útiles escolares. No se cuenta con biblioteca, ayudas didácticas o enciclopedias.
La recursividad, tanto del docente como del estudiante, es el motor de las clases en el ‘megacolegio’. Todo es necesario para cumplir el Proyecto Educativo Institucional y lo impuesto por la Secretaría de Educación de Bucaramanga y el Ministerio de Educación Nacional.
“Mucho del material que le damos a los estudiantes sale de nuestro bolsillo. A los niños y jóvenes no se les puede pedir nada porque en sus casas no hay recursos. Muchos son desplazados de la violencia. Es una situación lamentable”, comenta una de las profesoras de bachillerato.
Actualmente, debido al retiro de niños y jóvenes por parte de los padres debido al mal estado en el que se encuentra la institución y al filtro que han hecho los profesores según el conocimiento y las habilidades de los estudiantes, los salones pasaron de 50 a 35 estudiantes. “Para muchos de los que sí queremos estudiar, esto ha sido fabuloso. El que no quiera estudio que se vaya”, comenta una de las estudiantes de once grado.
La mañana trascurre tranquila. Para fortuna de muchos el sol lanza sus primeros rayos e ilumina los salones de clase. Para desgracia de pocos, lo peor que puede ocurrir: el reflejo del sobre las tejas de zinc. Los niños y jóvenes ven a su profesor, con el tablero a sus espaldas, en una especie de tarima iluminada, como si una luz seguidora de conciertos guiara sus pasos.
“Por momentos es tanta la sobrecarga de luz que reciben nuestros ojos, que no vemos a los niños que están sentados. Prefiero utilizar gafas para no arruinármelos”, comenta el docente.
Y es que la creatividad detrás de esta mole de cemento no tiene límite. Lo único que conocen los estudiantes del aula de informática de su colegio, es que está llena de pupitres destrozados y mesas en mal estado. De computadores muy poco. Por eso, uno de los docentes imprimió grandes carteleras que muestran a los alumnos cómo es una página de Excel, de Word y de un navegador de Internet. Así los jóvenes aprenden a conocer las herramientas tecnológicas.
“Ellos deben reforzar su conocimiento en las casas. Como no tienen computadores y el colegio no los puede tener a la mano porque no hay seguridad en las noches, ellos hacen consultas en las salas de Internet del barrio y así, poco a poco, van aprendiendo”, comenta el docente.
Tras la pared de zinc
Sobre las 9:30 de la mañana llega la hora del descanso. Los que pueden se agolpan en la pared de zinc y por los agujeros que han abierto, compran empanadas, papas rellenas y limonada en bolsas. Algunos prefieren la cafetería, una caseta que provee toda clase de productos y cuyo propietario, en varias oportunidades, ha sido asaltado por la delincuencia.
Muchos estudiantes no compran nada. Se quedan en los pasillos hablando con el resto de compañeros. Los más pequeños, en un espacio adaptado por el colegio como cancha múltiple, juegan con un balón sin importarles el duro sol que en ese momento cae sobre el colegio. La mayoría no cuenta con dinero para alimentarse en la pausa.
Meses atrás los niños disfrutaban del refrigerio que les daba el colegio, pero éste no se ha vuelto a enviar. Al parecer, para eso así como para los útiles escolares, la poda de los matorrales de los alrededores del colegio, la sala de informática, los boletines de notas y otra serie de gastos, tampoco hay recursos.
Según la institución, el presupuesto que entrega la Secretaría de Educación de Bucaramanga, aproximadamente, alcanza apenas para la pagar los servicios públicos. “Lo que nosotros hacemos ningún profesor lo hace. Acá todo funciona gracias al amor, la disciplina y el empuje que le hemos dado los docentes y el rector. Como sea lo vamos a sacar adelante”, expresa una de la profesoras de primaria, quien a pesar de haber donado material didáctico para el colegio, en repetidas ocasiones ha sido asaltada.
Otros docentes del ‘megacolegio’ aprovechan para contar su situación. Es curioso oír sus acentos, pues la mayoría no son de Santander.
“Aquí hay compañeros de Bogotá, Pasto, Pereira, Ocaña, Cartagena, Barranquilla y otras ciudades, que llegamos con la ilusión de impartir formación en esta gran institución. Así sea sobre ladrillos, pero aquí seguiremos acompañando a los estudiantes y peleando por el derecho que tienen de educarse”, expresa la profesora proveniente de la capital del país.
El momento del descanso también sirve para hacer un recorrido por las instalaciones del ‘megacolegio’. Las grietas no sólo están en los salones, sino en los pasillos, baños, ventanas y pisos. Es inevitable no mirar las grandes arañas que se posan en los rincones, ya familiares para todos en la institución.
Los tanques azules que resaltan en la entrada, encargados de proveer agua a todo el colegio, según profesores y docentes, son violentados a toda hora por desconocidos. Igualmente, el tanque principal de agua que se ubica en la parte trasera del colegio. Al parecer, extraños llegan en las noches y además de arrancar las tejas de zinc del encerramiento, de violentar los candados que lo protegen y de sacar agua, se bañan dentro del estanque, contaminando la fuente hídrica que provee a la institución.
La prestación del servicio de aseo por parte de las empresas recolectoras de basura, es pésima. A pesar de recoger los desechos en los barrios aledaños al Colegio, nunca se llevan los residuos de la institución. Para evitar la contaminación, el personal encargado del aseo quema todas las tardes las basuras en tanques de lata. Y un problema más: la falta de seguridad. Muchos de los docentes y estudiantes han sido asaltados y en varias oportunidades la Policía ha capturado a expendedores de drogas que se ubican en los agujeros de las tejas de zinc a entregar alucinógenos a los estudiantes.
Un año con pocas soluciones
De todo un poco ocurre en el ‘megacolegio’ Villas de San Ignacio. La institución, que fue lanzada con ‘bombos y platillos’ por la administración del entonces alcalde Fernando Vargas Mendoza. La inconclusa estructura se entregó a la comunidad en septiembre de 2010, en su mayoría damnificados de la ola invernal, y que sin ser adecuada para impartir formación a cientos de estudiantes de escasos recursos, se abrió a comienzos de año sin agua y sin luz.
Ni la comunidad, ni los profesores y menos los estudiantes desconocen lo favorable que ha sido para todos habitar este terreno de 33 mil metros cuadrados, pero necesitan prontas soluciones, especialmente, porque el ahora derrocado burgomaestre “prometió una sede de la Universidad del Pueblo en el lugar”.
Las razones para que en esta institución se vivan toda clase de situaciones atípicas saltan a la vista. Allí nadie presentó documentos para matricularse. Muchos son desplazados o víctimas del invierno que lo han perdido todo. No saben qué es un lonchera y menos un menú saludable, escasamente almuerzan o cenan en sus casa.
Nadie porta uniformes, pues el colegio aún no los ha definido. No hay libros, laboratorios, computadores. Allí el proceso de formación se hace “con las uñas” de los mil 300 estudiantes de primaria y bachillerato, y los más de 70 profesores que se le midieron a la labor de formar a una comunidad humilde cansada de recibir ayudas “siempre a medias”.










