Domingo 24 de Junio de 2018 - 04:00 PM

El santandereano del Colegio Cardenalicio del Vaticano

José de Jesús Pimiento es el cardenal con más edad en el mundo y el único santandereano en la historia de los purpurados colombianos. En 2015, a sus 95 años, el Papa Francisco lo designó cardenal de la Iglesia Católica.
Colprensa/VANGUARDIA LIBERAL
Monseñor Pimiento Rodríguez fue obispo de Montería, presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia en dos períodos consecutivos, padre Conciliar durante las sesiones del Concilio Ecuménico Vaticano II, arzobispo de Manizales por 21 años y partícipe del Concilio Vaticano II.
(Foto: Colprensa/VANGUARDIA LIBERAL)

Monseñor José de Jesús Pimiento Rodríguez no solo es el único cardenal oriundo de Santander, de los nueve colombianos que han ostentado esta dignidad desde el siglo XIX hasta la fecha, sino que fue el único que recibió su investidura en Bogotá y no en Roma.

Nació en Zapatoca, Santander, el 18 de febrero de 1919 y 12 años después emprendía a pie un viaje desde su pueblo hasta el municipio de San Gil para ingresar al Seminario.

Tras 76 años como sacerdote, 63 de los cuales trabajó como obispo, y pasados casi 20 años de su retiro, un domingo de enero de 2015 recibió una llamada del Señor Nuncio Apostólico desde Roma. El Papa lo designaba cardenal y él debía ir hasta Roma a recibir su investidura. Por problemas de salud no le fue posible viajar y se recibió en una solemne ceremonia en Bogotá.

Aunque le pareció algo tarde, José de Jesús Pimiento aceptó su deber y hoy, desde una casa de retiro en el Seminario Mayor de Floridablanca, se siente orgulloso no solo de ser cardenal sino de hacer parte de los cinco arzobispos y obispos eméritos que se han destacado por su caridad pastoral en el servicio de la Santa Sede y de la Iglesia.

Monseñor Pimiento conversó con Vanguardia Liberal sobre la situación actual de la Iglesia Católica, el papa Francisco y su visión de la fe actualmente. 

¿Por qué decide ser sacerdote?

La vocación sacerdotal es siempre un misterio. Yo era un niño simple de pueblo en Zapatoca, tímido, no tenía muchas aspiraciones de nada, pero comencé a ser muy cercano a la Iglesia porque mi mamá me llevaba a las cinco de la mañana a misa en latín, a pesar de que me dormía. Cuando llegaron unos sacerdotes jóvenes que eran muy fervorosos, me inspiró el deseo de ser como ellos. Luego, un párroco que ya no era tan amable, me indujo a que fuera al seminario y entonces a los 12 años entendí que Dios me llamaba.

¿Cómo se entera de su designación como cardenal? ¿Se lo esperaba?

  Fue sorpresa completa. Yo estaba retirado hace mucho tiempo, qué iba a pensar en eso. Un domingo, mientras salía a hacer caminata en el jardín, una hermana me dijo que circulaba la noticia de que me habían nombrado cardenal. Yo le dije que eso era chisme, tonterías de la prensa. Un rato después me llamó el Nuncio Apostólico desde Roma y me dijo que me habían nombrado. Me preocupé, me estresé.

¿No quería?

No mucho, el temor mío era no dar la talla, yo no estaba ya para eso. Pero pues al final lo recibí como un regalo. Podía decir que no, pero no tiene sentido rechazar al Sumo Pontífice.

Cuando lo nombraron obispo tampoco quería…

Yo manifesté que no quería ser obispo. Me daba mucho temor que yo no sirviera para gobernar y para todos los problemas que eso trae. Porque en sí ser obispo no es honor, o sí, pero es más una cruz. Gobernar espiritualmente es más difícil. Al final me convencieron.

¿Por qué cree que lo eligieron?

Escribí una carta al Papa cuando era arzobispo de Manizales para hablarle del narcotráfico, es posible que él viendo esa carta consultara allá a los que me conocen y preguntara por mí y mi trayectoria.

¿Cuáles son sus obligaciones como cardenal?

Colaborar al Papa en lo que pida y por tanto ser un servidor por si pide consejo. También le mando cartas para expresarle lo que yo siento y pienso que son problemas que se deben resolver o revisar.

Lleva muchos años de sacerdocio, ¿cuál es el cambio más significativo que ha visto en la Iglesia Católica y el momento más importante en las últimas décadas?

El Concilio Vaticano en el año 62, en el que tomé partido en todas las sesiones. Fue una cosa casi indescriptible, una reunión de más de dos mil pastores de Iglesia para dialogar sobre la fe, para que la Iglesia se abriera al mundo e hiciera un examen de conciencia para adaptar la presentación del mensaje evangélico a los tiempos modernos. Estuvimos en cuatro sesiones, cada una de tres meses durante el otoño, se debatió todo, se aprobaron documentos y se clausuró.

¿Se ha logrado todo lo que se habló?

El fondo del Concilio no se ha logrado aplicar, que es el que la unidad de la Iglesia se realice completamente. Se ha logrado dialogar con el mundo, con las religiones, con los movimientos, pero como el mundo ha ido evolucionado tan negativamente en cuanto a la fe y la moral hemos perdido mucho terreno. Pero el Concilio hizo pensar a la Iglesia sobre su misión y su sentido misionero y eso se ha venido haciendo. El Papa Francisco ha aplicado mucho todo lo que se aprobó en ese tiempo, está buscando una iglesia renovada.

¿Cómo es su relación con el Papa?

Apenas lo vi en la visita de ahorita. A mí me citaron muy atrás y no pude acercarme bien como deseaba. Siendo ya cardenal, me dejaron allá en un rincón, entonces apenas le di una mano, pero le escribí enseguida comentándole porque no había logrado acercarme. Él vive muy ocupado de los niños, enfermos, necesitados, para qué lo acosaba yo más.

Francisco ha modificado el acercamiento de la Iglesia a los homosexuales, a los divorciados y a las mujeres, y ha renovado la jerarquía eclesial (acabó con el eurocentrismo), ¿qué piensa de eso?

Es el pontífice para esta hora, nos regaló Dios al hombre que hacía falta. Después de la sabiduría tan brillante de Benedicto, este es el que tiene la dinámica de atraer a la gente, llamarla, acercarse a todo el mundo, tiene una visión impresionante de lo que pasa en la humanidad y se ha hecho respetar. Lo polemizan y naturalmente no lo aceptan todos porque ha denunciado la mafia, pero él es muy valiente, no le da miedo nada. Tiene la iglesia conmocionada con su obra.

Y de esos temas, como el homosexualismo, ¿usted qué opina?

Esos temas son difíciles porque la humanidad le ha dado unos volúmenes indebidos. Había un trato represivo hacia ellos y eso era muy malo, no era lo debido, pero como eso es contra la naturaleza, entonces está moralmente rechazado. Lo que pasa es que hoy cogió un prestigio que no había tenido y una importancia que no se le debía dar. Se ha convertido en un movimiento progresista, en una empresa, cuando no debería. Hay que respetarlos, evangelizarlos, en el sentido de que se deben salvar y por tanto deben sanar su problema, porque hay solución.Es solo un problema psicológico que se ha vuelto un orgullo y entonces lo que ha pasado es que no se ha respondido humanamente a un problema de la humanidad, sino comercialmente.

¿Y sobre el tema de la mujer como sacerdotisa?

La mujer es el modelo del mundo. Lo que no se puede es que intente hacer sacerdotisas y obispos, porque el Señor no quiso. Hubiera puesto a María de sacerdotisa, entonces. La misión es diferente, la mujer puede cambiar el mundo de otra forma.

Francisco también ha tenido mano fuerte con el tema de abusos sexuales en la Iglesia. ¿Cuál es su posición frente a eso?

Tolerancia cero, porque no es posible que la Iglesia se desacredite de esa manera con personas consagradas. Lo grave es que la prensa no hace sino destacar eso como si fuera un problema único. Sí es un problema y la Iglesia sufre con eso. Francisco lo está resolviendo muy bien, no tiene miedo y al fin y al cabo esa es la historia de la Iglesia, se cometen errores y se pagan. Es esa la lucha. Durante las últimas décadas el catolicismo ha perdido fieles.

En América Latina, a pesar de que el Papa es latino, la cantidad de personas que se declaran católicas ha disminuido más del 20%. ¿A qué cree que se debe esto y cuál cree que es la solución?

El problema es la falta de educación religiosa. No supimos hacer una evangelización a fondo, nos creímos que éramos mayoría y nos dormimos en los laureles y mientras tanto la gente se estaba yendo. No hemos acertado a tiempo a una evangelización nueva, se está intentando, pero somos muy lentos e inertes para dar una evangelización con toda la claridad, dinamismo y firmeza para formar cristianos católicos. Hay que renovar la predicación, la catequesis, pero los cambios han sido muy inadecuados y por eso estamos retardados.

¿Las otras religiones sí lo han hecho?

La humanidad es muy extraña, no entendemos por qué el hombre obra contra sí mismo. Le falta más ilustración, más conocimiento de los valores, está muy desorientada, muy despistada, le gusta lo cómodo, lo fácil, lo que le de placer. La gente está frágil y estas religiones aparentemente les dan como cierto aliento espiritual, porque los sacuden, les mueven emociones, Ilusionan mucho y les ofrecen resolver sus problemas. Les provocan unas descargas emocionales y a cambio de eso los fieles pagan una cantidad de dinero. En cambio, los que no hacemos tanta mueca no nos pagan y antes les quedamos debiendo. Estamos fallando en no decir las cosas con más claridad, por temor o por evitar fastidiar nos hemos marginado de los problemas y hay que ayudar a la gente porque está sufriendo, no mediante tanta algarabía, sino desde la profundización y la explicación de lo que de verdad es la fe.

¿Se ha convertido la fe en un negocio?

Eso es la verdad, pero si quiere estar más segura pregúntele al fundador de la Iglesia de la Roca, un comunicador muy capaz y elocuente que utilizó esa habilidad para volverse rico. Hoy el dinero es el rey del mundo, la gente paga por la fe. La idea de la religión es servir a la comunidad no servirse. Se está pareciendo cada vez más a la política, la religión.

¿Qué piensa de la relación de la política con la Iglesia?¿Le tocó lidiar mucho con eso?

Sí, eso me ha hecho sufrir a mí. Son dos instituciones autónomas independientes, pero que tienen que estar en armonía para el bien de la persona humana. La política para gobernar la sociedad y la religión para llevar a Dios a la sociedad. Tienen que ayudarse para hacer el bien, pero no mezclarse. La religión no es para promover un candidato, ni tampoco para estar aislada. El laicismo, que rechaza la iglesia, es un abuso del Estado que no puede negarle a Dios lo que le debe a Dios, pues si el Estado niega a Dios, está fallando por ateo, por inmoral. La política cuando se aleja de Dios se corrompe, se vuelve abuso, como es ahora.

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