domingo 06 de enero de 2019 - 12:01 AM

A estos almanaques ‘no les pasan los años’ en Bucaramanga

En las fotografías del recuerdo evocamos a esos calendarios que, si bien son ‘añejos’, aún se venden en las calles de la capital santandereana.
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Algunos abuelos solían pegarlos con la tradicional ‘goma de almidón’ detrás de las puertas de sus casas. Otros deducían de ellos los nombres de sus hijos; de hecho, por culpa de estos ‘viejos’ muchos de nuestros papás se llaman Anastasio, Ponciano o Cipriano, por citar solo algunos de los nombres del ayer.

Los campesinos los compraban, y aún lo hacen, para seguirles las pistas a las cabañuelas, pues son los verdaderos oráculos de la actividad agraria.

Y es que en el papel con cada mes usted se entera sobre cuándo será bueno sembrar, cuando lloverá más de la cuenta, los futuros cambios de la Luna y hasta cuánto tiempo durarán los sofocantes e inclementes rayos de sol que hoy nos azotan.

Lo cierto es que cada comienzo de año todos teníamos en casa el famoso Almanaque de La Cabaña. Su tiraje era y es sencillo: un doble página de papel periódico y bicolor (rojo y negro).

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Esta tradicional publicación ya llega a su edición No. 104. Y aunque usted no lo crea, sigue siendo líder en las ventas de almanaques.

Además ha sido el amigo inseparable de los hogares labriegos de los bumangueses y de toda Colombia. No en vano se ha caracterizado por entregar, como la edición misma lo dice, “los datos astronómicos calculados correctamente para este meridiano”.

También incluye una estampa religiosa, dedicada a los santos de cada temporada. Este 2019, por citar solo el ejemplo actual, trae la imagen de Jesús de la Misericordia y una histórica foto del Beato San Juan Pablo II.

Alguien dijo alguna vez que este almanaque es, sin lugar a dudas, un verdadero patrimonio de la cultura santandereana, entre otras cosas porque tiene derechos reservados y patentados por la editorial que lleva su nombre: La Cabaña.

Y si bien es cierto que los jóvenes de hoy, sumergidos en las nuevas tecnologías, ni siquiera imaginan consultarlo, damos fe de que este almanaque ha logrado ser más completo que muchos de los que aparecen en Google e incluso suele ser más certero que los pronósticos meteorológicos del Ideam.

El Pielroja

Otro almanaque que aún se vende en las calles de Bucaramanga es el de Pielroja.

Es una auténtica leyenda vigente y contabiliza tan bien el paso de los días que, de manera literal, se podría decir que no le han pasado los años porque casi que se mantiene intacto en su estilo.

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Aún conserva sus hojas desprendibles para cada día y sigue siendo uno de los ‘lunarios’ más icónicos de los hogares bumangueses.

Su historia es relativamente más joven que la de La Cabaña. De hecho, comenzó a circular en Bucaramanga por allá en 1934 cuando la empresa quiso fomentar entre las mujeres el consumo de sus cigarrillos, creados en 1924.

Aún se puede ver el símbolo de ese tabaco, el del rostro del indio de vistoso penacho, el mismo que fuera ideado por el desaparecido caricaturista Ricardo Rendón.

Era característico que ese logo apareciera junto a la imagen de una modelo o con la cara de la reina de belleza de la época.

Algunas fotos eran traídas de Estados Unidos y en ellas aparecieron actrices de Hollywood.

Hay que aclarar, eso sí, que durante dos ediciones, 1962 y 1969, se cambió la foto de la mujer por la de una pareja. En la actualidad solo se ve un cartón sólido, con la imagen central del indígena.

Hay dos motivos por los que aún compran el calendario: 1. Lo cómodo del desprendible del día a día; 2. Su económico precio en las ventas callejeras.

El más veterano

Y otro de los añejos, el más histórico de todos, es el almanaque BRISTOL. Él conserva un formato novedoso en su tiempo, a manera de folleto, que se puede leer por secciones especiales.

Es una publicación de la empresa Lanman & Kemp-Barclay & Co. Inc de Nueva Jersey, que le dio vida en 1832 para promocionar sus productos de jabonería y perfumería.

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Si bien es de corte internacional, desde principios del siglo XX la empresa sacó ediciones especiales para países hispanos, incluido Colombia.

Dicen que al principio se imprimía en blanco y negro y que era gratuito, pero a los pocos años de su creación tomó en su portada el color naranja y comenzó a comercializarse a precios módicos. Y así se ha mantenido hasta estos tiempos.

Nuestros abuelos solían colgarlo en la pared. Agujereaban el ejemplar en la parte posterior del singular libro, para colocar allí una pequeña piola que permitía colgarlo en la pared de bahareque, cerca de la cama, de tal forma que se pudiera consultar en cualquier momento.

Siempre ha sido el manual perfecto para constatar fechas y movimientos lunares, entre otros datos.

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