domingo 23 de agosto de 2020 - 12:00 AM

Albeiro, el ‘ángel’ que abraza a sus viejos con su don de servicio

Albeiro Vargas Romero, más conocido como el ‘Ángel del Norte’, se ganó hace doce años el Premio Nobel Alternativo de Paz, entre otras cosas, por darles una mano amiga a ancianos abandonados por sus familias. Él no ha cesado en su espíritu solidario y más ahora en este tiempo de pandemia.
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Lo más difícil para Albeiro, en medio de esta pandemia, ha sido el no poder abrazar a sus abuelos tal y como lo ha hecho a lo largo de su vida. Sin embargo, todos los días, a través de sus canales ‘on line’ o manteniendo la debida distancia, él entrelaza sus manos a su cuerpo y les envía un abrazo virtual.

Dice que este gesto virtual, “desde lo más profundo de mi alma tiene la intención de producir un bonito efecto en ellos, y eso es lo que quiero transmitirles a mis viejos: que ellos sientan que están acompañados de corazón”.

A sus 42 años, Albeiro Vargas Romero, más conocido como el Ángel del Norte, no cesa en su misión altruista en pro de la tercera edad.

Desde muy pequeño, cuando apenas tenía 6 años y vivía en un rancho del barrio Transición, Albeiro dejó a un lado los juguetes para dedicarse a cuidar a los abuelos abandonados de Ciudad Norte: los bañaba, les hacía chocolate, les preparaba la ‘chingua’, jugaba con ellos parqués y dominó; incluso en los momentos más duros, justo cuando alguno de ellos moría, hacía recolectas para los cortejos fúnebres.

A pesar de que en ese entonces era solo un niño, ya hablaba como un adulto. Algún día, en uno de los tantos artículos que editamos en Vanguardia, nos dijo que “ser viejo es como ser un bebé, de esos que nacen con arrugas en la cara y que, si no tienen el amor materno quedan indefensos o a la merced de Dios”.

Por eso, él se convirtió en el apóstol de todos los abuelos de Transición, un lugar de personas mayores que invadían pedazos de lotes de la escarpa Norte, tras el abandono de sus parientes.

Sus compañeros, los que compartían clases con él, le decían que era un ‘bobito’ por dedicarles tiempo a esas personas; sin embargo, ese ‘bobito’ hoy es gerontólogo de la Universidad de San Buenaventura, es Premio Nobel Alternativo de Paz y, tal vez lo más importante, es que sigue cuidando a sus viejos a través de tres hogares asistenciales que él mismo fundó en Ruitoque, en el barrio Álvarez y, por supuesto, en su vecindario de la Comuna Norte.

Cada centro geriátrico se sostiene por su cuenta, con casi que ‘cero ayudas’ del Estado; pero él ha logrado que los familiares y los mismos adultos mayores de Ruitoque les den una manita a sus ancianos del Norte, en un ejemplo de solidaridad y servicio a los más necesitados.

¿Cómo ve el panorama de la tercera edad en Santander, tras cinco meses de la aparición de la pandemia en nuestra región?

“Es delicado. Las restricciones de movilidad para las personas mayores con motivo del coronavirus, están dejando a nuestros viejos con el credo en la boca y desesperanzados. Es más, yo diría que el remedio podría llegar a ser peor que la enfermedad”.

“Esta población, hasta ahora la más vulnerable a la pandemia, tiene que ser prioridad para nosotros. Estoy de acuerdo con el aislamiento, pero eso no significa dejar de lado a los adultos mayores; es todo lo contrario, es buscar alternativas para que ocupen su tiempo libre y para que sepan que cuentan con su gente”.

¿Cómo ha hecho para que sus abuelos no se sientan tan solos en esta época de virus, sobre todo sabiendo que no pueden tener contacto con sus seres queridos?

“Nuestros ancianos recuperan el aliento cuando ven a sus familiares, así sea a la distancia. Algunos han podido saludarlos, tras asomarse a las ventanas de sus habitaciones. Cada uno está en su cuarto debidamente protegido por vidrios que lo aíslan de cualquier contagio. Todos siempre tienen tiernos gestos de amor filial y fraternal”.

“Pese a la delicada situación, dada la pandemia del COVID-19, hay que transmitir el sentido de la fe y la esperanza de la vida. Me emociona ver a ellos mismos levantando las manos para saludar a sus seres queridos y diciéndoles: Tranquilos, todo saldrá bien”.

“A algunos les tomamos selfies para luego enviárselas vía ‘on line’ a sus parientes. A propósito de estos abrazos virtuales, ellos están aprendiendo a maniobrar los smartphones para chatear con sus hijos y demás seres queridos. No importa que el cabello esté cenizo y sus rostros y manos se vean atiborrados de arrugas”.

¿Y qué pasa con los otros abuelos que no están en sus centros asistenciales? Hablo de los miles de adultos mayores que no cuentan con voluntarios como usted.

“Yo estoy muy preocupado, de manera especial, por los ancianos que tienen padecimientos o condiciones subyacentes y por los que han sido excluidos de la sociedad y viven en la pobreza, con acceso limitado a los servicios de salud o que se la pasan en la calle o se mantienen en espacios de confinamiento como prisioneros de la indiferencia social”.

En sus palabras y dada su experiencia de gerontólogo, ¿cómo debe ser el cuidado de los ancianos durante la pandemia, más allá de los protocolos de bioseguridad que siempre se deben cumplir?

“La verdad es que el tema no es solo de tener los medicamentos a la mano o de no exponerlos innecesariamente a posibles contagios. La idea es que ellos no pueden seguir en el ‘Cuarto de San Alejo’, abandonados a su suerte; menos con esta pandemia que les pisa los talones cada día”.

¿Cuál es la estrategia que usted utiliza en sus hogares geriátricos para ayudar a los viejos?

“La metodología del cuidado de los ancianos involucra seis pilares: la mirada, la palabra, el amor, la solidaridad, la asistencia médica y la piedad”.

“Es fundamental garantizar la calidad de vida de los adultos mayores y contribuir con la solución a sus dificultades médicas y sociales”.

“Hay que respetar el mundo de los ancianos. De ahí la importancia de expresarles cuánto los queremos. Ellos nos cuidaron antes y es nuestro turno de hacer lo mismo con estos lindos seres. Hablando con ellos y con gestos solidarios podemos darles las mejores ‘medicinas’ para sus estados de ánimo”.

¿Continúa la indolencia de los parientes de nuestros ancianos?

“Desafortunadamente sí. Hay muchas personas insensibles e irresponsables que se olvidan de sus familiares viejos. Es lamentable eso”.

“Algunas personas incluso los dejan en los asilos y no regresan a verlos. Cómo será ahora que tienen en el coronavirus otra ‘excusa absurda’ para seguir en esa ola de indiferencia y de desidia”.

En esta época de pandemia, ¿qué tan solidarios hemos sido los santandereanos con los viejos?

“La solidaridad, ese instinto que nos empuja a ayudar a las personas que lo necesitan en momentos extremos como esta pandemia, también se volvió contagiosa y su ‘capacidad de infección’ es igual o mayor a la del coronavirus que la ha desencadenado. Me alegra comprobar que este valor humano hoy está retratado en jóvenes, hombres y mujeres que están liderando brigadas en pro de los más necesitados”.

“Sin embargo, hay un gran creciente número de adultos mayores, muchos sin familia, que están en paupérrimas condiciones”.

El Estudio Nacional de Salud, Bienestar y Envejecimiento detalló que antes de 2021 en Colombia habrá una persona mayor de 60 años por cada dos adolescentes. ¿Qué opinión le merece ese indicador?

“Es grave tal porcentaje. Sin embargo, me genera más preocupación que el 60% de los adultos mayores trabajan y el 58% de los que se la rebuscan lo hacen en ocupaciones informales de baja calificación o están en la calle pidiendo limosna y sufriendo desprecios”.

“Las ayudas que les debemos ofrecer a ellos deben ser una combinación entre profesionalismo y amor, que rescate la dignidad de ser anciano y ofrezca un manejo integral que ayude a la salud y a sus tratamientos médicos”.

“Les pido a todos los lectores hoy en pleno agosto, mes del anciano, que no dejemos solos a nuestros viejos; sería un pecado imperdonable”.

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