sábado 21 de octubre de 2017 - 12:01 AM

Amor entre los cafetales de Santander

A las papilas de los bumangueses ha llegado el exquisito sabor del café cultivado en tierras gironesas por los Domínguez. Se trata de una tradicional familia cafetera que también trabaja día a día por una Bucaramanga sin límites.
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Así como van creciendo los cafetales, se edifica y cimenta el amor de Diego y Luisa Fernanda, dos gironeses que viven de la caficultura en Santa Helena, una inmensa y colorida finca de cinco hectáreas en la vereda Altamira, en Girón.

Cada mañana, muy temprano, esta aguerrida pareja mira el amanecer con una taza de café cultivada en sus propias tierras, mientras contempla, muy al fondo, como un diminuto hilo de plata entre las imponentes montañas, la represa Hidrosogamoso. Un cuadro realmente espléndido que parece recargarles su espíritu.

La vida de Diego Domínguez, de 32 años y Luisa, de 28, inicia cada día a las 4 de la mañana desde hace 12 años, tiempo que llevan de casados. Son padres de tres niñas que parecen pequeñas fotocopias de ellos y que son su motor para recolectar cada grano de café.

Mientras Luisa arregla todo para que Salomé, Dana y María Fernanda se preparen para ir a la escuelita, Diego se pone sus botas, su sombrero y se cuelga su machete para salir a recolectar el preciado grano que les trae el sustento y que finalizará como la bebida preferida de muchos bumangueses.

Seguramente, cientos de ellos han deleitado sus papilas con la exquisitez de sus productos. “Nuestra vida es el café. Aquí sembramos y cuidamos cada mata como si fueran nuestros hijitos. De ellas tenemos el sustento para nuestra familia y ha sido de generación en generación”.

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Resulta que el Domínguez es un apellido muy importante en la vereda, pues ya va un siglo en el que la ascendencia de Diego ha cultivado este preciado grano. “Mi familia toda la vida ha sido cafetera. Ya llevamos más de un siglo cultivando. Mi nono se llamaba Eulogio. Él vivió 106 años y durante su vida estuvo cultivando café. Imagínese ya cuánto llevamos en esto”, cuenta Diego.

Las pequeñas de este hogar no dudan en seguir los pasos de sus padres.

También se les ve tras ellos desprendiendo los colorados granos que ponen en las canastas de sus creadores. Lo más lindo de este cuadro es que siempre están sonriendo. Corren entre los cafetales teniendo la plena seguridad de que su vida es perfecta. Y sí que lo es. ¡Es evidente!

Basta con un sorbo de ‘tinto’ preparado en cocina de leña para sentir la diferencia entre el sabor y la textura del café molido, tostado y preparado en una finca, y el que se consigue en supermercados. La suavidad es incomparable, además de los restos que quedan al final de la taza. Granitos diminutos que demuestran la calidad de su sensación y, por supuesto, su aroma.

¿Qué es el café?

Pareciera que en sus vidas solo hay espacio para el café. Para Diego, el olor a café representa campo, vida y amor. Su esposa es su mano derecha, y al igual que él, se cuelga en la cintura los recipientes amarillos que de a poco se van llenando con sus granos rojos, listos para despulpar y procesar.

Como la de Diego, ya son 62 las familias del área rural vinculadas a la Federación Nacional de Cafeteros para llevar a nuestras mesas este magnífico sabor.

Al final, cada paquete termina en las alacenas de miles de bumangueses que en muchas ocasiones desconocen el origen de las tazas que por las mañanas les acompaña.

Como los Domínguez, muchos trabajan en sus campos para demostrar que sus productos también forman parte de una Bucaramanga sin límites.

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