miércoles 27 de marzo de 2019 - 9:35 AM

Así es trabajar un día entero cuidando perros y gatos en un refugio de animales en Bucaramanga

¿Se levantaría cada mañana a limpiar excrementos y a alimentar más de cien bocas hambrientas? Solo gente con agallas y un enorme corazón le ponen el alma a esta labor. Vanguardia.com le cuenta cómo es la vida al interior de un refugio de animales en Bucaramanga.

A una cuadra de distancia, Cocú, un robusto perro criollo salta de entre el reciclaje que su nuevo dueño separa a las afueras del refugio ubicado en el barrio Girardot. Sus ojos, tan azules y profundos como los de un lobo siberiano, apuntan hacia la esquina. Sabe que se aproxima “Don Clímaco”, el hombre al que le debe la vida.

El canino empieza a dar volteretas mientras rodea a Clímaco Díaz Barragán, el espontáneo saludo se repite a diario, pasadas las 7:30 de la mañana. No es para menos. Cuando Cocú era un cachorro permaneció varias semanas desahuciado, no podía caminar. En cambio, ahora está lleno de vitalidad. Gracias a las manos bondadosas de este hombre tuvo una segunda oportunidad.

Desde afuera se escucha la algarabía de los animales que encuentran abrigo en el albergue que se empezó a levantar hace 14 años, ya se percataron que su cuidador llegó. Tan pronto el hombre de 69 años abre la puerta, varios perros hiperactivos se abalanzan, todos buscan caricias.

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En contraste, desde hace tres meses, un cachorro de aspecto grande no tiene ánimo de levantarse. Sus piernas enclenques ni siquiera resisten su propio peso y su estado de desnutrición es tal que su piel pegada a los huesos calca un esqueleto. Clímaco trata de ponerlo en pie, pero se derrumba una y otra vez. No insiste más y lo deja inmóvil sobre una lona.

“Sufre de lo mismo que tenía Cocú. Se enferman así porque no les ponen las vacunas y los abandonan”, comenta.

Con preocupación, el rescatista de animales nacido en Barrancabermeja asegura que él mismo ya le ha aplicado seis inyecciones. Infortunadamente, parecen no tener efecto. Aunque aclara que no se rendirá hasta verlo vigoroso como Cocú, es consciente de que la muerte puede interferir en cualquier momento.

La limpieza de todos los días

Es fácil percibir, con la vista y el olfato, la orina y excrementos dispersos desde la noche anterior. Sin duda, se debe asear el lugar. Con escoba y recogedor se inicia esta labor, que en opinión de muchos es esclavizadora. Pero a Clímaco no le importa, proteger a estas criaturas es su vocación.

“Después de mis tres hijos, están mis animales. Gracias a las ayudas aportadas, incluso desde otros países, la infraestructura del lugar ha mejorado de a poco. Ya cuenta con una cañería y servicio de agua, que cuesta cerca de $50 mil cada mes, suma que en ocasiones se dificulta conseguir”, cuenta.

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También se construyeron dos albergues donde están distribuidos unos 90 gatos. El hedor de esta área es nauseabundo para quien no está acostumbrado.

Después de recorrer el lugar y de interactuar con algunos de los gatos y perros que allí viven, llegó la hora de ponerme en los zapatos de don Clímaco.

¿Por dónde empiezo?

En medio de mi ignorancia, imaginaba que en el lugar iba encontrar areneros similares al que usan mis mascotas. Pensaba que sería ‘pan comido’. Estaba muy equivocado.

Abro la reja e ingreso al lugar repleto de felinos de todos los colores posibles. Realmente no sé por dónde empezar, la caca y los orines están regados por todo el piso. Tomo una escoba y trato de desplazar las heces hacia el recogedor, pero empeoro la situación.

Tras cada barrida el material fecal, de consistencia blanda, se esparce sobre las baldosas blancas. El mal olor se intensifica, al punto de hacerme brotar lágrimas que me nublan la vista. Trato de relajarme, pero es imposible. El estómago se me revuelve y no puedo contener el vómito.

¡Diablos! Ahora también debo limpiar mi desayuno. Me incorporo de nuevo, tres barridas más y vuelvo a vomitar. Me siento impotente, débil e inservible, así que abandono el cuarto.

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En este punto, con toda sinceridad, reconozco la valentía de don Clímaco. De seguro pocos se sacrificarían de tal manera para cobijar y brindarles afecto a aquellas criaturas que han padecido maltratos, abandono e indiferencia.

Quiero intentarlo de nuevo, pero definitivamente las náuseas me ganan. Me rindo y Clímaco toma mi lugar, su lugar de siempre. Como si nada, entra con sus botas de caucho e ignora la escoba. Se agacha y explica que prefiere recoger con la espátula que desliza de lado a lado.

“Mi amor por los animales nació desde pequeño, cuando mi papá llevó a la finca donde vivíamos un perro amarillo, ‘trompi negro’ y sin nada de colita. Se llamaba Límber. Un día alguien gritó que venía el ganado, él corrió hacia la carretera, pero murió atropellado por una camioneta. Está enterrado en medio de dos raíces del árbol más grande donde era el cementerio de ‘Barranca’, que hoy en día es un parque”, relata mientras arrastra los excrementos hacia el recogedor.

El material recopilado es arrojado hacia un patio donde con el pasar del tiempo se convierte en abono que es vendido para generar recursos. Cualquier ingreso no está de más.

“Se murió un gato”

El olor ya es tolerable y quiero sentirme menos inútil, así que me ofrezco para proceder con el siguien-te paso: trapear.

En el sitio no se puede usar agua, pues el desagüe no funciona. El trapero se deslizan sobre la orina mezclada con restos de caca. Tras recorrer todo el piso se debe lavar el trapero con una manguera en el patio. La presión hace que escurra agua turbia, luego Clímaco retuerce las mechas a mano limpia.

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- ¡Ay! ¡Se murió un gatico!- advirtió Clímaco entristecido al percatarse del cadáver tieso del cachorro que había muerto ahorcado entre una tabla y la pared en la madrugada.- Era de los más bonitos - lamenta.

Sin más remedio, el hombre retira el cuerpo inerte. Más tarde será trasladado para ser incinerado.

‘Barriga llena, corazón contento’

Las criaturas están impacientes, es su momento favorito del día. Es hora de empezar a llenar los recipientes con los concentrados que han sido donados por ciudadanos. Estas almas caritativas a veces no son suficientes.

En un balde grande está depositada la comida que empezamos a sacar a manotadas. De esta forma llenamos las tazas improvisadas, creadas a partir de recipientes plásticos reciclados.

Por el afán de calmar las ansias de los peludos, varias pepas se me caen al piso. Como cada ración debe ir a la medida, ni más ni menos, Clímaco las devuelve al balde. Realmente no se puede dar el lujo de desperdiciar.

Apenas se ubican las tazas en los puestos que le corresponden, los perros se lanzan y empiezan a devorar la comida. En el lugar solo hay alegría. Las colas batiéndose, los lengüetazos y suaves ladridos son señas de gratitud.

“Ellos me saludan con cariño y amor, son más agradecidos que los humanos. Usted le pregunta a un sobrino que qué hace en la calle y le contesta que qué le importa. En cambio usted le dice a un perro que se entre a la casa, obedece y mueve la colita”, relata.

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Es el turno de alimentar a los gatos, que maúllan al tiempo que se frotan contra la maya, como pidiendo caricias. Clímaco no me permite participar, dice que hay algunos muy inquietos y atrevidos que me podrían hacer regar el concentrado.

Al distribuir la comida una gata le manda un arañazo que efectivamente le hace regar la comida. Pese a que la malcriada siempre hace de las suyas, Clímaco la quiere igual. Se examina el brazo, muestra una verruga y cuenta que en los próximos días irá al médico a que se la revisen.

En cambio, sus animales no siempre tienen la fortuna de ser revisados por un médico, veterinario claro está. Cuando enferman, Clímaco pone en práctica los saberes que ha adquirido durante la experiencia de los último años. El mismo los inyecta, les hace curaciones y les aplica gotas en los ojos cuando es necesario.

Uno de los 18 perros del lugar se pasea cojo. Según el cuidador, había sido adoptado unos meses antes, pero un día volvió a aparecer abandonado y enfermo frente al refugio. Mientras le ayudo a sostenerlo, Clímaco empieza a palpar los huesos del área afectada en búsqueda del punto de dolor. Dice que el problema está en la cadera, así que trata de ajustarla mientras el canino lucha por escaparse.

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Adopte

Clímaco afirma que estos casos de maltrato hacia los animales le dan rabia e impotencia. En su opinión, las autoridades no aplican sanciones ejemplares. El refugio ya no da abasto, así que por ahora no recibe más ‘inquilinos’.

Aunque el refugio de don Clímaco sin duda es mejor que la calle, sus perros y gatos requieren del calor de un hogar. Al volver a casa, veo lo afortunados que son Agatha y Geppetto, los gatos que adopté hace casi siete años. Ellos hacen travesuras por todas partes, duermen por horas en el lugar que les plazca y comen cada vez que se les antoja. Una vida similar merecen los animales que deambulan a la intemperie o aguardan por una familia en los diferentes albergues de la ciudad.

Quién desee aportar alguna colaboración al refugio de Clímaco Díaz puede contactarlo al número 6703047

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