lunes 16 de febrero de 2009 - 10:00 AM

Bumangués fue premiado en el Concurso Nacional del Cuento

Uno de los 30 escritos premiados en la segunda versión del Concurso Nacional del Cuento tiene el sello bumangués. El Castillo, una corta narración cargada de fantasía y creatividad atrajo la atención del jurado conformado por los mejores escritores nacionales e internacionales.

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Sólo 20 centímetros fueron suficientes para que el talento y la inspiración de Fabián Mauricio Martínez González fueran catalogados como uno de los mejores del país. Una idea que surgió en medio de un campamento en el Parque Tayrona fue el inicio de la historia que ahora lo destaca entre 28.548 colombianos que también participaron en el concurso.

'Estaba acampando en la playa con unos amigos y nos pusimos a hacer un castillo de arena al que incluso decoramos con muchas cosas, después lo dejamos y llegó un niño. Ahí surgió el cuento, me fui a la carpa y anoté la idea general de lo que había visto' expresó Fabián Mauricio.

En realidad no sabe con exactitud cuánto le tomó crear el ahora premiado cuento, sólo aseguró que: 'Cuando llegué acá, escribí una y otra vez hasta que me agradó y tuve la fortuna de ganar'.

Este joven bumangués de 28 años de edad y estudiante de Licenciatura en español y literatura de la UIS manifestó además: 'El reconocimiento obtenido es un espaldarazo, una motivación más. Es una satisfacción conocer que a muchos escritores de gran trayectoria les gustó mi cuento'.

De la misma manera, otra santandereana, Laura Lucía Moreno Álvarez de Floridablanca fue una de las 10 ganadoras en la categoría Estudiantes de octavo a once.
Moreno Álvarez tiene 15 años y cursa noveno grado en la Escuela Normal Superior de Bucaramanga. Su cuento, La danza de las letras también fue galardonado como uno de los mejores en la segunda versión del Concurso Nacional del Cuento.

Caja biográfica


Nombre: Fabián Mauricio Martínez González
Fecha y lugar de nacimiento: 14 de junio de 1980 en Bucaramanga.
Estudios: 2 años de Filosofía. En la actualidad cursa décimo semestre de Licenciatura en español y literatura en la UIS.
Trabajo: Se desempeña como coordinador del Taller de Cuento en Bucaramanga del programa Renata.
Otros concursos: Ha ocupado el segundo puesto en el concurso de cuento de la Universidad Externado de Colombia en 2005, 2007 y 2008.
Libros y autores favoritos: Cuentos completos de Hemingway, Édgar Allan Poe, Paul Auster, Haruki Murakami y Julio Cortázar.
Lo que recomienda para iniciar en la lectura: Las mil y una noches, libros de Andrés Caicedo y de Ricardo Abdalá.

El Castillo  

El rey dio la orden. La puerta de la torre vigilada por guardias atentos y fuertes, aislaba a la princesa del mundo. El pretendiente atravesaría el océano, pisaría tierra y enfrentaría las duras tenazas de los cangrejos gigantes, para después; cruzar el puente levadizo y vérsela con uno de los mejores guerreros del reino. Sólo así, podía acceder a las dádivas de amor otorgadas por la belleza de la princesa. El rey esperó venir de todas partes del mundo a aventureros, piratas y nobles caballeros. Hizo preparar una y otra vez la sala de banquetes, luego del anuncio errado de alguno de los vigías que guardaban las murallas.  

Con cada día el llanto de la princesa se hacía más fuerte y los gritos desde la ventana de la larga torre, le hacían saber a todo el pequeño reino, lo equivocado que estaba su padre. El rey pedía paciencia a su pueblo y dejaba todo en las manos del Dios. Pero se habían cumplido mil noches de aquel decreto terrible y ninguna embarcación había encallado en las arenas de la isla. La princesa, íntimamente, se levantaba todas las mañanas con la misma esperanza, pero el mar que veía desde la ventana, seguía vacío y eterno. Ya casi no comía, ni dormía e incluso, en algunos de sus delirios, le había susurrado al guardia de turno que se fugasen juntos. Pero el guardia, manteniéndose fiel a los designios del Rey, se negó invariablemente.   

Una mañana, la princesa decidió no levantarse más de su cama y morir de inanición. Con el fin de acelerar el proceso, tomó aguja e hilo y cosió sus labios con feroces puntadas. Los días se fueron convirtiendo en polvo. La estrella del reino agonizaba y el Rey, preso de un orgullo letal, no cedió a las súplicas de los demás habitantes. El tiempo que en otras ocasiones se encargó de curarlo todo, desmoronó las esperanzas y grano a grano, el reino fue desapareciendo.

El Dios, cansado de las oraciones de los insignificantes hombrecillos se levantó, sacudió la arena de su pantaloneta, miró por última vez a la princesa dormida y al diminuto rey de madera.  Liberó de los vasos desechables a los cangrejos azules que huyeron despavoridos hacía los huecos de la playa. Deshizo la torre, las murallas y el resto del castillo con sus pies. Apresuró el paso en busca de mamá, quien lo llamaba furiosamente, hacía ya largo tiempo a almorzar.

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