domingo 08 de noviembre de 2009 - 10:00 AM

'Cautivada' con su nueva vida

Clara Rojas, quien fuera secuestrada por las Farc cuando acompañaba a la otrora candidata presidencial Íngrid Betancourt en una gira por el sur del país, narra desde el fondo de su corazón la espantosa experiencia que le significó el hecho de ser una mujer cautiva.

Aunque se ha sobrepuesto, no olvida los traumas que le dejó el plagio: la vida en la inhóspita selva; el trato inhumano que recibió de la guerrilla; la forma absurda como le arrebataron a su pequeño hijo, Emmanuel, nacido durante su cautiverio; el temor que sentía de morir en cualquier momento; sus fallidos intentos de fuga; y hasta su distanciamiento con Íngrid, quien fuera su fórmula presidencial. Muchos de esos recuerdos quedaron consignados en el libro que la propia Clara Rojas escribió y que  tituló así: ‘Cautiva’.

Sin embargo hay una historia que, sin parecer tan dramática, le sirvió a ella para darle un matiz distinto a su vida.

Ella recuerda que durante su cautiverio los guerrilleros le daban, cada quince días, un bolsa cargada de elementos de aseo: ‘pedacitos’ de jabón, de esos que entregan en los hoteles de mala muerte; unas cuantas hojas de papel y  ‘puchitos’ de pasta dental, que casi siempre venían untados de barro.

Aunque se sentía en la indigencia total, esperaba con anhelo esa bolsa, la que ella denominaba como ‘la quincena del aseo’, la cual debía estirar y racionar para que le durara; tal como le ocurre a cualquier empleado de Colombia con su exiguo salario mínimo.

Sin embargo, un día de los tantos que soportó en su secuestro, de esos que la mantenían en una profunda depresión y que la hacían pensar que pasaría de la selva, a una sala de velación y luego al cementerio, encontró en la bolsa un viejo tarro de esmalte ordinario, de los mismos que ‘piratean’ los rebuscadores.

- ¿Esmalte?, se preguntó.

Al principio le dio rabia: ¿para qué ‘carajos’ le iba servir a ella pintarse las uñas en medio de la selva?

Alcanzó a pensar que sus captores lo habían hecho a propósito, no para que ella se manchara sus cutículas, sino para que se le oxidara el alma.

Aún así, decidió hacerse un particular ‘manicure’. Y la capa que se echó le permitió ver minúsculas estrellas en sus uñas.

Al caer la tarde, los guerrilleros la hicieron caminar por senderos oscuros e inciertos. Durante esa noche nublada, cuando la única luz que se apreciaba era la de las luciérnagas, Clara Rojas descubrió que el brillo de sus uñas le permitían iluminar los pasos que daba: 'No podía ver las estrellas del cielo, pero Dios me las había pintado en las manos'.

Rogó para que el esmalte no se le descascarillara. No quería volver a pasar otra noche de secuestro sumergida en las tinieblas, tal como le había ocurrido antes del ‘retoque’ de sus uñas.

La historia puede ser sencilla, pero le sirvió a Clara para ver su secuestro y su vida con otros matices.

Entendió que en la vida uno debe aprovechar todo lo que le llega a sus manos para descubrirse a sí mismo.

Luego de 22 meses de su liberación, ella sostiene que es otra: es una mujer optimista, positiva y, sobre todo, renovada.

Goza de una gran lucidez y se le ve llena de energía para trabajar y aportar lo que esté en sus manos para acabar con el flagelo del secuestro que afecta a Colombia y, de manera especial, para ayudar desde la libertad a quienes aún se encuentran privados de ella injustamente.

¿Cómo logró sobreponerse a las indelebles huellas que deja un secuestro como el suyo?

Hallé cosas que, la verdad, nunca pensé que pudiera tener. Pintarse las uñas nunca fue mi prioridad; pero aquel día del esmalte entendí que Dios nos da los mecanismos y que sólo nos falta usarlos.

Busque oportunidades para descubrirme a mí misma. Durante el secuestro encontré cosas mías que desconocía. Una de ellas fue ese arresto para enfrentar cualquier tipo de situación.

Le confieso que la vida nunca me había puesto en la mesa la oportunidad de tomar tantas decisiones. Descubrí una nueva faceta, una más sencilla y espiritual. Viendo el dolor y la ausencia de hechos tan elementales como un cepillo de dientes, se reflexiona mucho. Hoy sé  que no no necesito muchas cosas para vivir y que debo valorar aquello con lo que cuento en el momento.

Usted es una prueba fehaciente de que se puede renacer después del secuestro. ¿Qué les diría a aquellos que pierden las esperanzas y que creen que no podrán resistir una adversidad más?

Se debe evitar ver una crisis como algo que no se puede manejar. A mí me pasó con la historia del esmalte, me hizo pensar de una manera distinta. Se deben aceptar las cosas que ocurren, como parte de la vida. Nuestro mundo no se nos presenta como quisiéramos. Hay pruebas, pero en la medida en que uno acepte el cambio, eso le permite evolucionar.

Pase lo que pase, podemos seguir proyectándonos en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas tan graves como el secuestro.

Invito a todos los secuestrados a que, mientras se encuentren en la cruda selva, estén atentos a las nuevas oportunidades que las vida les dé, y que tengan sus corazones dispuestos a conocer el riesgo de aventurarse en caminos desconocidos.

¡Todo se logra con fe! Les digo que confíen en que van a recuperar su libertad. Deben conservar la esperanza y esa emoción de encontrar alguna vez una luz en la oscuridad.

En ‘Cautiva’,  su libro, usted nos comparte su valor y su renovada fe. En 250 páginas hace un despliegue de sus sufrimientos, sus heridas y sus momentos de felicidad, incluso cuando la esperanza se impuso a la barbarie. ¿Cree que al final ‘cautivó’ a sus lectores?

Le confieso que yo había escrito tesis de grado sobre investigaciones, pero sentía que eran cosas casi que ‘ladrilludas’. Con mi libro no intento ‘cautivar’ a nadie; sólo quiero transmitir el sentimiento de fe que me acompañó para salir adelante.

Algunos críticos se atrevieron a calificar su obra como un texto 'inoloro, incoloro e insaboro' porque, en el papel, no contó todo lo que realmente le ocurrió a usted en el secuestro. ¿Qué les dice a sus detractores?

Siento que a la gente le lanzan piedras desde todos los flancos: desde arriba, desde abajo, desde una esquina. Los  ‘tirapiedras’, si así se pudieran llamar, están por doquier. Cuando alguna piedra nos golpea, describimos destellos luminosos de rabia, dolor, angustia y desconsuelo. Sin embargo, retomo las palabras que replica mi mamá con mucha sabiduría y que se se leen así: 'las piedras que no son para uno, sencillamente no hay que recogerlas'.

¿Cuál fue el peor momento que vivió durante su secuestro?

Fueron muchos. Sin embargo, está muy presente el inmenso dolor que sentí cuando las Farc me arrebataron a mi bebé, así como los días que viví antes de reencontrarme con él. Sin embargo, tras esos largos días, vino una felicidad que no se comparó con nada y que fue la que sentí cuando pude retomarlo de nuevo en mis brazos.

Sabemos que no le gusta hablar del tema, pero podría decirnos en sus propias palabras ¿a qué se debió el distanciamiento con su otrora amiga, Íngrid Betancourt?

Más que distanciamiento, lo que se presentaron fueron algunas desavenencias. Yo prefiero en este punto mirar para el frente. Mi vida en cautiverio va más allá de las diferencias con Íngrid. Podría ser más saludable entregarle a la gente que escucha mi historia, un mensaje alentador y explicarle cómo se puede lograr una conexión con las personas que están secuestradas y la manera de reforzarles sus deseos de vivir y de recobrar la libertad.

Un colombiano ‘común y corriente’ ¿cómo puede ayudar a todos aquellos que aún viven el drama del secuestro?

Enviando mensajes de solidaridad. Hay que transmitirles voces de alegría para que los que viven en la selva tengan reservas de ánimo en su interior y para que puedan controlar los momentos tristes, desde los más pequeños hasta aquellos que se convierten en los más duros.

Se podría decir que su paso por la política fue ‘traumático’. De manera precisa cuando fue jefe de debate de Íngrid, terminó en manos de las Farc. Pese a ello, fue nombrada como fórmula vicepresidencial de Betancourt para las elecciones de 2002, mientras se encontraba en cautiverio. ¿Pensaría hoy  volver a la plaza pública y hacer algún tipo de campaña política?

He atravesado por un proceso de readaptación, casi que de reinvención de mi vida. Hoy sé que cuando uno quiere algo, no se puede sentar a criticar o a esperar que las cosas pasen, menos en el aspecto político. Si en algún momento siento que debo participar en las elecciones, allí estaré; pero por ahora le cuento que estoy cumpliendo con mis compromisos editoriales, haciendo un trabajo humanitario y, por supuesto, dedicándole tiempo a mi hijo.

¿Qué piensa del tema de una segunda reelección del Presidente, Álvaro Uribe?

Valoro y admiro al Presidente por su capacidad de liderazgo y trabajo, y por  su carácter. Sin embargo, más allá de él, lo que está en discusión no es su gran capacidad para gobernar, sino la importancia de la alternancia de los poderes políticos. Estar tanto tiempo sentado en el Palacio de Nariño no es conveniente para él, ni mucho menos para el país.

¿Qué piensa de las posiciones encontradas entre nuestro Presidente y el mandatario de los venezolanos, Hugo Chávez?

Me da dolor tanta agresión de parte y parte. Ni los colombianos, ni mucho menos los venezolanos, quisiéramos que los presidentes de dos países hermanos como los nuestros estuvieran tratándose mal. Ruego a Dios por ellos, para que les dé la ponderan cía de manejar sus diferencias, porque los dos pueblos nos necesitamos.

¿Qué opina del Acuerdo Humanitario?

Le agradezco que me formule esa pregunta porque, con mucho dolor, veo que ya casi nadie habla de este tema tan importante. Uno quisiera que no hubiera ni un secuestrado más. Me gustaría que esta misma tarde los liberaran a todos.

Se debe lograr la libertad de las personas; y si el único camino es ‘negociando un acuerdo humanitario’, se debe hacer.

En los operativos hay un riesgo enorme, así hayamos tenido experiencias exitosas en ese sentido. Necesitamos un ‘gana-gana’, donde todos respiren libertad; pero sobre todo, donde no se expongan las vidas de los plagiados.

 

Clara Leticia Rojas González

Fecha de nacimiento:

20 de diciembre de 1963.

Edad: Está próxima

a cumplir 46 años.

Natural de: Bogotá.

Estudios profesionales: Abogada, egresada de la Universidad del Rosario, de la capital de la República; y especializada en Derecho Tributario, en el mismo centro de educación superior. Estudió Derecho Comercial, en la Universidad de Los Andes. También hizo el magíster de Ciencias Políticas, en la Javeriana.

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