domingo 28 de octubre de 2018 - 12:01 AM

Cuando en Bucaramanga ‘se hacía cola’ para hablar por teléfono

Tras una larga espera y en medio de eternas colas, solo comparadas con las que se hacen hoy en día en los bancos para hacer hasta el más mínimo retiro, uno finalmente podía hacer una llamada en un teléfono público de Bucaramanga.

Para cualquier ciudadano, a comienzos de los años 70, encontrar libre un auricular de estos era una fortuna.

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Las colas para poder comunicarse con un familiar o un conocido también se asemejaban a las insufribles filas que nos tocaba hacer para comprar un cilindro de gas propano. ¿Se acuerda?

En ese entonces, grandes caparazones recubiertas de la publicidad de las otroras Empresas Públicas y de Telecom guardaban en su interior artefactos, unos más modernos que otros, que nos permitían comunicarnos.

A comienzos de la década de los 70 empezó la instalación ‘masiva’ de estas líneas en la Ciudad Bonita y hasta se quiso imitar el modelo de las cabinas callejeras de Londres. Aquí no fueron tan elegantes como los modelos londinenses, pero sí fueron muy serviciales.

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Toda esta ‘revolución’ en las comunicaciones de los bumangueses había surgido tiempo atrás, en 1956, en la época en la que el Gobierno Nacional reglamentó la interconexión de las redes telefónicas interurbanas y locales. Y fue, de manera precisa, Bucaramanga la ciudad que incorporó el servicio de télex por VHF.

En esa primera mitad del siglo pasado Bucaramanga comenzaba a disfrutar de ‘dispositivos’ nuevos, los cuales fueron transformando lentamente la vida cotidiana.

La radio tomó importancia en los 60 cuando surgieron nuevas emisoras y programas; y las comunicaciones se dispararon.

En las casas ese transistor era el ‘rey’ y la televisión era la ‘reina’; se veían como inmensos cajones que servían hasta de repisas que se adecuaban en las salas de las casas.

La verdad, tener teléfono era un lujo que ingresaba a cada hogar dependiendo de las posibilidades económicas.

El recientemente desaparecido Hernando Pardo fue el primer presidente de la telefonía pública en nuestra región. Este servicio, que era la novedad, venía funcionando desde 1958 con una central automática para solo 800 líneas telefónicas en Santander.

Antes el teléfono público no era callejero, solo se acondicionaba en las tiendas. Se trataba de una caja negra que era administrada por el tendero de turno.

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Uno de estos teléfonos funcionó en la tienda de Salvador Rodríguez, quien durante años tuvo su local en la carrera 33 con calle 49.

En 1968, en la Capital de la República se pusieron en servicio los monederos con cabinas en forma de burbuja, y Bucaramanga no se quedó atrás.

Gracias a la fundación de las Empresas Públicas, EE.PP., a finales de los 60 y comienzos de los 70, se logró la ampliación de la cobertura de este servicio.

En esa época, los teléfonos públicos hicieron parte de la ‘expansión’: el Centro de Bucaramanga y los ‘barrios in’ acogieron los prácticos auriculares.

La tarifa era la módica suma de 1 centavo por tres minutos de servicio. En la década de los ochenta el teléfono comenzó a recibir las monedas de $1; en la actualidad un aparato recibe varias denominaciones: $200, $500 y $1.000.

En 1998 se encontraban en la ciudad 1.940 equipos instalados en Bucaramanga, Girón y Floridablanca.

Estas tres ciudades, en las que deberían existir al menos 23 teléfonos públicos por cada 10 mil habitantes, para un total de dos mil 70 aparatos, en ese entonces solo tenían 990 funcionando.

La razón: Estos auriculares caían presos del vandalismo.

Los aparatos eran fácilmente manipulados por hábiles personajes, quienes con llaves especiales abrían las cajas para desviar el canal por donde pasaban las monedas y así robaban de un aparato cifras hasta de $50 mil, que recolectaban los famosos telemonederos de antaño.

La idea de la caparazón gigantesca del teléfono no era para proteger al usuario sino al auricular mismo, pues no le podía caer ni agua ni basura.

Hoy aún existen los teléfonos públicos y aunque usted no lo crea la gente sí los usa.

Los hay en algunas calles del Centro de Bucaramanga, en contados sectores como las veredas, la cárcel y la terminal de transportes, donde dichos teléfonos operan las 24 horas del día.

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Es obvio que los teléfonos públicos, como muchas otras cosas de nuestra vida del ayer, han ido saliendo de circulación.

El declive se inició en 1994 cuando se lanzó el servicio de telefonía móvil y se incorporó el número uno de la telefonía digital celular a Bucaramanga.

“Aproveche el lanzamiento de las primeras 2.000 líneas. ¡Con el número 1 usted siempre es el primero!”, decía una singular propaganda de ese entonces.

Los jóvenes de la actualidad jamás harían cola hoy para llamar por teléfono. Ellos escasamente solo podrán recordar las historias de la llegada de los celulares a Bucaramanga, la que estuvo cargada de campañas publicitarias que fueron todo un éxito en el pasado y que lo siguen siendo en estos días.

Si bien los santandereanos pagaron sumas exorbitantes por tener uno de estos aparatos celulares, también los más veteranos les contarán a sus nietos que padecieron las colas de hasta media hora que tuvieron que hacer para poder usar un teléfono público.

Las filas fueron tan famosas que un reconocido programa de T.V. de los años 90 tenía su sección titulada: ¡Cuelgueeeeeee! En ella unos actores intimidaban a quienes se demoraban en las cabinas con sus llamadas y desesperaban a los demás esperando su turno. Insisto, eso era algo parecido a la ‘tortura’ que hoy solemos vivir en las colas de los cajeros automáticos y en los propios bancos. ¿O no?

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