sábado 19 de enero de 2019 - 8:20 PM

Cuando en la Ciudadela Real de Minas aterrizaban los aviones

Antes de que la Ciudadela se convirtiera en la ‘selva de cemento’ que hoy conocemos, su suelo era la particular pista de aterrizaje del antiguo aeropuerto Gómez Niño de Bucaramanga.

Las fotografías del ayer ‘toman pista’ en esta edición periodística y ‘vuelan’ a través del tiempo rumbo a una época en donde distintos ‘pájaros milagrosos’ surcaban los aires bumangueses. En ese entonces, la Ciudadela Real de Minas ni siquiera era una ‘párvula’.

Las ‘colosales aves’ eran los aviones que entraban y salían del antiguo aeropuerto de Bucaramanga y que, con sus ruidos estruendosos, parecían el desatinado gemir de un gigante enfermo que gritaba en las ‘barbas’ de los vecindarios de la zona.

Por aquella época las aeronaves idealizaron los sueños de las generaciones que crecieron en la Bucaramanga de los años 20, 30, 40, 50 y 60.

Porque antes de que allí aterrizaran las ‘moles de cemento’ que hoy conocemos en la Comuna 7, la zona era el ‘aeródromo’ oficial de Bucaramanga.

Los primeros pobladores veían que los pilotos maniobraban sus gigantes máquinas con una precisión milagrosa, sin desviar la ruta ni mover el timón, directo a unas pistas que en el pasado eran los terrenos de una finca llamada La Hacienda, de propiedad del médico Tréver Orozco.

“Uno se persignaba porque cada vez que pasaba un avión parecía que iba a caer en el solar de la casa”, recuerda Doña Isabel León, una de las vecinas ilustres de San Miguel, barrio que queda justo al otro lado de donde concluía la pista principal de la antigua terminal aérea.

La señora Amelia León de Landazábal, quien compró su casa de San Miguel en 1960, contaba que a su barrio muy pocos le apostaban porque tenía el ‘fantasma ruidoso’ del aeropuerto.

Sin embargo el aire era puro y la brisa golpeaba a los coloniales tejados del San Miguel que, por fuerza mayor, se convirtió en paso obligado de todos. Hasta los pilotos de la época se apostaban en una tienda de la zona: “Cerca de la bomba de la 17, a los apuestos aviadores les daba por comer la famosa pata”.

Hay que recordar que décadas atrás y tras el compromiso de los gobernantes y los empresarios de Bucaramanga se había cumplido el anhelo de tener un aeropuerto, el cual adoptó el nombre del histórico aviador de Oiba, Luis Francisco Gómez Niño. Incluso el barrio que hoy existe por esos lados conserva los ilustres apellidos.

La zona escogida para la terminal aérea era una inmensa zona despoblada para los mediados de los años 30.

Las primeras pistas del aeropuerto Gómez Niño carecían de revestimiento. Total: la llegada de un avión, de manera literal, levantaba una gigantesca ‘estela de polvo’.

Cuando en la Ciudadela Real de Minas aterrizaban los aviones

Cuentan que, además, la velocidad de los aviones confundía al vecindario que desde varias cuadras de distancia seguía la ruta de las poderosas máquinas.

Bucaramanga ya tenía su propia empresa de aviación: Taxader, que cumplía vuelos internacionales y llegaba a distintos pueblos de la región con la correspondencia, con los periódicos, por supuesto, con los ilustres pasajeros.

Con el paso de las décadas el Gómez Niño ‘envejeció’. Mientras Bucaramanga se creció, sus pistas se quedaron pequeñas. Volar por allí se volvió peligroso.

De manera adicional, se carecía de control para el éxito de los vuelos nocturnos.

Así las cosas, el Gómez Niño tenía que ‘armar maletas’ y emprender su vuelo definitivo.

Sus instalaciones, en la década de los 70, fueron relegadas y le dieron paso a un importante proyecto urbanístico que se conoció así: Ciudadela Real de Minas’.

En 1978, varios años después de que el aeropuerto se trasladara al cerro de Palonegro, nacieron Macaregua y Plaza Mayor.

Con el paso inexorable de los años, el área se pobló lo suficiente como para perderse en los aires y en el tiempo. Se fue el aeropuerto y con él huyeron las colosales aves que ‘timonearon’ por este cielo. Docenas de edificios ‘tomaron pista’ y aterrizaron dándole paso a la Comuna 7 que hoy conocemos.

La comunidad y sus unidades residenciales se dispararon, al punto que hoy a la Ciudadela no le cabe ni un edificio más.

El ‘ayer aéreo’ solo se recuerda en las crónicas periodísticas o en los relatos de los historiadores. Ya no se volvió a escuchar el agudo ruido de los DC3, ni el estruendoso vuelo de los helicópteros.

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