domingo 23 de octubre de 2022 - 12:00 AM

El miedo toca la puerta del líder cívico más amenazado de Bucaramanga

Ocho dirigentes de las Comunas Norte, Nororiente, El Centro y el Occidente de Bucaramanga están amenazados por realizar su trabajo cívico en sus barrios.
Las bandas de delincuentes y expendedores de droga los tienen acosados.
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Julio César Ortega Herrera, embriagado por el miedo a la muerte que rodea a quienes reciben sufragios notificando su propio funeral, intenta contener el llanto en medio de la entrevista. No llora. Respira profundo, y parece por un instante ahogarse en el torrente de las lágrimas que fueron contenidas.

Flotando en el terror de conocer que le notificaron que pagan hasta $5 millones por asesinarlo, a sus 54 años relata lo que contiene la carpeta con las amenazas que ha recibido en los últimos seis años, cuando le pudo más las ganas de servir a la comunidad del barrio Balconcitos de Bucaramanga, en inmediaciones del puente de La Novena, cerca de la ‘Calle de los Estudiantes’, que seguir en su actividad comercial.

Comenzó su trabajo de líder desterrando a un grupo de consumidores de drogas de un terreno en el barrio, les destruyó los cambuches, y luego les plantó cara a quienes venden alucinógenos en este sector. Está endeudado, pero se consiguió de su propia gestión $6 millones para construir una cancha de fútbol para los niños. Tiene dos atentados contra su vida.

En el último el arma se le trabó al sicario, mientras una mueca perversa de pánico lo dominaba. Su voz de líder, a pesar de este miedo, no se silencia, pero sí revela una gran fatiga, una frustración porque las investigaciones judiciales no dan resultados y porque pocos lo escuchan. A veces tiene el cansancio de quien ha pasado largas noches de insomnio. Porque ha de saberse que el grito de la muerte nunca deja dormir.Julio César Ortega Herrera apela entonces a su carácter, sabe que su labor le ha costado la tranquilidad de su familia, que reiteradas veces permanece encerrada en su casa para no dar oportunidad a los violentos.

En esa intimidad esposa e hijos han llorado de rabia, al sentirse abandonados, solo por querer tener un mejor barrio. Julio César dice que no interrumpirá su labor como líder cívico y su campaña para evitar que las drogas ganen más terreno en su comunidad. Lo afirma con esa expresión en el rostro de alguien que sabe que la muerte lo está rozando.

No es el único. Ocho dirigentes cívicos, vinculados a Juntas de Acción Comunal y a Juntas Administradoras Locales han denunciado amenazas contra su vida y órdenes para abandonar de manera inmediata sus comunidades por parte de bandas criminales. Esta es la memoria de una charla con el líder más amenazado de la ciudad.

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A usted lo identifican como el líder cívico más amenazado de Bucaramanga, incluso con intentos de homicidio, pero solo lleva seis años en esta gestión. ¿Qué pasó?

Desde el primer momento que asumí la presidencia de la Junta de Acción Comunal del barrio Balconcitos identifiqué un lugar que la gente llamaba “El ventilador”. Estaba ubicado donde termina el puente de La Novena, debajo del deprimido. Una vez pasaba por el lugar, en agosto de 2016, cuando de pronto salió una joven semidesnuda, de unos 15 años.

Eran como las 11:00 de la mañana. Ella gritaba: ‘Hijue... me quieren violar’. Le pregunté qué ocurría, y ella respondió que intentaron abusar de ella en ese lugar. Entonces me acerqué, pero no se veía nada a simple vista. Me fui a realizar unas diligencias que tenía pendientes, pero al regresar al barrio les comenté a los demás líderes de la Junta de Acción Comunal lo que había ocurrido. Ellos se sorprendieron. Fuimos a ese lote. No quisieron ingresar, pero yo sí lo hice.

¿Qué pasó con la joven?

Era una alumna de uno de los colegios reconocidos de Real de Minas. Después de ese hecho intenté ingresar a los colegios para advertir de este peligro, pero los rectores, en esa época, me cerraron las puertas. Nosotros instauramos la denuncia, pero la joven se perdió y no la volvimos a encontrar. Lo cierto es que en la ‘Calle de los Estudiantes’ se tiene registros de venta de droga, incluso hay colegios donde los mismos alumnos ofrecen los alucinógenos.

¿Qué encontró al ingresar al lote?

Ese lote tiene un área aproximada de 936 metros cuadrados. Estaba tomado por la delincuencia. Allá se realizaban vejámenes desde toda clase, ocurrían violaciones, negociaban a las niñas de los colegios de la zona, llegaban toda clase de personas a consumir sustancias psicoactivas. Ese día encontré siete cambuches. Yo los tumbé.

Al poco tiempo apareció la primera amenaza. Llegó el primer sufragio a la casa. Estamos hablando de octubre de 2016. La amenazaba estaba firmada supuestamente por las Autodefensas. Me decía que no fuera ‘sapo’, porque corría peligro mi vida y la de mi familia.

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No llevaba ni un año y ya le pesaba una amenaza de muerte, ¿pensó en renunciar?

No iba a renunciar. Imagínese, usted pasa de tener una vida tranquila a llegar a vivir una situación de estas. Instauramos la denuncia por la amenaza. Un sargento de la Policía me dijo que esos panfletos eran normales, que buscaban solo amedrentarme. Seguí insistiendo sobre lo que ocurría en ese lote, hasta que a principios de 2017 la Policía envió a dos agentes de la Sipol (Sistema Integrado de Información Policía).

Cuando nosotros llegamos a mostrarle el lugar, de una zona de bambúes salieron 57 personas, que estaban consumiendo droga. Esa gente se nos fue encima. No pasó nada gracias a que uno de los patrulleros desenfundó su arma, ese día casi nos acaba esa gente.

¿Qué le respondió la Fiscalía de esa amenaza?

Nada. Hice una denuncia escrita, en ese momento era nuevo en el cargo y esperaba que las autoridades y la justicia operaran, pero no pasó nada. Como en marzo de 2017 llegó la segunda amenaza.

¿Era de la gente que operaba en ‘El Ventilador’?

Claro. Decían que tenía que retirarme o de lo contrario tendría los días contados. Yo pensaba, como me dijo el sargento de la Policía, que eso eran amenazas y nada más. Pero tenía mucho miedo. No salía a la calle, a menos que fuera muy necesario. Me guardaba totalmente. Estuve unos cuatro o cinco meses que no salía de la casa.

¿Cómo hizo para vivir?

De los ahorros que tenía, cuando se acabaron, me tocó pignorar la casa. Todavía estoy pagando esa deuda de $50 millones. Me faltan por cancelar 33 cuotas de $1.300.000. Esos meses vivimos con mi familia de ese dinero. Vivíamos con mucho miedo. En ese entonces tenía un hijo de 9 años y una hija de 27. Estudiaba en un colegio del barrio y una universidad. Por seguridad me tocaba recogerlos.

¿En ese tiempo llegaron más amenazas?

Sí. Esa gente tomó fotos y me las enviaba a la casa. En ese entonces tenía una camioneta. Me tomaron fotos llegando a la casa. Me tomaron fotos cuando dejaba a mi hijo en el colegio. Esa fue una situación muy difícil.

¿Las autoridades le dieron una respuesta?

El entonces Comandante de la Policía Metropolitana dijo que era muy difícil ubicar a un hombre para que me protegiera únicamente, porque era quitarle un policía a la ciudad. Llevamos las denuncias a la Unidad Nacional de Protección, que me calificó con un riesgo extraordinario, pero determinó ‘medidas blandas’. Ellos me entregaron un chaleco antibalas, un celular y un botón de alerta para notificar a la Policía en caso de un atentado.

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¿Lo protegieron en su primer atentado?

No mucho. En noviembre de 2017 me hicieron el primer atentado contra mi vida. Duré varios meses en mi casa, pero decido salir. No hay cosa más difícil que permanecer encerrado. Le pongo un ejemplo, para cumplirle esta cita tuve que dejar a mi hijo encerrado en la casa, como medida de protección. Mi familia no puede salir así no más, porque las amenazas siguen. ¿De dónde provienen? Del microtráfico que hemos denunciado en todo el sector. El día del atentado fui a la vereda Bocas de Girón, donde tengo un predio y hago parte de un grupo de oración, que se reunía los viernes.

Ese viernes bajé en moto. Iba llegando, cuando una señora me grita que tuviera cuidado. Miro al frente y vienen tres tipos en dos motos. Ellos me hicieron tres disparos. Yo tiré mi moto al monte y comencé a correr. Llevaba el chaleco antibalas y accioné el botón de auxilio, pero resulta que no sirvió. Sucedió que para ese entonces el botón funcionaba donde tomara la señal de Claro, y allá no había señal de ese operador. Y yo oprimí y oprimí el botón, pero nadie llegó a auxiliarme.

¿Habló con la Policía? ¿Pidió explicaciones?

Claro, me reuní con un sargento de la Policía. Le conté lo que había sucedido. Él inmediatamente llamó a la Unidad Nacional de Protección en Bogotá. Nos explicaron que el botón los alerta, entonces ellos llaman y preguntan por la emergencia. Les dije que la emergencia ya había pasado. Yo seguí con celular, el botón de auxilio y el chaleco, que hace poco me lo quitaron. Tuve que devolverlo, pero las amenazas continuaron.

El 30 de junio de 2018 estaba bajando la rueda a la camioneta cuando llega un individuo al taller donde estaba. El tipo me dice: ‘cucho, yo a usted lo conozco’. El tipo agrega: ‘por usted están dando cinco ‘lukas’ por tirar una ‘piña’’. Yo salí del lugar, tomé un taxi del afán, ni siquiera esperé que terminaran de cambiar la llanta, y me fui a la Policía a poner la denuncia.

Tiempo después llegó a mi casa un tipo en una moto. Nos pareció sospechoso. No salí a la calle. Llamamos a la Policía, cuando ellos llegan, el hombre arranca en la moto, con la sorpresa que en ese momento se le cae un proveedor de una pistola. Inmediatamente se lo entregamos a la Policía.

¿Después ocurre el segundo atentado?

Sí. Iba por la vía al Mutis. Un tipo en una moto se me acerca, pero se le engrana el revólver. Cuando el tipo fue a disparar, le pedí a mi Dios que me salvara, y me salvó. No le funcionó el revólver.

¿Algunas de las investigaciones ha dado con los responsables?

Es muy curioso o es muy raro, porque todas las investigaciones las han archivado, inclusive en marzo pasado un analista de la Unidad Nacional de Protección concluyó que yo tengo el mismo riesgo que puede tener un habitante de calle, cuando seguimos con nuestra labor como líderes ciudadanos. Estas personas siguen vendiendo droga y siguen consumiendo.

El riesgo persiste y por eso es que no acepto que me digan que no pasa nada si salgo a la calle sin protección. Hace 20 días no los dejé ingresar a estas personas al parque del barrio para que vendieran sus cosas. Ellos me tomaron fotos. El sábado pasado se me acercó un tipo en una moto para decirme que me tienen identificado. Eso fue como las 7:30 de la noche. El llamado ‘Ventilador’ ya no existe, ahora se llama el ‘Pulmón’. De mis recursos hice una cancha para los niños y todo eso molesta a esa gente.

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¿Cómo es vivir con miedo?

Es perder la familia. Es perder la tranquilidad. Nosotros tenemos un frente de seguridad y antes de la pandemia uno de los líderes me avisa que salga, que por la cámara se ve que alguien persigue a mi hija. Salgo corriendo para buscarla. Afortunadamente no pasó nada. El miedo es una constante. Y sentimos que las investigaciones no dan resultado. No pasa nada. No hay capturados.

Una vez me dijo un oficial del Gaula que la gente se hace amenazar, para tener beneficios e irse del país. Yo no me quiero ir de mi barrio, ni de la ciudad. Desde el 2016 no tengo tranquilidad. Lo que quiero es trabajar por mi comunidad. Lo que no puedo admitir, por ejemplo, que la gente se estacione en el puente de La Novena a consumir marihuana.

Ese lugar lo conocen ya como el ‘mirador de la marihuana’. Y yo no soy el único líder amenazado por las bandas que venden drogas. Somos varios en Bucaramanga. Usted no se imagina el poder que tienen las bandas que manejan el microtráfico.

En la actualidad, ¿qué protección tiene?

Nada. Solo una patrulla pasa revista cierto tiempo por mi casa. De resto nada más.

¿Y el chaleco antibalas, el botón de alerta y el celular?

Me lo quitaron hace dos años. Yo pedí que no me lo quitaran, pero me tocó entregarlo.

¿Seguirá denunciando los sitios de venta de droga?

No hay nada tan difícil que tener una familiar que haya caído en la droga, He atendido muchos casos de padres cuyos hijos consumen drogas. Impresiona verlos desesperados por sus hijos. Hemos denunciado los sitios, hemos denunciado todo, pero no pasa nada. Todo esto ha sido muy difícil, no solo para mí, sino para mi familia, incluso casi me cuesta el matrimonio, pero seguiremos. Lamentablemente los líderes comunales somos buenos cuando llegan las elecciones, de resto estamos solos.

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Periodista egresado de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Creo en el poder de la palabra. En escuchar a las personas. Soy cronista, de los que están convencidos que siempre se escribe, no solo cuando se está frente a un teclado y una pantalla. Me gusta narrar historias sometido al indescifrable poder de ellas. La fuerza de lo real. Hago podcast, donde junto voces para relatar esa realidad. Estoy convencido que siempre existimos, mientras alguien nos lea.

@juancarl00s

cgutierrez@vanguardia.com

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