sábado 16 de mayo de 2020 - 12:00 AM

El patrullero y partero de Bucaramanga

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El Escuadrón Móvil de Carabineros peinaba una extensa zona repleta de cultivos ilícitos. Mientras una parte del pelotón arrancaba bojotes de la mata que mata de las entrañas de la tierra, a manotazos, otros dejaban que las hojas de sus machetes trozaran ramas, como quien a la brava le pasa una máquina afeitadora a la cabeza de un hippie.

Nadie contemplaba la posibilidad de que semejante escuadra fuera objeto de molestias rebeldes o mafiosas. Pero el crimen no le teme más que a sus propias reglas.

Aquella ‘tranquila’ jornada de erradicación que adelantaba la Policía en zona rural de Ituango, Antioquia, sintió el eructo mortal de la tierra provocado por una mina, cuyo estallido mutiló ipso facto las piernas de varios agentes en la avanzada.

Tras el bombazo, el pelotón comenzó a sentir el zumbido infernal del plomo asesino. Caos.

Justo en la mitad del espiral de tiros que acosaba a los horrorizados agentes, el patrullero Donovan Smith Santos Murcia quien quizá no pasaba de los 22 años para entonces, se lanzó de bruces al terreno para apretujar las extremidades destrozadas de sus compañeros.

Su morral se convirtió en un pequeño hospital portátil de donde salían compresas, gaza, tela para torniquetes...

-En ese momento uno no piensa siquiera en la posibilidad de que una bala lo impacte. Solo confía la vida misma a los demás compañeros que responden con fuego nutrido para cubrirnos la espalda...

Fue una de las tantas veces que le tocó afrontar el reto de salvar un alma en el campo de batalla; ya era enfermero de combate.

Partero con autoridad

Por eso, el fin de semana pasado las manos no le temblaron para lanzarse hacia la entrepierna de la asustadísima y jadeante Luciana Yamileth Pulido Riva, de 33 años, quien sudorosa, sintiendo que su vientre se vaciaba, se aprestaba a darle salida al quinto de sus retoños en el piso de una humilde vivienda del asentamiento humano 12 de Octubre de Bucaramanga.

-Eran como las... ¿¡Guerrero, qué hora era cuando nos llamaron de allá abajo!?

-¡Las 10:40 de la noche! le respondió su compañero de guardia.

No estaba entre los planes de la noche una emergencia, a pesar de que el entorno es bastante agitado.

-A esa hora entró la llamada del Sargento Carreño. Pedía apoyo. De una salimos hacia ese cinco veinte (sitio) porque pensamos que quizá había alguna riña.

-Cuando llegamos un señor salía por una de las callejuelas gritando: ¡Ayuda, ayuda...!

-Por las ventanas algunas vecinas decían: ¡Va a parir, va a parir!

Para entonces ya había la suficiente cantidad de patrullas en la bocacalle de acceso.

-Me bajé y entré. Ahí estaba la muchacha sobre un edredó. El trabajo de parto estaba en marcha. ¡Ya venía!

-Sabía en ese momento que ya no era una vida sino dos las que asumía. Le dije a la muchacha: tranquila, soy enfermero de combate, respire... Pedí que me desinfectaran unas tijeras, ligas para el cordón umbilical...

-Eso me tomó unos ocho o diez minutos, cuando me di cuenta ya la tenía conmigo. ¡Una niña, era una niña!

Las manos de Donovan se movieron rápido entre aquel revoltijo de líquidos, sábanas untadas y el alarido de una pequeña que anunciaba su feliz llegada.

-Até dos puntas con las ligas que también habíamos desinfectado, para hacer los cortes. En ese momento llegó una chica -Érika- quien dijo que era enfermera.

-Limpiamos la carita de la bebé, ayudamos a la mamá a que terminara de expulsar la placenta. Revisamos la respiración de la niña, verifique sus movimientos pectorales, las manitos, los pies, estaba completica...

Luego, una ambulancia que ya habían pedido, se las llevó. Pocas veces el destello de las luces de las patrullas transmitían felicidad e inocencia en esa zona.

-¡Cristinita está bien, ya me dijeron!

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