domingo 01 de septiembre de 2019 - 9:00 AM

El regalo de Beatriz González para Vanguardia y Santander

La obra, plasmada en la portada de esta edición especial y realizada a partir de un aviso publicitario publicado en Vanguardia en los años 60, es fruto de sus primeros trabajos, cuando encontró en la reportería gráfica, en las noticias y en los recortes de prensa un referente para su arte.
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Hoy, esta publicidad alusiva a un tratamiento para el dolor de garganta que ella convirtió en una pieza artística, es su regalo al periódico que tanto recuerda y que le ha permitido siempre sentirse cerca de Bucaramanga y Santander.

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Beatriz González Aranda es la artista más importante a nivel nacional e internacional que ha nacido en tierra santandereana. Desde muy niña le inquietó el dibujo, pero no fue sino hasta quinto de primaria en el colegio Santa María de Los Ángeles de las hermanas franciscanas, que supo que el arte iba a ser una pieza fundamental en su vida.

Beatriz González, la gran artista santandereana

La obra de Beatriz González, considerada una de las figuras más influyentes de la escena artística colombiana, ocupa un lugar único dentro de la historia del arte latinoamericano. Las páginas de Vanguardia hicieron parte de sus primeras inspiraciones.

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Un día, durante una clase, una de las monjas levantó una hoja donde ella había pintado una mandarina con carboncillo y gritó “una artista, una artista”. Eso, cuenta, fue definitivo.

Su hermana, Lucila González, curadora y directora del Museo de Arte Moderno de Bucaramanga por muchos años, asegura que Beatriz no era la más aplicada para estudiar, ni la de las mejores notas, pero que en casa siempre supieron que iba a traspasar fronteras como artista. Beatriz, en cambio, ha dicho que a veces se siente incómoda, pues todo lo que ella es hoy en día debía haberlo sido Lucila, “la lumbrera” del hogar.

Transgresora y brillante. Con la primera palabra se define ella y con la segunda quienes conocen su obra y su forma de ser. Ahora, después de muchos años de carrera artística y de que sus retrospectivas hayan pasado por los mejores museos de Francia, Alemania, España e Inglaterra, vive agradecida con su ciudad natal y con el periódico de la región por haber sido fuente de inspiración cuando apenas iniciaba.

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“Realmente me inspiré en los periódicos y una de mis principales inspiraciones fue Vanguardia Liberal. Porque cuando yo me regresé de un viaje, de estudiar en Europa, un amigo me tenía cortadas un poco de fotos de Vanguardia y entonces yo empecé a dibujar sobre eso. Vivo agradecida porque me inspiró todas mis primeras obras que hoy en día están causando mucha atención en los medios”.

Pintora de provincia

Beatriz González Aranda nació el 16 de noviembre de 1938 en Bucaramanga. Hija de Clementina Aranda, maestra, y Valentín González, político liberal que llegó a ser alcalde de Bucaramanga y gobernador de Santander. Es la menor de tres hijos que, según cuenta, fueron criados bajo las enseñanzas liberales y demócratas de su padre, y el buen gusto de su madre.

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“Mi papá me mostraba los atardeceres y eso tuvo muchas influencia en los colores que utilizo. Esos atardeceres combinados con construcciones de ese entonces como la Torre del Garnica, rosada, fue fantástico para mí. Mi mamá recortaba de las revistas imágenes de arte, las enmarcaba y las colocaba por toda la casa”, recuerda.

Comenzó a estudiar Arquitectura, pero pronto dio el salto a las Bellas Artes en la Universidad de Los Andes porque ya no podía huirle más a eso de ser pintora. Juan Antonio Roda y Marta Traba se convirtieron en sus grandes maestros. Precisamente fue en una de las clases de pintura de Roda, que ella se dio cuenta de que no servía para pintar al natural sino para hacer reproducciones y variaciones de otras obras, pero buscando su propio estilo.

Cuando se graduó se devolvió para Bucaramanga “a ver qué era lo que sabía”. Empezó a pintar en un estudio que sus padres le improvisaron en su casa, y al poco tiempo, en 1964, fue invitada por Marta Traba a exponer sus obras en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, como parte de un programa para impulsar artistas jóvenes. Fue la primera mujer pintora en exponer allí y fue también cuando empezó a escuchar que la tildaban de fina e inteligente. “Tuve una crisis muy grande cuando me di cuenta que pintaba bien, pero me chocaba emocionalmente que dijeran que era una señora fina que pintaba. Yo no quería hacer eso, hay muchas señoras que pintan flores, bodegones, yo qué sé, y yo no quería ser eso. Entonces decidí que iba a ser una transgresora, una pintora de provincia”, cuenta.

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Despojó su pintura de todo lo que pudiera ser fino: quitó el óleo, el bastidor de lienzo belga, empezó a utilizar pinturas comerciales como Pintuco y dejó de pintar a partir de Velázquez y Vermeer.

Más que una señora que pinta

Un día cualquiera, a mitad de los años 60, encontró en el periódico la foto de los suicidas del Sisga, unos enamorados que decidieron lanzarse a las aguas de la laguna del Sisga, no sin antes haberse retratado juntos con un ramo de flores entre las manos. Ella los pintó a su manera y envió la obra a concursar al XVII Salón de Artistas en 1965. Al principio fue rechazada, pero al final resultó premiada y la pieza se convirtió en su pintura más emblemática.

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Después de eso empezó a pintar fotos de crónica roja, propagandas de periódicos, estampas religiosas, ilustraciones de próceres, las fotos de sociedad de las revistas, todas las imágenes impresas que podía. Empezó a pintar sobre latas, muebles, cortinas y telones, y a través de sus obras contó la historia del país. Se atrevió a hacer crítica política con un dejo de humor negro y se convirtió en la pintora del expresidente Julio César Turbay, a quien representó una y otra vez, hasta bebiendo y cantando.

Sin embargo, en los 80, tras la toma del Palacio de Justicia y el reclutamiento de su hijo Daniel por el Ejército, su obra se centró en el dolor. Se dedicó a retratar los momentos más dolorosos de Colombia y a darle visibilidad y voz a los que solo aparecían en las primeras planas después de una masacre o atentado.

Hoy, a sus 80 años, después de más de 60 de carrera, más de 150 obras, muchas exposiciones y el reconocimiento mundial, que aunque llegó algo tarde a nivel internacional la llevó a estar en varios de los mejores museos del mundo, se siente orgullosa de haber llegado a este punto sin las pretensiones de una señora que pinta.

El artista Luis Caballero la describió en algún momento como “la única gran pintora colombiana. La única que ha sido capaz de pintar colombiano”.

Quienes la conocen no dudan en decir que prefiere tomar cerveza, comer morcilla y ponerse botas de campo, que andar de reunión en reunión como alguien distinguido de la sociedad. Ella es tan brillante como de provincia.

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