lunes 07 de enero de 2019 - 11:00 AM

En el corazón del hombre encargado de la seguridad de Bucaramanga

Manuel Antonio Vásquez Prada, comandante de la Policía Metropolitana de Bucaramanga desde hace 11 meses, cumplió 30 años al servicio de la Policía Nacional. En esta charla, nos habló de su familia y de su gran amor por la Institución.

Duerme poco. Su mente, sus fuerzas y su corazón siempre visten el uniforme verde oliva que lo enamoró siendo un niño y que hoy lo distinguen como el comandante de la Policía Metropolitana de Bucaramanga.Tímido pero seguro. Frentero y prudente a la vez. Así es el brigadier general Manuel Antonio Vásquez Prada, quien de sus 50 años, ha entregado 30 al servicio de la Policía Nacional.

En medio de su agitada agenda, que todos los días comienza a las 5:00 a.m. y termina cerca de la medianoche, el general Vásquez nos abrió las puertas de su casa para atender esta charla. Allí, en la sala de su hogar, sentado junto a su esposa y sus dos hijas, descubrimos al padre, al esposo, al hombre que llora, al soñador y al campesino que honra sus raíces sirviendo siempre con humildad.

En su estructura de vida nunca tuvo un ‘plan B’ porque desde niño soñaba con ser policía. De hecho, la casa de sus padres, en Flandes, Tolima, quedaba justo al lado de la estación de Policía del pueblo, algo que marcó su vida para siempre.

Nacido en la vereda Camalá, jurisdicción del municipio de Flandes, Tolima, el general Manuel Antonio Vásquez Prada ingresó a la Policía Nacional el 26 de enero de 1988. Desde entonces suma en su hoja de vida 47 condecoraciones y 141 felicitaciones por su servicio a la comunidad.

Hoja de vida 

Nombre: Manuel Antonio Vásquez Prada

Fecha de nacimiento: 29 de julio de 1968

Edad: 50 años

Lugar de nacimiento: Flandes, Tolima.

Estudios: Administrador Policial, abogado de la Universidad Gran Colombia, Especialista en Administración de la Seguridad. 

Cargos: Laboró en la Metropolitana de Bogotá. Cursó la academia superior en el 2007. En el grado de Coronel recibió la agregaduría de Policía en Estados Unidos. En  octubre de 2016 fue designado como Jefe del Área de Control Interno y el 5 de febrero de 2018 fue nombrado como Comandante de la Policía Metropolitana de Bucaramanga.

Preguntas y respuestas


¿Hay algo que le genere temor?

“Mi mayor temor es distanciarme de Dios. Las tentaciones están cerca y nos rodean todos los días. La tentación al crimen, al mal, a caer en una infidelidad, a ser desleal con el compromiso que adquirimos con los colombianos. Fallarle a mi país, a mi institución. Por supuesto que las tentaciones me gustan, pero porque me acercan más a Dios. El día que me distancie de él, estaría fallando a esas personas, a mi familia a mi institución y a mi país”.

¿A qué le tiene miedo?

“No es por mostrarme como el valiente, pero hay que tener control frente a toda situación porque si nos descomponemos con una cucaracha o con un ratón el delincuente nos va a derrumbar y el mal se hará cada día más poderoso, y podemos terminar apartándonos de ese compromiso que adquirimos un día: el de sacrificarnos o ayudar al otro”.

¿Hace cuánto no tiene un día de descanso?

“No es fácil. Hay un compromiso con el país, con los santandereanos, y el trabajo de nosotros, los policías, está enmarcado dentro de un servicio público esencial, es decir, el que no para, el que está las 24 horas. Pero, también hay que empezar a privilegiar el tiempo, no en cantidad sino en calidad para la familia. Esa es la mayor comprensión que tengo de parte de mi esposa y mis dos hijas que me acompañan siempre, me hacen feliz y me motivan más a ser policía”.

¿Usted es de los que llegan a la casa y apaga el celular?

“Apagar el celular es muy difícil, y si lo logramos apagar queda como esa tentación, esa preocupación: no me timbra, no entran llamadas, qué está ocurriendo. La calma tampoco puede ser tan completa”.

¿Generalmente qué hace en la casa?

Aquí me siento como un príncipe, me cuidan, me rodean. Siempre me están cuidando: “Quédate, hoy no salgas”. Con mi esposa y mis dos hijas  soy muy feliz, hablándoles, compartiendo mis historias. Ellas, todas, quieren ofrecerme algo, es una atención extraordinaria”.

De no haber sido policía, ¿qué le hubiera gustado ser?

La verdad es que mi origen, mi arraigo, es campesino. Cuando con mis hermanos teníamos que caminar para tomar el transporte e ir al colegio, nos encontrábamos con esos policías cercanos a la comunidad y desde esa época encontré una admiración.  Yo no quería apuntarle al placer sino a la felicidad, y yo sabía que la Policía me iba a permitir ser feliz. 

¿Nunca hubo un ‘plan B’?

“La verdad no, y por supuesto complementé en mi formación, ya como oficial de la Policía me hice abogado, pero también con mucho sacrificio. Ese título se lo debo a mis compañeros colegas, que siempre estuvieron muy pendientes de mi proceso, me acompañaban, me actualizaban día y noche. A veces amanecía estudiando con algunos, solo para que yo me nivelara”.

¿Cómo fue su proceso para ingresar a la Policía?

“Hice el proceso de incorporación y con el paso de los días llamaron a unos amigos. Como no me llamaban empecé a mirar todas las posibilidades, pero seguía contemplando ser policía. Días después  a la casa de mi señora madre entró una llamada de Bogotá, que debía estar matriculándome al día siguiente. Fue la felicidad plena”.

¿Tiene algún agüero?

“No, ninguno. No soy de agüeros, soy de espiritualidad. No soy de suerte. Para mí cuenta el trabajo orientado y acompañado de la mano de Dios”.

¿En qué momento de su vida sintió que alcanzó esa espiritualidad?

“Siempre, porque en la familia nos encontramos con Dios. Mi esposa y mis dos hijas no me dejan salir si no es con la oración y pidiendo que les proporcione también a ellas la bendición. Podría distanciarme y decir no hay tiempo para Dios, y él me entiende porque estoy sirviendo, pero sé que a Dios no se le da el tiempo que sobra sino el que tenemos, y en eso luchamos y lo encontramos”.

¿En qué momento del día encuentra ese tiempo para Dios?

“Empezamos con la oración y procuro tratar de iniciar con una eucaristía, la primera que encuentre en cualquier parroquia porque después se torna muy difícil. Pero también con mi familia hay una regla: a eucaristía vamos todos. Yo asisto con mi equipo de trabajo o voy a una comunidad muy temprano, para encontrarme y para escucharlos. Los domingos, ya sea en la mañana, a mediodía, en la tarde o en la noche voy con mi esposa y mis hijas”.

¿Algún santo de devoción?

Hay santos a los que todos le clamamos porque son los más conocidos, por ejemplo San Miguel Arcángel, pero yo siento que los cansamos. Hay unos que no nombramos tanto, pero que puede que tengan más tiempo, entonces le oro a esos para no agotarlos. El mío es de los menos nombrados.  

¿Qué lo pone de mal genio?

“Lo que me molesta es que le respondamos mal a un ciudadano, que no le cumplamos, que perdamos confianza y credibilidad, o que resultemos especulando, porque no podemos mentir ni fallarles a los colombianos. No porque no podamos equivocarnos, somos humanos y puede suceder, pero en lo posible para que eso no se presente tenemos que ser muy oportunos, consecuentes, coherentes, pensar, hablar y caminar en la misma dirección y eso cuesta porque movilizar personas no es fácil”.

¿Cuándo fue la última vez que lloró?

“Ocurrió en la última operación contra el microtráfico en Floridablanca. Allí evacuamos con mi Policía de Infancia y Adolescencia a 12 niños cuyos padres fueron capturados con droga. Ese día me vieron llorar. Niños de 4 meses con madre capturada por tres imputaciones. Los niños no son culpables de la irracionalidad de sus padres”.

Un recuerdo que haya marcado su infancia.

“Tenía 13 años y en el pueblo los policías sabían que yo conducía muy bien. Una noche hubo un accidente en la vía Panamericana y el policía no sabía manejar. A las 3:00 a.m. me pidieron que los acompañara para que yo condujera la patrulla de la Policía. Llegamos a buscar y rescatar las personas heridas. Eso marcó. Yo decía: “Quiero salvar vida, ser policía. Esto es muy importante”.

¿Alguna vez se disfrazó de policía?

“No completamente, pero sí con un chacó. Me sentía realizado cuando me lo ponía. Eso fue a partir de los 12 años”. 

¿Qué le quita el estrés?

“La teoterapia, encuentro con Dios. Me encuentro con él y con mi familia. Mi esposa es una estratega para ayudarme a ser un gran policía. La teoterapia es un encuentro con Dios, lo hago de manera personal, entrando a un oratorio o con mi familia o mi esposa que invita a una comida suave si ya es tarde, o participamos de un rosario, la lectura o una palabra. Y ahí se va el estrés porque ella abre la Biblia y lee un versículo y vemos que Dios nos habla y nos empezamos a tranquilizar”. 

¿Se dice que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, es cierto?

“Es mentira. No es detrás sino adelante. En mi caso mi esposa es una mujer que me está impulsando. Uno les falla mucho a los hijos con la formación, pero ella está ahí. Cumple con su trabajo, con sus compromisos”.

¿Qué música le gusta escuchar?

“Baladas americanas de esas viejitas, música en español, algunos vallenatos y, por supuesto, también comparto la música de mi esposa. Con ella tenemos una canción que nos gusta mucho. Se llama ‘Cómo te hago entender’ de Roberto Roena”.

¿Cuál es su comida favorita?

“El sudado de pollo, el sancocho. La comida casera, mi esposa nos cuida mucho. Y por supuesto, también ha orientado a mis hijas, entonces las tres se compiten por decir de quién es el arroz, quién preparó el pollo”. 

¿Sueña con ser Director de la Policía Nacional?

“Hoy sueño, vivo y me gozo ser el comandante de la Policía Metropolitana de Bucaramanga. Soy feliz. No es que no tenga aspiraciones, sé que el camino de Dios todo lo trae en su momento. 

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