lunes 04 de marzo de 2019 - 10:00 AM

En los zapatos de: Un limpiavidrios en los semáforos de Bucaramanga

Un grupo de emigrantes venezolanos trabaja día a día en algunos de semáforos de Bucaramanga limpiando vidrios. Esta actividad genera incomodidad y disgusto entre la mayoría de los conductores. Sin embargo, ¿Se ha puesto usted en los zapatos de estas personas? Yo sí y así me fue.

“Venezolano que no echa agua, no come”. Esta es la contundente frase que los inmigrantes venezolanos que trabajan en los semáforos de Bucaramanga y el área metropolitana tienen como grito de batalla diaria.

Así es. Esta comunidad diariamente se enfrenta al pesado tráfico de la ciudad para buscar algunas monedas que les garantice un plato de comida caliente y un colchón para pasar la noche junto a sus familias, en cualquier residencia del centro de la capital santandereana.

No es una tarea fácil, porque además de exponerse a que los atropelle un carro, mientras limpian los vidrios son víctimas de insultos, burlas y hasta agresiones de los conductores.

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Eso sin contar la persecución por parte de las autoridades. En ocasiones la Policía les quita sus herramientas de trabajo o simplemente les piden que se retiren de algunos sectores, con la amenaza de arrestarlos.

En los zapatos del otro

Tal vez, en el medio periodístico hablar o escribir en primera persona no se acomode a la objetividad que nos inculcan durante el proceso de formación universitaria.

Pero esta historia la debo contar así, porque decidí ponerme en los zapatos de estos jóvenes. Los que a diario se rebuscan el sustento, armados simplemente con las ganas de salir adelante y de reunir algunos pesos para sobrevivir.

Sobre las 8:00 de la mañana llegué a la esquina de la carrera 27 con calle 48, sentido Sur – Norte. Allí me esperaba un grupo de jóvenes inmigrantes que se ubica en este sector de lunes a viernes.

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Luego de pactar que a cambio de mis herramientas para limpiar vidrios les daría lo que produjera en mi jornada, comenzó mi experiencia de inmersión en un oficio que para muchos conductores se convirtió en un verdadero “fastidio”.

Antes de lanzarme a los peligros del tráfico bumangués, con los hermanos venezolanos compartimos trozos de pan y mantecada. Para ellos, estos alimentos tienen algún poder o energía sobrenatural. Esa misma que se necesita para lavar el panorámico de un vehículo en menos de 40 segundos, tiempo promedio que dura en cambiar el semáforo de este punto de la ciudad.

Cada segundo es valioso, por eso la frase de su día a día: “Venezolano que no echa agua, no come”. Y así es; esta es la primera acción que se hace para lavar un panorámico; la que tanto incomoda a gran parte de los conductores.

“Tenemos que mojar el vidrio para motivar la lavada. De otra manera, siempre se van a negar. Sabemos que les incomoda, pero muchas veces tenemos que lavar vidrios sin recibir nada a cambio”, cuenta una de las inmigrantes que trabaja en este oficio.

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Sobre las 8:30 a.m., luego de varias instrucciones y del correspondiente ‘mecato’, me lancé a lavar mi primer panorámico. No había terminado de acercarme a un campero blanco, conducido por un adulto mayor, cuando con su dedo índice derecho me envió un mensaje de desaprobación.

Pensé que si me acercaba más iba a recibir una respuesta positiva. Pero no, solo vi cómo se activaba el vaivén de las plumillas y sentí, además, una miraba de molestia que, por momentos, me generó temor.

En ese instante pude, por primera vez, leer los labios de una persona. Fue clara la oración que esgrimió aquel conductor: “Váyanse para su país, acá ya estamos fastidiados de ustedes”. Por primera vez en vida sentía odio xenofóbico, y en mi propia ciudad.

Insultos y más insultos

Así las cosas, decidí esperar un poco para recuperarme de ese ataque y, de paso, mirar cómo era el accionar de estos jóvenes venezolanos. Sentado en una banca de concreto pude darme cuenta del trato cruel que reciben estas personas en la mayoría de sus intentos por limpiar los vidrios.

Durante gran parte de la jornada seguí siendo víctimas de insultos, agravios, golpes con plumillas y de muchas miradas cargadas de odio. Es imposible no sentirse amedrentado o que estas manifestaciones de odio no terminen afectando.

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Sin embargo, para los inmigrantes venezolanos estas actitudes negativas se convirtieron en un aliciente. La respuesta a cada uno de estos actos y frases, muchos de ellos xenofóbicos, es una enorme sonrisa y, en muchas ocasiones, es una frase como “tranquilo si no tiene, en una próxima oportunidad me da”.

Así transcurrió casi toda la mañana, entre insultos, una que otra moneda (la verdad $1.200) y entre bromas e historias de por qué estos muchachos salieron de la otrora pujante Venezuela.

La hora del almuerzo

Antes de las 12:00 del mediodía, llega el momento del almuerzo. Nos tuvimos que desplazar unas 10 cuadras para llegar a una casa de familia. Diariamente, a este lugar llegan más de 50 ‘limpiavidrios’, todos ellos migrantes venezolanos.

Con solo $3.000 se adquiere un buen almuerzo. Arroz con fideos, filete de cerdo, yuca cocida y sopa de arroz era el menú del día. Fue un momento de ‘camaradería’ entre los migrantes. Sonrisas, saludos, recuerdos y un trato amable. Tal vez, este es el momento del día más agradable para estos jóvenes.

Pero solo es un lapso corto, porque no se puede desaprovechar la ‘hora pico’. No habíamos terminado la digestión, cuando de nuevo nos enfrentábamos a los acalorados conductores. Sobre la 1:00 p.m. la temperatura alcanzó los 28 grados.

Tal vez la exposición al sol y al desprecio de algunos conductores, hizo que mis habilidades físicas y de coordinación mermaran. El ejercicio de lavado de panorámicos es sencillo. Se enjabona fuertemente con la parte trasera del ‘haragán’ y luego con la plumilla se retira el jabón. Eso sí limpiando el caucho cada dos pasadas.

En varias ocasiones, por mirar la cara de los conductores y de tratar de traducir lo que moderaban sus labios, invertía el proceso.

En una de esas confusiones de coordinación por poco rayo un panorámico. La acción generó un insulto en el que me recordaron a mi mamá de una manera no muy cordial.

Lágrimas del alma

En un momento, con solo $1.550 de ganancias, sentí desfallecer. Acababa de escuchar la historia de Milán. Él solo sostiene a sus dos hijos, a su esposa, suegra y tres cuñados.

Luego de su narración y de recordarme que llegó a Bucaramanga pesando 32 kilos (ahora pesa casi 60), me tuve que retirar. Detrás de un árbol lloré y recordé las muchas veces que, estúpidamente, he renegado de lo que tengo y de lo que adolezco.

Aunque llegué a mi casa exhausto, con los bolsillos vacíos y sin tenis (se los regalé al menor de ellos), tuve una recarga de ánimo y voluntad.

Nunca olvidaré esta experiencia enriquecedora. Nunca olvidaré la cara de cada uno de estos chicos de piel cobre, manos sucias y ropa desgastada, pero con unas ganas de seguir adelante y lucharla cada día por los suyos.

Una moneda de $200 tal vez para un conductor no sea mucho, pero para cada uno de ellos es un botín muy valioso. Al menos eso fue lo que aprendí.

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