martes 09 de abril de 2019 - 12:00 AM

Las niñas del internado en Santander

El Hogar de Niñas San José es uno de los pocos internados que quedan en Santander. Cuarenta niñas, entre los 5 y 17 años, viven allí de lunes a viernes y no solo comparten habitación, baños y comedor, sino historias de vida y sueños similares.

A las 4:30 de la mañana empieza el movimiento en los tres cuartos, tan amplios que en cada uno caben hasta 20 camarotes, donde duermen las niñas del internado.

En el primero duermen las grandes, en el de la derecha las medianas y en el de la izquierda las pequeñas.

A esa hora, en un pequeño cuarto al lado de la puerta, justo en la entrada de la habitación de las mayores, la luz se enciende y la ‘Sor’, como las chicas la llaman, empieza una de las labores más difíciles: levantarlas.

Las más pequeñas se quejan porque es muy temprano y hace frío y algunas de las grandes también pues no se durmieron a las ocho, como dicta la norma, porque estuvo buena la charla.

Luego de una corta oración sigue el baño, que se hace en cualquiera de las hileras de duchas contiguas a los dormitorios, con agua fría porque no hay calentador.

Así empieza el día para las 40 niñas del Hogar San José, uno de los pocos internados que aún sobreviven en Santander.

No están allí por castigo, ni por haber obtenido malas calificaciones, como solía suceder hace algunas décadas cuando la frase “si pierde el año, lo mandamos al internado” era una amenaza usual.

Ni siquiera por no tener familia, porque el hogar no es un orfanato.

Están ahí porque el lugar es un remedio contra los hogares disfuncionales, la falta de tiempo y los trabajos de más de 12 horas de muchos padres. Es un remedio contra la soledad siendo niño.

Crecer juntas

El hogar necesita materiales o donaciones para techar el patio, pues cuando llueve las niñas no pueden recrearse. También les hace falta ventiladores. (Foto: César Flórez / VANGUARDIA).
El hogar necesita materiales o donaciones para techar el patio, pues cuando llueve las niñas no pueden recrearse. También les hace falta ventiladores. (Foto: César Flórez / VANGUARDIA).

Laura* tiene 15 años y acaba de cumplir 12 de vivir, de lunes a viernes, en el internado. Su mamá, soltera, decidió que era lo mejor, pues su trabajo le exigía pasar todo el día fuera de la casa y el salario no le alcanzaba para una niñera.

Junto a Camila*, un año mayor que ella (12 años interna), son quienes llevan más tiempo en el lugar.

Han crecido ahí, han llorado, han querido irse, han reído, han soñado, han extrañado, han tenido dudas, se han cuestionado, han aprendido, pero ninguna duda en asegurar que han sido felices.

A Camila, su mamá, empleada doméstica interna, no la podía llevar con ella al trabajo, pues los dueños de casa no lo permitían, entonces tuvo que probar suerte con su papá, quien por falta de tiempo tampoco pudo cuidar de ella. Terminó al cuidado de una tía, quien recurrió al Hogar San José, para que ella no pasara tanto tiempo sola.

Ninguna tuvo opción o poder de decisión una vez fueron llevadas allí; sin embargo, a diferencia de las más chicas, quienes a veces no entienden por qué tienen que estar ahí y extrañan su familia, ellas creen que los camarotes en fila, el comedor múltiple, las duchas por cubículos, la falta de televisión, la prohibición del celular, la oración en la capilla, la convivencia con tantas niñas diferentes a ellas y los horarios estrictos les dieron la oportunidad de soñar y pensar en un futuro prometedor.

“La gente piensa que esto es una cárcel, que aquí rezamos todo el día y que nos toca hacer todo el oficio. Algunos compañeros del colegio preguntan eso y nosotras somos como ¿qué les pasa? Nosotras somos libres y estamos felices. No nos toca cocinar y tampoco lavar la loza, que es lo mejor de todo”, cuenta divertida Laura, quien se gradúa este año y quiere convertirse en psicóloga.

¿Qué si va a extrañar el hogar? Suelta un “¡claro!” rotundo. ¿Qué si las va a extrañar a ellas? “Todos los días”.

Según sor Luz Betty, hermana vicentina y directora del hogar, tanto a ella como a las otras dos hermanas al servicio del lugar, a la psicóloga y hasta a quienes ayudan en la cocina y en el aseo, les toca hacer las veces de profesoras y de mamás.

“La mayoría de estas niñas vienen de barrios vulnerables, son de estratos bajos, tienen hogares disfuncionales, su única familia son tíos o abuelos, etc. Están ávidas de amor, pero también necesitan ser reprendidas, ser corregidas y ser guiadas. Aquí les enseñamos sobre el amor, la bondad y la vida, pero también sobre reglas, responsabilidad y perseverancia”, menciona.

La vida en un internado

El Hogar de Niñas San José es privado, pero sin ánimo de lucro. Hace parte de la Sociedad de San Vicente de Paúl, organización católica laica dirigida por voluntarios. (Foto: César Flórez/VANGUARDIA LIBERAL).
El Hogar de Niñas San José es privado, pero sin ánimo de lucro. Hace parte de la Sociedad de San Vicente de Paúl, organización católica laica dirigida por voluntarios. (Foto: César Flórez/VANGUARDIA LIBERAL).

Los martes y miércoles son días de película. Una de los paredes blancas del hogar hace las veces de pantalla de cine y no hay nada que les guste más a ellas.

Primero porque se acuestan más tarde y segundo porque como no tienen televisor, es lo más cerca que están de uno.

La película la proyectan a las siete de la noche, siempre y cuando cada una haya cumplido con sus deberes.

Las mayores, que están en bachillerato, estudian desde las 6:30 a.m. hasta la 1:30 p.m. Pasan de las duchas a los vestidores y luego del comedor a las aulas de clase. Todas reciben clases en el Colegio Federico Ozanam, el cual comparte instalaciones con el internado y queda justo en la parte baja de la amplia casa. Las chicas solo tienen que bajar unas escaleras y ya están listas para su jornada escolar.

“Cuando salimos al segundo descanso al mediodía, venimos rápido al comedor a almorzar, mientras nuestros compañeros solo toman onces”, comenta una de ellas mientras pica el ojo.

Al terminar las clases, tienen un rato para cambiarse y descansar, pero durante la tarde se dedican a hacer trabajos, repasar, tomar clases de música los días que va el profesor y a realizar algunos ejercicios con la psicóloga que las apoya en sus deberes. A las 6:00 p.m. deben estar listas para la cena, momento en el que tanto pequeñas como grandes comparten más tiempo. En el almuerzo están todas juntas, pero el tiempo es corto y casi ni hablan.

“En la ducha también compartimos porque a nosotras las de 11 nos toca ayudar a alistar a las más pequeñas”, suelta una.

Las que cursan primaria tienen la mañana para hacer sus tareas y ejercicios y asisten a clases en la tarde, cuando las mayores ya van saliendo.

Luego de la comida, tienen un espacio libre en el que pueden jugar, charlar, adelantar tareas, si lo necesitan, o como ese día, ver películas. Antes de ir a la cama, hacen junto a las hermanas vicentinas la oración y luego, sin chistar, se van a los dormitorios.

Ese martes, mientras esperan el almuerzo, especulan sobre si la cinta de esa noche va a ser de risa o de acción. Hablan sobre lo que significa vivir en allí, defienden a sus padres, tíos o abuelos diciendo que las envían allí por su bien, para que no pasen todo el día solas, algunas cuentan que los fines de semana a veces quisieran no haber ido a casa porque se sienten solas, otras dicen que cuando salen los viernes lo primero que hacen es revisar su celular y ver ‘tele’. Una que otra comenta que la mayoría de veces se van de paseo con sus familias y unas más agregan que lo que les encanta es encontrarse con amigos del barrio y jugar por ahí.

Todas, las que son nuevas, las que llevan dos años o doce, dicen que se sienten felices, cuidadas, protegidas y amadas, pero que nunca van a dejar de extrañar su hogar por difícil que sea.

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