domingo 16 de diciembre de 2018 - 12:01 AM

¿Le mandaron un chepito? ¡Uy... Qué pena!

Eran algo así como los ‘gota a gota’ de hoy. Es decir, la gente que debía plata en Bucaramanga no tenía de otra: o se ponía al día con sus pagos o recibía la fastidiosa visita de los ‘chepitos’.

¿Quiénes eran ellos?

Eran unos hombres vestidos de un ‘negro lúgubre’, sombrero de copa alta y un maletín marcado con dos palabras en ambas caras y con letras mayúsculas, las cuales se leían así: ‘DEUDORES MOROSOS’.

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A ellos los contrataban prestamistas, agiotistas o rentistas que estaban empeñados en ‘recuperar cartera’ bajo dos premisas:

1. Dejar ‘mal parados’ y ridiculizar a quienes no querían saldar acreencias.

2. Obligar a los deudores a pagar sus respectivas cuentas.

Para ponerlo en nuestros tiempos actuales, el terror y la pena que les causaban a los bumangueses las visitas de esos sujetos era solo comparables con el pánico que hoy sentimos cuando nuestros apellidos aparecen en las listas negras de las centrales de riesgos bancarias.

¡Era muy angustiante tener en frente a esa especie de fuerza antimorosa!

Y es que en el pasado los chepitos seguían a quienes tenían cuentas pendientes a cualquier parte. Si usted salía y se tomaba un tinto, se hacían al lado de la cafetería; si llegaba a la oficina, se ‘parqueaban’ en la puerta de entrada de la empresa; y si regresaba a casa, se ubicaban al lado de la fachada de su predio hasta avanzadas horas de la noche.

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Además del nombre de chepitos, la gente les decía ‘buitres a sueldo’. La razón: ellos se la pasaban fisgoneando el vecindario en busca de los más ‘enculebrados’.

Los chepitos, que por sus ‘pintas’ también terminaron siendo bautizados como ‘los pingüinos’, solían andar en par. Se decía que iban de a dos, entre otras cosas, para poder defenderse de los deudores furiosos.

Se les veía por ahí como pajarracos, ataviados con chaquetas o fracs baratos y brillantes; las citadas prendas de vestir los hacían inconfundibles y, por supuesto, eran sus cartas de presentación ante la ciudadanía.

Tocaban puertas o accionaban los timbres de las casas para que, al abrir, los demás se dieran cuenta de que en ese predio vivían morosos.

El deudor se sometía al escarnio e incluso se convertía en ‘comidilla’ y en el centro de los chismes de los vecinos por mala paga. Y a menos que decidiera ponerse a paz y salvo con la ‘culebra’ que tenía, la fea fama lo perseguiría por siempre.

Amenas, pero ponzoñosas tertulias barriales se daban cada vez que estos personajes aparecían entre la comunidad.

Para todo ‘enculebrado’, la visita de estos sujetos era motivo de vergüenza pública e incluso era un horrendo presagio de miseria.

¿Qué no paga? ¡Claro que sí! Ese era el singular lema de las empresas de cobranzas que entre los años 70 y 90 se especializaban en contratar personal, ‘tipo chepito’, solo para atosigar a los deudores morosos de sus clientes o de quienes pedían sus servicios.

En Bucaramanga existían empresas que se dedicaban a este engorroso oficio. Recuerdo a ‘Pingüinos Limitada’, una entidad de cobranzas que utilizaba a estos empleados para asegurarse de que los deudores saldaran sus cuentas. También funcionó por mucho tiempo la ‘Compañía de Cobranzas Los Chepitos’.

Estas empresas finalmente vivieron un entierro de quinta en 1992, gracias a la Sala Número IV de Revisión de Acciones de Tutela de la Corte.

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El Alto Tribunal sentenció que el cobro de deudas económicas por vías extrajudiciales que involucraran chepitos, amenazas, escándalos u otro tipo de escarnios públicos violaban el derecho a la honra de las personas y configuraban contravenciones y delitos.

Total: Este oficio era inconstitucional, por ser un instrumento de coerción por fuera de la Ley. Los sujetos de apariencia oscura se desvanecieron. No obstante, dicen por ahí que no se extinguieron del todo.

Y es que con la guerra del préstamo que hoy se vive en Bucaramanga con el famoso ‘gota a gota’, los morosos aún les abren las puertas a las nuevas versiones de los chepitos de hoy.

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