sábado 30 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

“Le voy a seguir dando la cara a mis sueños”

Alexander Flórez sufrió una quemadura con ácido cuando apenas tenía cinco años y en una muestra de superación y valentía decidió salir de su pueblo Santa Rosa, en el sur de Bolívar, para estudiar y ser el primero en su familia en graduarse como profesional.
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Conseguir las cosas a la sombra y sentado”, le dijo a Alexander Flórez Manrique su papá, sin pensar que se convertiría en la frase más importante para él.

En la finca, en Santa Rosa, sur de Bolívar, su papá y su mamá han trabajado de sol a sol sin descanso y sin muchas oportunidades, pues en ese lugar la guerra golpeó y aún golpea vestida con todos los uniformes, nombres y siglas de cuanto grupo armado ha logrado entrar.

En esta subregión del Magdalena Medio, que no tiene vías de acceso fáciles ni adecuadas, han hecho presencia el Eln, las Farc, los paramilitares y las Bacrim, quienes convirtieron los cultivos ilícitos y la minería ilegal de oro en la principal actividad económica de la región y bloquearon cualquier posibilidad de desarrollo más allá de eso, incluso para los que como los papás de Alexander trabajan la tierra de otra manera, la agrícola, la legal.

Sin embargo, para “Alex”, como le dicen casi todos, las cosas fueron diferentes y un accidente lo llevó a ver que se podía soñar con un futuro diferente.

Un día, mientras iba con sus padres de vuelta a su finca, recorriendo un trayecto que les tomaba cerca de una hora y media en caballo o a pie desde el punto donde los dejaba el transporte, el caballo donde iba con su madre se asustó porque se enredó con algo, empezó a brincar e hizo explotar un tarro de ácido sulfúrico que llevaban adelante y que cayó en todo su rostro.

Él apenas tenía cinco años.

Un nuevo mundo

Los papás de “Alex” nunca habían salido del pueblo. Llegar a Bucaramanga fue todo un desafío y dejar sus cultivos por tanto tiempo fue un sacrificio inmenso.

Fueron más de diez cirugías en más o menos cinco años. Fueron idas y vueltas desde Santa Rosa hasta la ciudad y viceversa. Fueron nuevos comienzos y oportunidades a pesar de la tragedia.

“¿Sabe? Yo no me conozco de otra manera. Desde que tengo memoria soy así y así aprendí a verme y a aceptarme. El dolor más grande fue para mis papás, quienes hicieron todo lo posible para que yo estuviera mejor y quienes a pesar de no haber estudiado y no conocer más allá de su pedazo de tierra lucharon junto a mí y me dieron apoyo para lo que soy ahora”, asegura Luis Alexander.

La Fundación Hogar Jesús de Nazareth, que desde hace 16 años brinda ayuda y un techo a personas víctimas de minas antipersona y quemaduras y que tiene convenio con la Alcaldía de Santa Rosa debido al alto índice de heridos provenientes de ese municipio, fue su ángel por muchos años.

Mientras recibía tratamiento y atención en la ciudad, lo ayudaron a él y a su familia con los trámites y el papeleo engorroso del sistema de salud colombiano y orientaron a Alexander hacia lo académico.

Hizo preescolar, primero y segundo de primaria en un colegio de la ciudad y cuando tuvo que devolverse a su pueblo le dijo a sus papás que él quería seguir aprendiendo.

La escuela más cercana quedaba muy lejos de su casa, y de la casa de todos, y por eso muy pocos niños de las veredas estudiaban.

Pero él no quería ser como esos niños porque a pesar de su corta edad y de su rostro quemado, que para muchos era sinónimo de esconderse y no salir más, él ya sabía lo que quería.

Entonces sus papás le permitieron vivir en el pueblo, con sus nonos, quienes no dudaron en apoyarlo en su deseo de estudiar, pese a que en la familia nadie había pasado de los primeros grados.

“Me dediqué fue a eso, en vez de pensar en lo otro y creo que así fue que entendí que no tenía ninguna limitación. Tenía que volver a Bucaramanga varias veces porque la fundación estaba llevando todo el tema del tratamiento, entonces iba y venía, terminé unos años en el pueblo y otros acá, cirugías iban y venían también, pero yo solo pensaba en continuar con mi preparación”, cuenta.

Su cuerpo rechazó la prótesis ocular que le intentaron poner, ya que la quemadura le afectó totalmente su ojo derecho.

Le dijeron que tenían que esperar a que creciera y se desarrollara más para volver a intentarlo.

Hoy, 19 años después del accidente, a punto de graduarse de Contaduría Pública en las Unidades Tecnológicas, tras haber culminado con éxito la tecnología, apenas recuerda que le tocaba estar pendiente de eso.

Decidió no ver lo que le pasó como un problema, sino como una oportunidad y aprovechó el tiempo con los libros, en vez de las largas filas en el seguro esperando una autorización.

“Si hacía eso me atrasaba con los estudios porque para lograr algo toca es estar meses enteros allá pidiendo, pasar derechos de petición, tutelas. Es muy demorado y difícil y yo quería era estudiar”, explicó Alex.

Sin embargo, a punto de salir a su vida laboral le gustaría mejorar su aspecto y solucionar lo de su ojo para que se le abran muchas puertas.

Alexander dice que desde que llegó a la ciudad cuando tenía cinco años se ha encontrado con personas que, como dice su mamá, se han convertido en ángeles para él. Como la fundación Hogar Jesús de Nazareth, que le abrió las puertas y le dio la oportunidad de estudiar. También una docente de Santa Rosa, quien sin cobrarle le dejó un cuarto en una casa que tiene en Bucaramanga, para que él viviera mientras realizaba su estudio universitario. (Irina Yusseff/VANGUARDIA).
Alexander dice que desde que llegó a la ciudad cuando tenía cinco años se ha encontrado con personas que, como dice su mamá, se han convertido en ángeles para él. Como la fundación Hogar Jesús de Nazareth, que le abrió las puertas y le dio la oportunidad de estudiar. También una docente de Santa Rosa, quien sin cobrarle le dejó un cuarto en una casa que tiene en Bucaramanga, para que él viviera mientras realizaba su estudio universitario. (Irina Yusseff/VANGUARDIA).

Los sueños de un contador

Mientras habla con Ángela Palomino, su profesora de Contabilidad Internacional, sobre su futuro, sus sueños, sus ganas de darle a su familia una mejor calidad de vida y de cambiar el chip de las próximas generaciones de su pueblo, cuenta que nunca sufrió de burlas o discriminación mientras estudiaba y que gracias a eso, cree, siguió adelante.

Cuando ‘la profe’ Ángela lo vio en la última silla de la última fila del salón, sintió curiosidad sobre su historia y después de un parcial se acercó a hablar con él.

“Alex” le contó su historia y ella le dijo que era hora de trazar un proyecto de vida que le permitiera convertirse en todo lo que él quería y eso incluía pedir ayuda.

“Obvio le cuesta a uno un poco, no soy muy sociable, a las personas les da temor acercarse y está bien. Voy por debajo de la mesa haciendo lo mío. Desde que la persona se acerque está bien, pero yo no me acerco porque no sé si incomode a las personas, entonces eso de dar a conocer mi historia no me parecía tan bueno, ni pedir ayuda, pero la profe es la que me está impulsando y ahora siento que está bien hacerlo por mis sueños”, asegura.

Le menciona a la docente que le gustaría mucho tener su propia empresa que tenga que ver con el sector productivo, que involucre el sector agrícola “porque así haya estudiado, yo no me olvido del campo”.

Sin embargo, primero quisiera tener la oportunidad de trabajar en una empresa de la ciudad, donde pueda aprender muchas cosas y sacar todo su potencial. Ha intentado en varios lugares, pero no ha tenido éxito.

“Yo le digo que sigamos intentando, él ha sido buen estudiante y además es una excelente persona, sería un gran empleado, no lo dudo. A él lo físico no le importa, pero va a empezar una nueva etapa y sería maravilloso que empezara también con la posibilidad de mejorar su rostro y tener una prótesis de ojo. Eso le cambiaría la vida”, comenta la docente Ángela.

Él está de acuerdo, le gustaría, claro. Dice que sería algo muy bueno, pero que si no se puede, está bien porque incluso así se siente muy feliz y agradecido.

“A mi mamá le encantaría que yo me viera mejor, ella lo sueña. Yo lo que sueño, más que eso, es devolverles todo lo que han hecho por mí y ponerlos a vivir como se merecen”.

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