martes 11 de septiembre de 2018 - 6:20 PM

“Lo humano siempre será el mejor camino”

El expresidente de Bancolombia, Carlos Raúl Yepes estuvo en la Feria del Libro de Bucaramanga, Ulibro 2018, hablando sobre su libro “Por otro camino: de regreso a lo humano”, en el que expone su renuncia después de una carta que le hizo su hija y reflexiona sobre el valor de lo humano en todos los campos.
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“Papá: te voy a decir lo que pienso así no lo compartas, pero me corresponde a mí como tu hija, que te ama, decírtelo. Tu cuerpo te está hablando de mil maneras, no tiene otra forma de expresarse y de decirte que no más, que le das demasiado duro... Yo sé que amas lo que haces... transformar la sociedad, pero tu familia te necesita por encima de todo y de todos... no necesitas más señales, han sido suficientes.

Le estás regalando tu salud a los demás... Yo quiero tener papá por mucho tiempo, quiero que me veas graduar, que me entres a la iglesia, que cargues a mis hijos y para eso necesito que te cuides... Ya lo hemos vivido, te enfermas, te alivias, te sientes que eres capaz de exigirte más de la cuenta y vuelves y te enfermas porque es demasiado para ti... Hay muchísimo que reflexionar. Te amo”.

Esas palabras, plasmadas en una carta, fueron las que encontró el expresidente de Bancolombia, Carlos Raúl Yepes, sobre su almohada ese septiembre de 2015, cuando regresaba del hospital tras haber superado una pancreatitis. Era la tercera en los cinco años que llevaba como presidente de la compañía y la décima vez que lo hospitalizaban en ese mismo tiempo.

La carta duró en su maletín cinco meses. Iba y venía con él a reuniones y viajes y de su casa a la oficina. En febrero de 2016 presentó su carta de renuncia y en mayo empezó lo que él llama “una nueva vida por otro camino”.

Durante los cinco años al frente del banco logró utilidades por cerca de 10 billones de pesos y los activos, la cartera y el patrimonio de la empresa aumentaron casi el triple. Todos querían saber el secreto, pero él solo tenía uno: humanizar la banca. Hoy, lejos de ser un banquero y sin ánimo de volver a serlo, reflexiona sobre la vida, las empresas y la sociedad a partir de lo humano.

¿Si su hija no le hubiese hecho esa carta seguiría siendo Presidente de Bancolombia?

El día que me nombraron Presidente de Bancolombia yo me escribí a mí mismo una carta de renuncia que decía: no quiero estar en el banco más de 8 años, si los dueños y directivos me dejan. Estaré máximo hasta el 1 de febrero de 2019 y a partir de ahí me iré a recuperar salud, sueños y mi familia. Esas cosas las escribí. Lo que yo no sabía era que me iba a enfermar, que me iba a tocar anticipar ese deseo y que mi hija iba a escribir esa carta. Yo creo que la carta sí fue un quiebre. Ella me lo dijo muchas veces, toda mi familia me lo dijo muchas veces, pero así es la vida, uno no escucha el susurro, sino que tiene que escuchar los gritos, el mismo cuerpo grita, lo que pasa es que uno no lo escucha.

Ahora, mirando en retrospectiva, ¿cree que ese sacrificio valió la pena?

Si hoy me preguntan si cambiaría cosas para alcanzar lo que alcancé, seguramente cambiaría muchísimas, porque la vida es un constante ejercicio de mejoramiento. Sacrificio, es fuerte la palabra, pero yo la utilizo para decir que las cosas que perduran en la vida no son fáciles, ni rápidas, ni bastantes. Cuando uno quiere alcanzar metas en la vida no está exento de dificultades, conflictos y retos y ahí es donde aparece la capacidad de superarlo, pero teniendo claro que siempre para tomar decisiones hay que pensar en las personas.

Desde que asumió su cargo como Presidente de Bancolombia su principal objetivo fue humanizar la banca, ¿cree que lo logró?

En octubre de 2015 me dijeron que el 98,7% de las personas, de los 53 mil empleados que tenía el banco se sentían comprometidos con la banca y se sentían felices en la organización. Así mismo, económicamente, el banco triplicó el patrimonio, los activos, y me felicitaban y me preguntaban cómo y yo respondía: es que estamos felices. Lo hicimos por otro camino, el de la humanización, del entendimiento de la personas. En las organizaciones puede haber plan B, plan C y hasta D, pero la única constante son las personas, de verdad que ahí es donde está la clave de las empresas. Cuando hablábamos de la banca más humana, era eso. Uno puede hacer innovación en productos y servicios, pero primero hay que gestionar lo humano, porque eso, sin duda, es lo que lleva a que haya mejores resultados.

¿Cómo fue ese proceso de humanización?

Fueron muchas cosas, pero por ejemplo, empecé por cambiar la vicepresidencia de Recursos Humanos a vicepresidencia de Gestión de lo Humano y había un vicepresidente solo para los temas humanos. Así de sencillo, a eso no le tenemos que poner mucho misterio. Y ser humano no es ser paternalista, no es falta de rigor, éramos exigentes, pero claros, respetuosos, éticos. Teníamos el Taller de lo Correcto, donde con preguntas tan sencillas pero tan relevantes como ¿estoy diciendo la verdad?, ¿si esto me lo hacen a mí qué pasa?, ¿esto va acorde a mis valores, a los de la empresa?, buscábamos mejorar. Como a los pilotos los mandan a un simulador para que estén preparados para cuando lleguen las turbulencias, nosotros hacíamos ejercicios de ética, donde nuestros funcionarios y los directivos que tenían que tomar decisiones, al menos una vez al año hacían su simulador de ética, un ejercicio de reflexión y autocrítica. Todo eso se reflejaba a su vez con una mejor relación con el cliente y mejores procesos de atención y de solución de problemas, porque cuando uno está feliz y se siente respetado, escuchado y querido, así quiere hacer sentir a los demás.

Mientras estaba humanizando la banca, ¿tuvo más conciencia de su propia humanidad?

Sí, me llevó tiempo darme cuenta, pero sí. Una de las afirmaciones que yo hago en el libro es que no hay malos ejemplos, todos son buenos ejemplos, de lo que se debe hacer y de lo que no. Yo fui tal vez el mejor ejemplo de lo que no se debe hacer. A mí me daba pena pedir vacaciones, me daba pena salir temprano del trabajo; no me daba pena llegar temprano, pero sí salir. Yo los primeros 10 años no vi crecer a mis hijos, entonces eso es un buen ejemplo de lo que no hay que hacer. Uno debe buscar los objetivos, pero con un equilibrio de lo que es la dimensión de lo humano, porque de lo contrario el cuerpo y la familia te pasan factura.

¿Por qué decidió escribir un libro?

Porque cuando uno escribe establece una conexión consciente de lo que está pensando, es uno más racional, tiene más control de las situaciones. Cuando uno escribe, uno siente que queda ahí. En el fondo uno está haciendo como un testamento, con uno mismo o con los demás. También porque la propuesta inicial de una banca más humana se convirtió en la idea de una empresa más humana, de una sociedad más humana, de reivindicar el significado de la confianza, el respeto y la ética, pero en todos los campos de la vida.

Entonces, el libro fue hecho para todos, no solo para los empresarios...

Yo ya llevaba como 50 páginas y le dije a un amigo que le diera una miradita. Me dijo: “Carlos, dos cosas. Uno, los que te conocemos vamos a estar esperando una moraleja de lo que vos escribás, y lo segundo es que yo quisiera que el libro se lo pueda regalar a mi mamá”. Al final eso cambió la perspectiva. No es la historia de Carlos Raúl, ni de Bancolombia, ni un decálogo empresarial, es una invitación a hacer un alto en el camino, a pensar en el otro, en los valores, en lo que tiene de verdad sentido.

¿A qué se refiere con reivindicar el significado de la confianza, el respeto y la ética?

La confianza tiene un efecto multiplicador de los resultados, del rendimiento. Lo mismo pasa con la palabra respeto. Y eso es lo que como sociedad, como empresas, como personas nos cuesta entender. Lo que genera la confianza es credibilidad y reputación, que vale tanto que tú no la ves en ningún balance de ninguna empresa, pero que es lo que al final del día hace crecer los números. ¿Cómo se logra la confianza y el respeto? Pensando en las personas, antes que nada. Ahora, la ética nos la pusieron como un problema muy complejo, como de la filosofía, como un problema de Sócrates y Aristóteles, y resulta que la ética es un estado de reflexión permanente, es saber diferenciar qué está bien y qué está mal. Y uno siempre sabe cuando está haciendo algo mal, no se lo tienen que decir o no tiene que estar siendo vigilado.

¿Cómo cambiar el chip?

Hablando y escuchando. Yo creo que se está avanzado, a pesar de todo. Hace un año, me invitaron como panelista en la Asamblea de la Andi y yo hice un show. No iba a desaprovechar 15 minutos frente a 2.500 empresarios para dejar un mensaje sobre lo que trataba el panel, ética y corrupción. Les dije que les iba a leer un pedazo del código de ética y de conducta que más me había gustado e impresionado. Leí dos párrafos, cuando terminé les dije: Bueno señores, quiero que sepan que este es el código de ética de Odebrecht, así que ¿vamos a hablar de códigos o de comportamientos? La sensación es que hay que actuar mal para que las cosas salgan. Y no, integridad y alto desempeño son posibles. Y eso es lo que me la paso pregonando.

¿Cómo ha cambiado su vida desde que renunció? Hay dos respuestas. La mía y la de mis hijos. La mía es que ahora estoy aliviado, ocupado y contento. Cumpliendo con la promesa de estar más con mi familia, recuperar la salud y realizar sueños aplazados. La de mis hijos es que yo salgo todos los días a las seis de la mañana dizque a salvar el planeta.

¿Por qué dicen eso sus hijos?

Porque yo lo tenía muy claro, no iba a dejar de trabajar un solo día. Yo había dicho en mi carta de renuncia que me iba a hacer visible a los invisibles, que quería devolverle a la sociedad los privilegios que yo había tenido y realmente pues lo mío es voluntariado social. Trabajo en primera infancia con fundaciones en Cartagena y Medellín, con la Fundación de la Selección Colombia de Fútbol en las zonas de conflictos, con la Red Fútbol y Paz, con Reconciliación Colombia, Transparencia por Colombia y también trabajo algunas juntas directivas de empresas como Postobón, EPM, Viva Colombia. ¡Ah, y también escribí un libro en el que me demoré ocho meses!

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