lunes 29 de julio de 2019 - 5:47 PM

Un bailarín bumangués por el mundo

El santandereano Giovanni Ravelo dejó su pupitre en la UIS hace muchos años para perseguir su sueño de ser bailarín de ballet. Después de recorrer el mundo con varias compañías de danza clásica y contemporánea, volvió a sus orígenes y se presentó por primera vez en la ciudad.
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A Giovanni Ravelo su papá nunca lo ha visto bailar. Ni siquiera, después de tantos años, se acostumbra a la palabra ballet.

Cuando hablan por teléfono, el padre en Bucaramanga y el hijo en cualquier parte del mundo, la pregunta siempre es ¿cómo va el trabajo? y no ¿qué tal el ballet?

Después de que Giovanni le dijo que no podía seguir estudiando Ingeniería Química en la UIS porque lo que realmente lo apasionaba era bailar y que se iba a Bogotá a buscar su destino, pasaron varios meses para que volvieran a hablar.

Lo hicieron el día que el bailarín bumangués llamó a su hermana a contarle que viajaría a Brasil a una presentación con el Ballet Nacional de Colombia y que le contara a su papá. Él pasó al teléfono y lo felicitó.

“Era la primera persona de la familia en salir del país y yo creo que cuando le conté eso él pensó que esto del baile sí era en serio. Nunca le molestó que bailara, pero quería que fuera profesional, quería que tuviera un cartón. Cuando salí en televisión y luego empecé a viajar por el mundo, dejó de insistir en que estudiara porque se dio cuenta que yo estaba hecho para esto”, cuenta Giovanni.

Tras más de 20 años de carrera, la mitad de ellos viajando por muchos países gracias al ballet, Giovanni no solo volvió a su ciudad para bailar por primera vez ante el público bumangués y santandereano, sino para hacerlo para el espectador más importante: su papá.

Un bailarín bumangués por el mundo

Ser bailarín

Giovanni no para de dar instrucciones.

“Más grande aquí, sostenido ese penché... más cruzadas las piernas y ella más cadera... en tres tiempos... pa, pa, pa... no me rompas el personaje... mucho cuidado con ese split y por favor levántala suave pero sin dejar de mirarla...”.

Sus compañeros en Estados Unidos le dijeron que estaba loco, que cómo iba a crear dos ballets de 20 minutos en cuatro días. Pero no solo lo hizo en apenas dos días sino que le alcanzó el tiempo para ensayar y pulir detalles antes de la presentación.

Al principio él también lo dudó, pero cuando vio el talento y las ganas de los doce jóvenes bailarines de danza contemporánea de la ciudad, quienes lo acompañarían en su presentación, estuvo seguro.

Vio en ellos la misma pasión y determinación con la que él salió de Bucaramanga hace 24 años a buscar su camino en el Ballet Nacional de Colombia fundado y dirigido por Sonia Osorio.

Estando allí, decidió renunciar a su trabajo como digitador en el centro de Bogotá para tomar clases en el Ballet Anna Pavlova, el mejor del país, pues sentía que todavía tenía mucho que aprender.

“En el colegio yo siempre estuve en los grupos de danza, ahí me formé inicialmente. Un día, por televisión pasaron la obra Cenicienta del París Opera Ballet y yo dije yo tengo que hacer eso. En Bucaramanga, en ese momento, no había mucha cultura hacia el ballet y solo pude tomar un par de clases. Por eso cuando llegué a Bogotá, con 18 años, iba un poco tarde para aprender”, comenta.

Tomaba clases en la mañana en el Ballet Anna Pavlova, en la tarde ensayaba con el Ballet de Sonia Osorio y en la noche iba a una clase extra.

Luego de seis años de presentaciones con las dos compañías y de un curso intensivo en Cuba que se ganó por su talento y buen desempeño, su momento llegó.

Ana Consuelo Gómez, la directora del Ballet Anna Pavlova iba todas las primaveras a montar una obra en Scranton, Estados Unidos. Ese año sería Romeo y Julieta y Giovanni le pidió ser el protagonista. Ella aceptó, montaron la obra y solo faltaba que él fuera hasta allá a audicionar porque ellos tenían la última palabra.

En medio de una gira por el país norteamericano con el Ballet Nacional, él aprovechó para ir hasta Scranton y hacer la prueba.

No solo lo eligieron como Romeo para la temporada de tres meses en el Ballet Theatre of Scranton, sino que le dieron una beca por un año para seguir preparándose.

Asistía a cuatro clases al día y los fines de semana trabajaba en una casa de cambio.

Antes de que se acabara el año de la beca y no pudiera extender más la visa, audicionó para hacer parte del Roxy Ballet en Nueva York y además del sí, le dieron un contrato por tres años.

“¿Qué si los hombres pueden bailar danza contemporánea y está bien? Pregúntenmelo a mí”.

Un bailarín bumangués por el mundo

Les Ballets Trockadero de Montecarlo

Cuando Giovanni sale a escena con Les Ballets Trockadero se convierte en Irina Kolesterolikova o Boris Mudko. Con maquillaje estilo ‘drag queen’, vestido, tutú y peluca le da vida a Irina y con ropa de príncipe, peluca de ‘ken’ y facciones marcadas, hace las veces de Doris.

“Trockadero lleva más de cuarenta años haciendo reír al público a través del ballet. Es un grupo completamente masculino que hace papeles de hombre y mujer en obras clásicas, pero con un giro cómico, con bromas y alegorías”, explica Giovanni.

Allí llegó tras “la crisis de los 30”, como él le dice.

Llevaba años bailando ballet contemporáneo y clásico y sintió que era hora de otra cosa.

Un amigo le propuso que se presentara en Trockadero, pues estaban necesitando a alguien.

“Yo no voy a bailar en puntas y menos vestido de mujer”, recuerda sus palabras en ese momento.

Por curiosidad fue a un ensayo y al finalizar el director le dijo que trajera los papeles porque en seis semanas se iban de gira por Japón.

De eso ya han pasado 11 años, en los cuales conoció lo que era sangrar por todas las puntas de los dedos, pues tuvo que aprender a bailar en puntas (las mujeres son las únicas que lo hacen), para hacer los papeles femeninos y tuvo que iniciarse en la comedia, lo que no le quedó grande, pues tiene un sentido del humor tremendo. Le sale natural.

Mientras se prepara para su segundo ensayo del día, esta vez con Chanmee Jeong, compañera suya en el Roxy Ballet y a quien invitó a Bucaramanga para que bailara con él, dice que no falta mucho para su retiro, uno o dos años, y que una vez eso pase volverá al país y a su ciudad a formar niños y jóvenes que como él lo tuvo algún día, tienen el sueño de ser bailarines y viajar por el mundo.

Tiene la idea clara, se dedicará a enseñar y a montar coreografías y tendrá una fundación a la que llamará “MuDanza”, pues significa el retorno a sus raíces, haciendo lo que más le gusta: bailar.

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