martes 13 de junio de 2017 - 11:24 AM

Un corazón que une una ‘Amistad de titanio’ en Bucaramanga

En la FCV se han implantado nueve corazones artificiales desde 2014. Esta es la historia de Leonardo Salazar Rojas, el médico que hace la ‘magia’ con estos dispositivos de titanio, y de Andrés Hernández Arévalo, el primer joven en Latinoamérica en ser trasplantado.

En medio de los 12 pisos que se levantan en la calle 155A #23-58, en Floridablanca, Santander, para dar paso a la gigantesca estructura de la Fundación Cardiovascular, FCV, trabaja Leonardo Salazar Rojas. Un hombre de 43 años, nacido en Pitalito, Huila, médico anestesiólogo y director del Programa de ECMO y Corazón Artificial de la FCV.

Leonardo, quien llegó hace 13 años a ese lugar, cumple una de las funciones más importantes dentro de la entidad de salud: recibir a los pacientes con enfermedades cardiacas críticas y cuyas probabilidades de muerte son altas. Leonardo es el encargado de estudiar la posibilidad de implantarles un corazón artificial. La tecnología en este caso mejora la calidad de vida de las personas que esperan por un órgano que puede que nunca llegue.

Desde enero de 2013 hasta diciembre de 2016, en la Fundación Cardiovascular se realizaron 15.741 intervenciones quirúrgicas, de las cuales 32 corresponden a corazones artificiales externos. Desde 2014 hasta la fecha se han realizado nueve procedimientos más de corazones artificiales implantados.

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La función de un corazón artificial es bombear la sangre. En el caso de los pacientes con corazones artificiales externos, la bomba está localizada por fuera del cuerpo y conectada a su sistema por tubos que llegan a los vasos sanguíneos. En los corazones implantados todo el mecanismo de bombeo está localizado al interior del cuerpo del paciente.

En las manos de Leonardo y su equipo han estado en juego la vida de esas nueve personas que en la actualidad llevan en su pecho un corazón de titanio, conectados a una consola que los controla y mantiene con vida. Entre la lista de portadores del dispositivo, conocido como HeartMate II, está Andrés Hernández Arévalo. Un joven de 17 años quien se debatía entre la vida y la muerte como consecuencia de sus problemas cardiacos presentes desde su nacimiento. Andrés fue el primer joven en Latinoamérica en recibir este dispositivo, en junio de 2015.

Una ‘amistad de titanio

Parado a dos metros de las escaleras del primer piso de la Fundación Cardiovascular está Leonardo Salazar Rojas. Son las 10:05 a.m. del miércoles 31 de mayo y Andrés debe asistir a su cita de control, a solo días de cumplir dos años con su corazón artificial. Un nuevo paciente, Francisco, de 71 años, recibió un HeartMate II un par de semanas antes y el joven de 17 años va a enseñarle cómo hacerse las curaciones.

Después de atravesar la puerta de vidrio del lugar, el celular de Leonardo suena:

- ¿Raúl? La radióloga llamó para decir que la paciente Inés tiene un infiltrado microvenular en el pulmón. Puede ser de una TVC (Trombosis venosa cerebral) o una infección. Hay que estar al lado de esa mujer…

La orden proviene con tono suave de Salazar Rojas, que guarda el teléfono en el bolsillo de su uniforme celeste.

Para Leonardo, que trabaja los siete días de la semana desde muy temprano, los pisos en los que se concentra su prioridad son el séptimo y el noveno. Allí están los niños con situaciones críticas y los adultos mayores más enfermos de la clínica. La vida de Andrés se debatió en una sala de cirugías del piso cuatro, durante ocho horas.

“A Andrés lo conocí en enero de 2015, porque lo hospitalizaban con mucha frecuencia por falla cardiaca. Su riesgo de morir era alto”, relata el médico especialista a la vez que recuerda el momento en el que el cardiólogo que trataba al menor le pidió que lo viera. “Pensábamos que iba morir antes de recibir un trasplante cardiaco”.

Para ese año, en la lista de pacientes en espera por un corazón había niños por encima de la prioridad de Andrés Hernández Arévalo. Por eso, Leonardo lo evaluó y determinó que era necesario reemplazar su corazón por uno artificial. En junio de 2015 el procedimiento fue efectuado.

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A sus 17 años Andrés, tímido pero con voz fuerte, asegura que no se siente diferente a los demás jóvenes de su edad. No es distinto, a pesar de tener una sonda que atraviesa su piel, una pequeña consola que controla su corazón de titanio, una cicatriz en el pecho y un par de baterías que guarda en sus bolsillos y que sirven de fuente de energía para que la sangre bombee.
Un pequeño cable, que empieza en la bomba del corazón y termina en una mini consola, se tuneliza por la piel de la pared abdominal hasta el exterior. Ese dispositivo es el que controla la información que se envía al nuevo órgano artificial. Luego, la consola se conecta a dos baterías. Finalmente se hacen las conexiones, se llena de nuevo el corazón y se cierra el pecho. 480 minutos después Andrés abandonó el cuarto piso. La habitación 724 esperaba por él para su recuperación.

“Creí que iba a ser más difícil. Estaba nervioso por entrar a una sala de cirugías pero la recuperación fue muy rápida. Leonardo estuvo todo el tiempo conmigo, es una gran persona. Mi familia también me ayudó mucho.”, cuenta Andrés.

Aprendió a vivir de manera independiente con su corazón artificial, y aunque su calidad de vida mejoró drásticamente, sabe que debe estar en contacto permanente con Leonardo.

Las personas con este tipo de dispositivos implantados no tienen pulso. “Cuando una persona tiene un corazón artificial, aunque no parezca que lo tiene, varias cosas desde el punto de vista médico hacen que el paciente siempre esté con uno”, explica Leonardo.

Es por esa razón que Leonardo no solo implanta los corazones de titanio de sus pacientes sino que los acompaña a lo largo de sus vidas. “Me hago parte de sus familias”. Y Andrés da fe. Desde hace meses dejaron de ser paciente-médico para ser amigos. Una amistad que surgió gracias al titanio de un HeartMate II.
 
Entre la vida  y la muerte

Leonardo Salazar Rojas es un hombre pacífico, sereno, amante de la literatura universal y entregado a sus pacientes y su trabajo. Aunque el tiempo libre que le queda es poco, disfruta las horas junto a Alejandro, su hijo de 10 años.

La oficina de Salazar Rojas está ubicada en el segundo piso de la Fundación Cardiovascular. El espacio, en el que también les enseña a los médicos más jóvenes todo lo relacionado con los trasplantes de órganos y de corazones artificiales, está divido en dos habitaciones pequeñas. Las paredes están llenas de papeles de colores con anotaciones importantes. Allí también trabaja el médico Camilo Pizarro, jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos.

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El médico es consciente de que el final de la vida de una persona con corazón artificial es diferente. “Los pacientes pueden enfermarse y quedar en situaciones en las cuales sus condiciones de vida no son dignas”. Es en esos casos cuando debe tomar decisiones difíciles: desconectar el corazón. Allí, la última palabra la toman los familiares, Leonardo solo es el medio para acatar esa decisión.

Pero no es lo único complejo de su trabajo. “Esa convivencia constante con la muerte es difícil. Hay muchas decisiones que tomamos en el grupo que son críticas y pueden definir sobre la vida de una persona. Son decisiones que se toman en medio de una incertidumbre porque los médicos no podemos controlarlo todo. A veces mis pacientes mueren en el proceso”.

Por unos minutos Leonardo guarda silencio. Un par de las lágrimas se asoman en el verde claro de sus ojos. Parece quedar sin aliento, como si por su cabeza flotara el recuerdo de aquellos a quienes la vida no les alcanzó para poner a prueba la máquina de titanio.

Pero aún así ama lo que hace. Al final del día tiene una recompensa que para él es invaluable: “Lo más satisfactorio, al final de todo, es verlos sonreír y saber que tendrán una vida normal. La felicidad de mis pacientes no tiene precio”.

Con el corazón en la mano

Junio de 2015. En la sala de cirugías el personal estaba listo. El pecho de Andrés Hernández Arévalo fue abierto a la mitad con un bisturí. Luego del corte, el joven fue conectado a una máquina que reemplaza la función del corazón durante la intervención quirúrgica. La conexión se hizo por medio de tubos que atravesaron su tórax. Mientras tanto, una solución inyectada hizo que el órgano dejara de palpitar.

Con el corazón detenido le hicieron un corte circular en el ventrículo izquierdo donde conectaron la máquina de titanio. Un extremo del tubo succionaba la sangre, el otro, de un material flexible, se conectaba a la arteria principal del cuerpo: la aorta.

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Un pequeño cable, que empieza en la bomba del corazón y termina en una mini consola, se tuneliza por la piel de la pared abdominal hasta el exterior. Ese dispositivo es el que controla la información que se envía al nuevo órgano artificial. Luego, la consola se conecta a dos baterías. Finalmente se hacen las conexiones, se llena de nuevo el corazón y se cierra el pecho. 480 minutos después Andrés abandonó el cuarto piso. La habitación 724 esperaba por él para su recuperación.

Leonardo le cambió a Andrés los latidos de su corazón por una máquina de titanio, largas noches de hospitalización por días de enseñanza en las mismas habitaciones en las que un día estuvo luchando por su vida.

480 minutos después Andrés abandonó el cuarto piso. La habitación 724 esperaba por él para su recuperación. Le gusta viajar, pasar tiempo con sus amigos y recorrer los pasillos y habitaciones de la Fundación Cardiovascular, ya no como paciente sino como un joven que disfruta compartiendo su experiencia con quienes hasta ahora reciben a la máquina de titanio.

Desde hace dos años el corazón de Andrés dejó de latir.

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