domingo 13 de febrero de 2022 - 12:00 AM

Video: La sed de dos mil personas en Bucaramanga

El pasado primero de febrero el Acueducto de Bucaramanga confirmó que se garantiza el suministro de agua a tres municipios del área metropolitana, luego de recurrir a las aguas del embalse de la ciudad. Con esta decisión se evita el desabastecimiento. No obstante, existen 11.936 familias que no reciben este líquido de forma directa, sino por medio de ‘pilas públicas’ en la ciudad. Esta es la historia de uno de esos asentamientos.

No duró más de dos horas. Cuando dejó de caer agua por el grifo, quebrada por el desespero acumulado de años en el mismo trance, no tuvo más remedio que desahogarse, otra vez, con toda lucidez:

- ¡Hijueputaaaaa! Cuándo se solucionará este problema...

Horas antes de esa madrugada, ya la frustración le revolvía el día a Luz Mary Díaz, como uno de esos malos vientos que a ratos bajan alborotados hasta su casa, hundida en el fondo de una montaña para desacomodar algunas tejas de zinc. En ese desbarajustado techo, donde a veces cagan y pelean gatos del barrio, es necesario, a ratos, espantar a los gallinazos que se posan con sus alas abiertas y estómagos rebolludos después de revolcar las bolsas de basura, que dejan tiradas a su suerte algunos vecinos a deshoras.

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- Esos animales pesan mucho y mueven las láminas. – Dijo.

A sus 42 años, Luz Mary Díaz duerme poco. Vive desde hace 13 años en el asentamiento humano Luz de Salvación, ubicado al sur de Bucaramanga.

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Como lo hace casi todas las noches, en la última década, se acostará hoy muy temprano. Respirará el aire de los primeros días de este febrero y con la cabeza hundida en la almohada, tratará de dormir un sueño imposible. No pegará bien el ojo esperando recibir esa noticia que la saque urgente de las cobijas. Y no solo a ella. En este asentamiento cuando se divulga la buena nueva de que ya corre agua por la tubería expuesta por la calle, el barrio hierve desordenado en busca de mangueras, baldes y tanques.

A las tres de la mañana, cuando usualmente aparece el agua, Luz Mary Díaz se pone, con sus ojos marchitos de tono café oscuro, a un lado del grifo de la entrada de su casa. Es el único lugar donde fluye un hilo del líquido. La presión del agua no permite que alcance a llegar al baño y la cocina. El grifo no es muy alto, así que debe utilizar una pequeña taza. Esperar que se llene, para pasar el líquido a un balde más grande. Así una vez más, otra, otra más y todas las que se puedan. Comienza una carrera para llenar toda clase de recipientes. La acción se repite todas las madrugadas, en casas y ranchos pegados al borde de los barrancos.

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A unos metros de allí, a esa hora, Ener Beatriz Hinojosa, de 70 años, transita por los mismos sedimentos de la madrugada, en un largo insomnio que parece nunca acabar. Es una madrugada sin sosiego, a veces con ese tufo que arrojan las aguas negras que llevan quietas por largo tiempo en los excusados.

- Siempre es lo mismo. No tenemos agua. Nos toca, todos los días, levantarnos a las tres de la mañana para tomar el poquito que llega. La presión es tan baja que solo se recoge en la entrada de la casa. El agua que se echa para lavar, sirve luego para los baños. Me toca comprar agua de botellón para cocinar, porque el agua hervida sabe a maluco. Ya estamos ‘mamados’ de esto. - Lo dice la mujer, como si estuviera describiendo el mismísimo infierno.

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Luz Mary Díaz hasta esta semana consiguió trabajo como empleada doméstica. Le terminaron el contrato al comienzo de la pandemia. Se dedicaba a cuidar ancianos. Tiene pendiente una cirugía. Todos los días espera la llamada para que le digan que se la autorizaron.

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No tener trabajo y soportar el calvario de carecer de agua, fácilmente le quitaron la paciencia. Por eso se dedicó a enviar comunicaciones a la Alcaldía, la Defensoría, la Procuraduría, el Acueducto, la Personería, entre otras. Todas le contestaron que al ser un barrio aún no legal, el tema de la distribución del agua correspondía a un asunto interno de la comunidad.

- Muchas personas lo tratan a uno como un ladrón o delincuentes por solo vivir humildemente en un barrio ilegal. Mucha gente no conoce lo que estamos sufriendo. A veces pasan hasta más de tres días sin agua. Las aguas negras quedan estancadas y el olor es insoportable. Me dicen que es cuestión de tubería (muy pequeña) y de presión. Lo extraño es que el agua llega cuando se acerca el día de los cobros. Es en serio. Para qué voy a echar mentiras. Cuando van a recoger el dinero llega el agua. Luego desaparece el agua, como por arte de magia. Así es muy duro vivir. No es que uno se la pase quejando, porque gracias a Dios tenemos vida, ese es un regalo, pero vivir en estas condiciones, tampoco, nadie aguanta tanto... - Luz Mary lo dice invadida por esa sensación de impotencia.

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Mensaje en el Caracolí

Para llegar al asentamiento Luz de Salvación es necesario bordear una de las últimas calles del barrio Dangond y empezar a descender por una vía que solo cuenta con una placa huella. Este camino en cemento termina luego de pasar por asentamientos como Villa Real, Balcones del Sur y Campo de Dios. De allí para adelante se trata de un sendero de herradura, que en tiempos de lluvias es intransitable.

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Las viviendas son bordeadas por paredes de montañas, cuyas laderas también fueron colonizadas por ranchos, que en su mayoría estarían en riesgo ante la inestabilidad del terreno. El asentamiento es atravesado por la quebrada La Chiquita, que afortunadamente fue canalizada hace siete años. En temporada seca baja un hijo de agua, por donde transitan casi siempre gallinas solitarias pinchando con sus picotazos agujeros a las calurosas mañanas.

En tiempo de lluvias se convierte en tobogán por donde descienden toda clase de residuos, como colchones viejos, que algunos vecinos del sector insisten en lanzar irresponsablemente y pueden generar un taponamiento.

En las madrugadas corre una brisa agradable, pero tan pronto avanza la mañana un sol de hierro al rojo vivo se desploma sin clemencia. En la parte de arriba, en terrenos del Dangond se ubican dos ‘pilas comunitarias’, cada una con un contador que instaló el Acueducto Metropolitano de Bucaramanga. No se trata de grandes tanques, como los que ocupaban los barrios en proceso de legalización un siglo atrás. Son dos tubos, de una pulgada de diámetro por donde baja el agua, que luego se dividirá y volverá a dividir, para llegar a unos 400 inmuebles. Como vasos sanguíneos de plástico blanco se esparcen sobre la tierra, en una compleja red de un acueducto interno muy rudimentario.

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Las primeras casas que quedan en la vía son las que reciben el agua que baja por gravedad, luego el tubo blanco se va expandiendo barrio abajo hasta llegar al fondo de lo que sería un valle encerrado en montañas de tierra amarilla, que en sus intestinos tiene grandes piedras, como los estoraques que se ven cuando se desciende a Girón. Las casas lo ocupan casi todo. No hay un rincón de tierra que no esté construido en cemento, madera, zinc o ladrillo crudo. En algunos zonas la inestabilidad del terreno es evidente y es una certeza que habrá un derrumbe, que ojalá no suceda pronto.

En días de aguaceros, se crea una cascada de agua que viene con tanta fuerza del barrio Dangond, que es un milagro, dice la gente, que no haya ocurrido una tragedia. Un tubo de aguas negras que proviene de las casas del sector de Villa Real usualmente colapsa. Entonces se crea una quebrada que rompe en dos el camino de herradura. Hay que saltarlo para no mojarse y aguantar el hedor nauseabundo.

Las calles son transitadas principalmente por mototaxistas, que mueven a la comunidad del fondo del barrio y los llevan hasta el Dangond, donde es más fácil acceder al transporte público. Las casas son habitadas por comerciantes informales, asalariados, migrantes, desempleados, rebuscadores, recicladores, personas dedicadas a la fábrica de zapatos, empleados del gobierno, gente honesta y trabajadora principalmente.

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Esta mañana el cielo se despertó limpio, tras el aguacero de anoche. El asentamiento se mueve cuando la gente sale a trabajar, en el resto de la mañana se escuchan a lo lejos unas gallinas cacarear, un vecino que da golpes con su martillo a una puerta, otro que tiene a todo volumen canciones de despecho y una vecina más, que pudo ‘coronar’ la lavada de ropa y extiende sobre su balcón toda una hilera de camisetas, camisas, pantalones y uniformes escolares. Bucaramanga está afuera, aquí otra ciudad distinta a la que usted camina, respira atrincherada entre mensajes de “renuncia al diablo, recibo a Jesucristo en mi corazón”, pegado en lo alto de un gran caracolí en medio del barrio.

Venas de plástico

- El agua no está llegando. Tengo la ropa amontonada. El uniforme del colegio del chino, me tocó ir a buscar un lugar para lavarlo. Yo no sé qué vamos hacer. Usted me dirá qué hacemos. Si no me tocará ir a buscarla a las malas...

Este es uno de los mensajes que reciben, casi a diario, Claudia Rueda, Ligia Peña y Gilma Jiménez, líderes sociales del asentamiento y quienes son las encargadas de manejar el sistema artesanal de distribución de agua. Claudia Rueda es una de las encargadas de los cobros. El Acueducto Metropolitano de Bucaramanga instaló dos contadores. El mes pasado el recibo llegó por $5.279.000. Entonces Claudia, en las noches después de trabajar, recorre todas las casas del sector preguntando cuántas personas residen, incluidos niños y bebés. Con esta información se saca el total de personas del lugar y se divide por el valor del recibo. En promedio cada habitante debe pagar entre $4.600 o $6.000 por el agua al mes. Si la familia es de cinco personas, cancela en promedio entre $23.000 o $30.000.

- Algunas personas dicen que en la casa viven solo tres personas, por dar un ejemplo. Uno los registra. Al salir lo llama el vecino a preguntar la versión que entregó la familia de al lado. Muchas veces los desmienten al decirnos que son más los habitantes. Entonces uno se regresa y los confronta. A veces admiten el error, otras se ofuscan y hasta nos insultan.

Este grupo de mujeres y con la ayuda de un vecino, se encargan de cortar el agua cuando la familia no paga lo que le corresponde al mes.

- Nos tocó aprender de fontanería. Al no pagar se le corta el agua. ¿Cómo? Vamos con una segueta y se corta el tubo. Ponemos un tapón y listo. Somos todas mujeres en el comité y solo un hombre. Nos tocó aprender de plomería, pero nos defendemos. Igual, cuando hay un derrumbe y se daña un tubo. A la hora que sea nos llaman y nos toca arreglarlo. Hemos salido en la madrugada, regresamos a las cosas del hogar y luego a trabajar.- Dice Ligia Peña.

Gilma Jiménez, otra de las líderes comunales, asegura que en esa labor muchas veces las insultan o las amenazan, pensando que ellas tienen el control de la capacidad del agua que llega al barrio, cuando su trabajo, por el que no reciben dinero, es para mejorar el bienestar de la comunidad.

Nos han amenazado con machetes. Nos han tirado piedras, nos insultan, pero seguimos trabajando por la comunidad y por el agua. Nosotras también sufrimos la falta del agua.

Hay más problemas. Esta madrugada, buena parte del asentamiento se levantará a buscar agua a las tres de la mañana. Como todos los días. Algunos residentes se cansaron de esperar a llenar los baldes a fuerza de totuma y adquirieron pequeñas motobombas que conectan al tubo principal. Cuando llega el hilo de agua, literalmente “se chupan” todo el líquido, dejando a los vecinos sin nada. Por eso, en este barrio, es común escuchar al amanecer un grito como un bramido sordo y molesto:

- ¡Hijueputaaaaa! Encendieron una motobomba, nos quedamos sin agua...

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Juan Carlos Gutiérrez Tibamoso

Periodista egresado de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Creo en el poder de la palabra. En escuchar a las personas. Soy cronista, de los que están convencidos que siempre se escribe, no solo cuando se está frente a un teclado y una pantalla. Me gusta narrar historias sometido al indescifrable poder de ellas. La fuerza de lo real. Hago podcast, donde junto voces para relatar esa realidad. Estoy convencido que siempre existimos, mientras alguien nos lea.

@juancarl00s

cgutierrez@vanguardia.com

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