lunes 30 de septiembre de 2019 - 2:50 PM

Video: Las palabras del corazón para oídos sordos en Bucaramanga

Para las personas que tienen algún tipo de discapacidad auditiva, sus manos son el canal que les permite comunicarse con el resto del mundo. Sin embargo, la falta de conocimiento sobre este tipo de lengua y de instituciones en las que los hablantes puedan aprenderla, aumenta los casos de discriminación contra las personas sordas.
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Sentada sobre el borde del mueble, mientras toma la mano de su esposo y la de su pequeña hija, Leidy se quiebra en llanto al recordar ese 3 de mayo de 2012 cuando se convirtió en madre.

Las lágrimas empiezan el recorrido a la vez que sus manos hablan por ella. Primero se acumulan en los ojos, luego bajan por las mejillas y salvo una que otra que continúa su paso por el cuello, las demás caen sobre sus piernas.

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Aunque la emoción del recuerdo se ve reflejada en cada uno de sus gestos, en el movimiento del cuerpo y el brillo que solo causan las lágrimas, las palabras no salen de su boca.

Es como si todo esfuerzo acumulado por emitir sonido alguno se quedara a medio camino, como si algo en su garganta menguara los sollozos propios de la nostalgia.

Y es que regresar en el tiempo para imaginar de nuevo ese momento en el que su pequeña fue sacada de la sala, alejada de su lado y llevada a observación, mientras ella intentaba comprender lo que sucedía, no le es para nada tarea fácil.

Pero fue en ese instante donde aprendió que en medio de la felicidad también hay tristeza y que luego de esa tristeza, llega la calma.

Quienes ven la escena callan haciendo que aquel silencio se acentúe justo cuando parecía que no podía ser más emotivo. Pero el silencio se debe, en parte, porque a Leidy los sonidos le son ajenos, indiferentes y esquivos.

Ni la voz de su hija, ni el sonido de la naturaleza o incluso el de un pesado tráfico, pueden transmitirle algo o sacarla de su estado.

Video: Las palabras del corazón para oídos sordos en Bucaramanga

Es sorda y aunque no en todos los casos sucede lo mismo, también es muda.

Aún así, habla con las ‘palabras del corazón’.

Mariana, un pequeño motor de vida

Los cabellos más dorados de quienes están en aquella habitación de una clínica en Bucaramanga son los de Mariana, la hija de Leidy.

Tiene siete años y aunque es tímida, sus carcajadas hacen eco en todo el lugar mientras juega con Juan Pablo, un amiguito que conoce gracias a la amistad de su madre con Claudia, otra mujer con su misma condición.

Ninguno de los niños es sordo, tampoco mudo, pero ambos se comunican en lengua de señas. Ambos aprendieron viendo a sus padres.

Por fortuna, ninguno de ellos está allí por cuestiones médicas, solo que el encuentro fue organizado en el lugar donde un día, por aquello que llaman casualidades, sus vidas se encontraron.

Es por ello que llevan la ropa más linda que había en sus armarios y que las mujeres lucen coquetas sus rostros, resaltados con un poco de maquillaje, sombras e incluso labial rojo.

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José Luis, el papá de la niña, menos arreglado pero igual de tímido, mira paciente cómo las mujeres se retocan antes de empezar a contar sus historias, sin saber que minutos más tarde sería él quien ‘echara’ el cuento de cómo conquistó a su esposa, a la vez que una sutil sonrisa delata su nerviosismo.

“Nos presentaron amigos en común”, cuenta sin pronunciar ni una sola palabra.

Solo mueve las manos y gesticula con fuerza, él también se comunica por medio de la lengua de señas.

Mientras tanto, Leidy recuerda que ella quedó sorda por una infección que le dio a su madre. En el caso de José Luis, la causa fue un accidente a los cinco años.

Cuando se conocieron, la conexión fue inmediata. Solo bastaron unas cuantas citas y largas conversaciones para que el amor fluyera. Y fruto de ese amor, nació la pequeña Mariana.

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Pero ella, capaz de dominar sus cinco sentidos, también llegó al mundo para librar una dura batalla contra la enfermedad que le provocó esa dolorosa angustia a su madre el día del parto: el síndrome de DiGeorge.

“Cuando nació, una enfermera se llevó la niña, recuerdo que me quedé ahí y que tenía mucho frío. Mi mamá le pedía información a las enfermeras, pero ellas no decían nada. Después supe que la niña empezó a hacer fiebre y tuvo dificultad respiratoria. Yo estaba preocupada, no sabía qué iba a pasar con mi hija. Todo hubiese sido más fácil con un intérprete...”, recuerda Leidy mientras sus manos se detienen de golpe para secar las lágrimas de su rostro.

La frase queda a medias, pero todos en la habitación asienten cuando ‘escuchan’ lo del intérprete.

Todos coinciden en que a Bucaramanga le falta una cuota más grande de inclusión social.

Un ‘superhéroe’ de señas para todos

Cuando Juan Pablo nació, Eduardo, el único médico que aprendió el arte de la lengua de señas en este campo, no solo lo recibió entre sus brazos sino que tuvo, lo que él llama, el privilegio de decirle a Claudia que su hijo había nacido sano y salvo, tal y como lo había soñado por tanto tiempo.

El recuerdo de la emoción de ese día aún sigue siendo indescriptible para ambos.

Eduardo, que apenas alcanza los 27 años, con su piel morena, ojos grandes y sonrisa amplia, domina la lengua de señas con tal perfección que se ha convertido en parte fundamental de la familia de ambas mujeres.

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Leidy y Claudia ven en él a ese héroe que sin importar los largos turnos, las urgencias o incluso las altas horas del día, siempre está dispuesto a tenderles una mano amiga, más que por obligación, por convicción y cariño.

Y es que por más que se hable de inclusión, en casos como estos, es evidente que aún es mucho lo que falta para que sea una realidad, o por lo menos, así sucede en el sector de la salud.

Porque si bien Claudia tuvo la fortuna de contar con un intérprete en el momento más importante de su vida, aún, en todos los lugares de Colombia, son cientos las mujeres que además de no poder escuchar el llanto de sus bebés, tampoco reciben una atención digna.

Y Eduardo, que desde hace seis años ve este panorama, lo sabe mejor que nadie.

“Es un trabajo muy gratificante porque puedo aportar un grano de arena de forma significativa en la vida de los pacientes. Pero muchos profesionales de la salud no contemplan la lengua de señas como una herramienta de comunicación. Es díficil que los demás entiendan su importancia. Se llama responsabilidad social”, cuenta sereno y pausado, aunque en un tono que deja notar su preocupación frente al tema.

Pero casi como si fuese una espiral, el problema abarca hasta las actividades más comunes y cotidianas de la vida de estas personas.

Claudia, por ejemplo, ha sido víctima de quienes por falta de educación la han rechazado y dejado de lado.

¿La razón?, ser sorda.

Video: Las palabras del corazón para oídos sordos en Bucaramanga

En la tienda, en la calle, en el transporte público o en reuniones, la situación es siempre la misma: la discriminan.

Desde los tres años, cuando una hipoacusia bilateral profunda la dejó sin escucha, se ha enfrentado contra quienes prefieren usar la discriminación en vez de la razón.

“Falta aprender más señas, hay personas que no saben que somos sordos y nos rechazan porque no se pueden comunicar con nosotros. Con los años, lo he superado haciéndome la fuerte y aprendiendo a llevar mi discapacidad, también mi hijo me ha ayudado”, comenta con sus manos y de vez en cuando, leves sonidos salen de su garganta.

Pero sin importar qué tan difícil sea la realidad, la solución parece no tener luz verde, porque Bucaramanga, desde hace varios años, le cerró las puertas a la única escuela que enseñaba lengua de señas: Centrabilitar.

Ahora, las ‘palabras del corazón’ son dominadas por unas cuantas personas que al igual que Eduardo, Claudia, Leidy y José Luis, guardan en sus manos el poder de ‘gritarle’ al mundo que es momento de abrirle paso a una sociedad verdaderamente incluyente y sin discriminaciones.

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