jueves 13 de mayo de 2021 - 11:23 AM

¿Volviendo a la normalidad?: Tres adultos en Santander cuentan las ventajas de vacunarse contra el COVID-19

Ir a misa, al mercado, reunirse con amigos. Poco a poco regresa la normalidad a la vida de los vacunados contra el coronavirus en Santander. “Ya mis hijos me están dando permiso para ir al parque”, cuenta entre risas un adulto de 83 años.
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Hace un año la vida de Ernesto García transcurría entre las paredes de su vivienda en el barrio San Alonso de Bucaramanga. Su familia no lo dejaba “ni asomarme por la puerta” como mecanismo de prevención ante el virus que rondaba por el mundo.

García, de 83 años, entendía la preocupación de sus tres hijos, pero no dejó de pelear con ellos exigiendo un poco de libertad.

“Me sentía como un niño. Rogaba porque me visitaran o me dejaran ir a comprar el pan. Yo soy una persona independiente. Salía con algunos amigos, me sentaba en un parque o ayudaba a hacer vueltas”, comenta el hombre.

Sus rutinas se modificaron por los confinamientos y los autoaislamientos pues el COVID-19 actúa con mayor severidad en hombres y en mayores de sesenta años. El riesgo era doble.

“Triple si me suma la hipertensión. Por eso mis hijos y nietos me tenían como en una burbuja de la que ya me estaba hartando. Si no me hubiera vacunado, ya habría salido corriendo de la casa”, cuenta.

El 6 de marzo, a eso de las 10:00 de la mañana, Ernesto fue con su nieto mayor a una IPS en Cañaveral. Allí una enfermera le indicó que recibiría la primera dosis de la vacuna de Sinovac, un biológico con el virus inactivo que, por orden del Ministerio de Salud de Colombia, basados en estudios científicos, era el indicado para aplicar en la población mayor de 70 años.

“Sentí el chuzón y ya. Mi nieto grabó todo el proceso y le hizo más preguntas a la enfermera que yo. Me dijeron que podía sentir dolor, pero no sentí nada. El 27 de marzo fue el segundo ‘chuzonazo’, ese sí me dio fiebre”, expuso el bumangués.

Pero fueron solo dos días de malestar. Al tercero, recuerda, ya quería salir de su casa. Llamó a dos o tres amigos que “todavía siguen vivos” y ellos también estaban recién inmunizados. Sin consultar con su familia, se citó con ellos para el 10 de abril.

“Ya no me iba a dejar tratar como niño. A uno siempre le queda la duda de si de verdad el virus no lo va a matar, pero no voy a pasar otro año encerrado. Me sigo cuidando, llevo el tapabocas y alcohol. Pero me hacía falta salir, hablar con otra gente, sentirme útil”.

García cuenta que ahora puede reunirse frecuentemente con otras personas vacunadas. Sus nietos lo visitan más seguido y ha podido disfrutar de abrazos fraternos y caminatas por las calles vecinas.

“Me pareció lindo que me cuidaran tanto y ahora siento que estoy listo para continuar con lo que me queda de vida. Soy consiente de que me puede dar el virus, por lo que sigo cuidándome, pero ya me dan permiso para ir al parque o por el mercado”, afirma García, pensionado de la Nacional de Cigarrillo.

El mismo pensamiento tiene Matilde Pedraza. Ella fue vacunada el 20 de marzo en una Clínica de Bucaramanga. Fue con su hijo menor, quien pidió permiso en su trabajo para poderla acompañar.

“Fue todo un acontecimiento”, recuerda Pedraza, “mis nietos me hacían videollamada llorando, felices porque ya iban a poder abrazarme”.

Y es que además de las visitas y las salidas, la mujer de 77 años cuenta que el calor de hogar también se vio disipado por la pandemia. Vive con una hija y una nieta y los abrazos, los besos, los saludos efusivos también mermaron.

“Llegaban y ni se acercaban. Me saludaban de lejos como si yo fuera el problema. Menos mal ya tengo las dos dosis y ese día les dije ‘¿ahora sí me van a saludar bien?’. Estuvieron muy pendientes de mi todo el tiempo, pero esos detallitos hacen falta”, comenta.

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Después de un año confinada en su apartamento en La Concordia, Matilde ha vuelto a ir a la Iglesia, al cementerio a visitar la tumba de su esposo y tiene planeado ir a Bogotá a visitar a sus otros nietos.

“Yo pensé que me iba a morir sin poder disfrutar de esas pequeñas cosas. Estar un primer viernes del mes ante el Santísimo. Hablar con la vecina mientras le compro pan. Invitar a mis hermanas por un chocolate. Alcancé a despedirme de esos planes, pero afortunadamente pude volver a disfrutarlos”, dice la mujer entre risas.

Pedraza, con diabetes y problemas de tiroides, salió positiva para COVID-19 el 3 o 4 de mayo, no recuerda bien. Pero si tiene claro los síntomas que tuvo: un día de tos.

“La vacuna sirve. Supe que estaba con el virus porque a mi hija, de 48, sí le dio fiebre, tos y problemas para respirar. Se mandó a hacer la prueba y salió positiva. Luego me la hicieron a mí. Tuve o tengo el virus, pero no me dio nada. Recuerdo que un día tosí. No más. Ni dolor de cabeza me dio”, cuenta Matilde.

Tal panorama lo vivió su hermano, Serafín, quien a sus 70 años y seis días después de su segunda dosis de Sinovac sintió un leve malestar. “Él me dice que fue como cansancio, dolor de huesos y de cabeza, pero que si fueron dos días de enfermedad fueran muchos. Mi sobrino, su hijo, estuvo en la clínica tres días. Lo repito, la vacuna sirve”.

Antonio Díaz Olarte, de 63 años, concuerda con Pedraza. Hace dos semanas, la familia Olarte lloró la pérdida de un hermano por causas relacionadas con el virus. Aunque no sale de la tristeza y el asombro por la pérdida de su ser querido tiene claro que la vacuna fue una bendición para su familia.

“Mi mamá tiene 89 años. La vacunamos a finales de febrero y no tuvo ninguna reacción adversa. Ella vivía con mi hermano y cuando él salió positivo a ella solo le dio tos que le duró dos días. Lastimosamente mi hermano cumplía 52, por lo que todavía no era su turno de vacunarse”, explica.

Díaz, que ya cuenta con una dosis de la vacuna de Astrazeneca pudo volver a las oficinas donde trabaja. Era el único de sus compañeros que faltaba por volver, pues sus jefes recomendaron teletrabajar a todos aquellos que podían afectarse con severidad por el virus.

“Poco a poco retorna la normalidad a nuestras vidas. Mi mamá ya puede ir a la iglesia o recibir visitas de familiares y amigos que en lo posible también hayan sido vacunados ya. Es difícil saber que mi hermano pudo vivir si aplicaran las vacunas con mayor rapidez, pero da un poco de tranquilidad tener a mi mamá todavía con nosotros”.

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