lunes 01 de marzo de 2021 - 12:00 AM

El último deseo antes de la avalancha en Floridablanca

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Este asentamiento se ubica entre los barrios El Carmen y Bucarica, sobre la Transversal Oriental. En abril pasado colapsó la montaña. Trece ranchos fueron destruidos por un derrumbe. Con la llegada de las lluvias persiste el temor de nuevos deslizamientos. Historia de quienes viven al borde del abismo.

Cuando Diana Celis Arias ingresó a su casa percibió un olor a mierda. No era excremento de los gatos, esos que maúllan a cada rato en este barrio, cuando se descuelgan loma bajo entre los matorrales de la entrada de esta vivienda, juguetones del tiempo perdido en esta montaña inestable de Floridablanca.

Tampoco pertenecía a los perros chandosos que deambulan por la calle, o solo toman el sol a voluntad sobre los andenes y a ratos ladran a los extraños que suben por las escaleras en tierra, porque algunos escalones en cemento se los llevó hace casi un año la avalancha.

Tampoco era mierda de las gallinas, que con sus picotazos les abren agujeros a los días, que para nada cambian en este sector sobre la Transversal del Oriente. La pobreza siempre es la misma en estos ranchos.

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No. Lo que olía en la casa de Diana era definitivamente excremento humano.

El olor a podrido lo invadió todo, al igual que la maleza que se apoderó de las paredes de ladrillo hueco de su hogar sostenido en piso de cemento. Diana recorrió su casa el pasado martes, como quien se sumerge en aguas del pasado. Recordó donde quedaba cada cosa.

En un rincón al fondo se ubicaba la cocina, con un lavaplatos de metal. Ahora es un peladero de tierra. Del cuarto para dormir solo queda un esqueleto de un catre en madera, y los restos de un televisor pequeño mojado y desvalijado.

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Su casa está ubicada en la cresta de una montaña. No tenían lujos, pero Diana, su esposo y sus hijas de 4 y 13 años sobrevivían a todos los días, hasta que una mañana de abril pasado entró el viento de la desgracia y lo destrozó todo.

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La casa de Diana es una de las 600 construcciones ilegales ubicadas en esta zona de Floridablanca. Se trata de un área de alto riesgo por desplazamientos de tierra y áreas de protección ambiental.

Algunos de estos terrenos, ocupados a la fuerza, pertenecen a privados y otros al municipio de Floridablanca. Una red de estafadores se encargó en los últimos años de dividirlos en lotes para ofrecerlos para levantar viviendas e incluso edificios de hasta cinco pisos.

Sin tener escrituras los vendieron a pesar de que no son aptos para vivir, debido a la inestabilidad del terreno. Muchas personas pagaron hasta $10 millones por un lote. Levantaron casas y vertieron las aguas negras en el mismo terreno.

La tierra se licuó. Se quebró el equilibrio de la montaña. Por entre sus venas, que parecen de arena, la tierra cede y cede con cada aguacero. Se mueve una y otra vez. Aquí la lluvia, especialmente para los que residen en el borde del abismo, es un augurio de mala suerte.

Hace 10 meses, después de varias noches de lluvias con gotas tan gruesas que los techos de zinc sonaban a tambores de guerra, el temor se convirtió, una vez más, en un verbo gastado en esta loma.

La tierra no aguantó tanta agua. A finales de marzo de 2020, arriba de la montaña aparecieron grietas. Primero pequeñas, luego más grandes. La loma entonces empezó a sonar. Con los aguaceros tronaba más.

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El pasado 4 de abril, una porción de montaña, como quien de un mordisco quita un trozo de pastel, cayó de repente sobre la Transversal del Oriente. Las personas estaban advertidas debido a la presencia de las grietas. Muchos optaron por pasar el día en el rancho y en la noche dormir afuera. La mañana de la avalancha 13 viviendas colapsaron y nadie resultó herido.

Esa mañana, un agente de la Policía, con un megáfono en mano, desde la falda de la montaña gritaba para evacuar el terreno. Pocos le escuchaban.

- Por favor, ya es suficiente...

Le hablaba a la gente que intentaba, como fuera, sacar algo de sus ranchos, ante la inminente remoción del talud.

En medio de tanta pobreza, la gente intentaba rescatar algo de sus casas, a medida que la montaña se movía. Ropa, ollas, comida. Cualquier cosa de valor que se pudiera sacar es ganancia, cuando uno se queda sin nada en pocos segundos.

- Deben evacuar las casas, por favor. Empecemos a salir. Salgan ya, por favor. Salgan, salgan, salgan, salgan...

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Algunos, o una buena parte de ellos ignoraban el llamado a salir del lugar. Buscaban rescatar algo.

Si bien este sector registra índices altos de inseguridad, al punto que nadie puede salir con su teléfono celular a caminar por los recovecos del asentamiento después de las seis de la tarde, so pena de que sea víctima de un atraco, y son altos los casos de venta y consumo de alucinógenos, buena parte de esta comunidad la integran jornaleros de construcción, señoras que hacen aseo en casas ajenas, cargadores de bultos, rebuscadores, ‘moto domiciliarios’, ‘moto - piratas’ y comerciantes informales, entre tantos.

A muchos les torturaba la idea de perder lo poco que se ha ganado con esfuerzo y por última vez, le querían ganar una pelea a la montaña.

Así desvalija el paraíso

El día que se decidieron a comprar, Diana Celis Arias y su esposo subieron cuesta arriba al asentamiento humano Asomiflor. Los acompañaba una mujer, que Diana conocía porque ambas visitaban una iglesia cercana. Ella les ofrecía un lote 6 x 16 metros en $7 millones.

Cuando la pareja volteó a mirar con rumbo a la carretera, observaron varias casas que se desparramaban a sus pies. Ambos imaginaron cómo sería su paraíso, uno propio para sus dos hijas, levantado en ladrillos y tejas de zinc.

- ¡Amor! Aquí podemos construir un ‘casononón’ para nuestras hijas. Podemos tener un patio grande y hasta criar pollitos. ¿Qué dices?

El esposo de Diana Celis Arias se dedica a la construcción. A pesar de las duras jornadas, en los últimos años alcanzó a ahorrar $5 millones, que estaba dispuesto a entregar por el lote. A cambio recibiría una carta de propiedad. No las escrituras. Solo un papel que esta mujer suministraba acreditándoles la propiedad del predio. Diana en ese entonces se dedicaba a cuidar a pacientes de manera domiciliaria. La pareja lo analizó, hizo cuentas y tomó una decisión.

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Entre los dos diseñaron lo que sería su casa, que el hombre construiría con sus manos. Dos habitaciones. Un baño. Una cocina y, por supuesto, el patio para las niñas y sus pollitos.

Acudieron a un banco y con esfuerzo obtuvieron un crédito por $35 millones para invertirlos en su nuevo hogar. Con ese dinero y su trabajo buscaban tocar las puertas de un mejor futuro. Diana y su esposo no podían estar más equivocados.

De la casa a la calle, de la calle a sobrevivir

Esta semana Hilda Solano, de 56 años, recordó con un escalofrío la mañana del 4 de abril de 2020 cuando la pared principal de su casa se partió. Minutos después un derrumbe se la tragó entera.

Ella procura pensar de forma positiva, es difícil, porque cada vez que observa la montaña, vuelve a su cabeza el aterrador sonido de la tierra abriéndose. Llevándose en segundos lo que con tantos años de trabajo construyó con su esposo.

- Estamos abandonados. Nadie nos responde en tantos meses. Lo perdimos todo hace ya casi un año...

Dijo Hilda, inclinando la cabeza en señal de derrota, hundiéndose en el sopor de desesperanza. La historia de ella es similar a la de Diana: una persona, sin título de propiedad, le vendió un terreno en mitad de la montaña. Le entregaron $5 millones hace algo más de dos años. Construyeron su rancho y vivieron relativamente tranquilos otro año más.

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- Mi esposo construyó la casa. Me enamoré de mi casa...

Era marzo de 2020. Una mañana, su vecino de más arriba, la alertó. Lo que vio le cambiaría la vida.

- Oiga vecina, tiene que salir de aquí, porque eso está cuarteado.

- ¿Dónde?

- Aquí arriba, la tierra se abrió. Tiene que salir, se va a quedar enterrada.

Hilda no subió hasta el terreno donde el vecino se percató de las grietas. No obstante, lo que dijo le resonó a lo largo del día. Ha de saberse que nadie es indiferente a la muerte. Cuando llegó su esposo, le narró la conversación. La mujer lo hizo subir al lugar.

- Mija. El vecino tiene razón. Eso se va a venir para abajo.

- ¿Qué vamos hacer?

- No podemos dormir más acá. Nos toca irnos...

- ¿Para dónde?

A la calle. La pareja tomó la decisión de estar de día en la casa con los sentidos en alerta, pero en la noche, bajaban hasta la Transversal del Oriente y muy abrigados pasaban las noches recostados junto a un árbol, protegidos de la lluvia. Dinero no había para irse de allí y nadie les compraría la casa con el terreno en esas condiciones.

- Me daba mucho miedo. Dormíamos en la calle. Se me salía el corazón de pensar que podría morir enterrada...

A medida que marzo de 2020 moría y se anunciaba abril, el terreno seguía moviéndose. Las escaleras en cemento se quebraron. El patio de la casa se empezó a hundir también. Hilda sintió pavor de morir sepultada enredada con la fiebre de la impotencia. La mañana del sábado 4 de abril, como todos los días, la pareja subía la loma a las siete de la mañana. Se preparaban un café y mientras su esposo se iba a trabajar, Hilda aprovechaba para dormir un poco en la comodidad de la cama.

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Ese sábado, Hilda busco repetir su hábito, pero su esposo no la dejó. Le propuso que lo acompañara hasta la cima, donde repartirían mercados. Ella malgeniada le repostó con acento muy santandereano.

- Mija. Subamos, dicen que van a repartir unos mercados.

- No. Vaya usted, que yo tengo mucho sueño.

- Vamos y luego se duerme.

- No. Quiero dormir.

- No. Nos vamos para arriba y punto...

Fue estando arriba que la pareja escuchó el estruendo. Luego vieron como la montaña se partía. En ese momento Hilda entró en conciencia que pudo morir ese día.

- Donde mi marido no me obligue a subir. Allí me entierro...

Los días siguientes, sin casa y con unas cuantas pertenencias, la pareja volvió a dormir al lado de la carretera. Esta vez en unas carpas que les donaron por la emergencia. La ropa de Hilda y su esposo quedó enterrada. Se perdieron las ollas, el mercado, los muebles de su casa y las herramientas del hombre, que trabaja reparando cañerías. Como pudieron se levantaron y arrendaron una casita pequeña en el asentamiento.

- Hace poco el dueño se cansó de nosotros y nos sacó a la calle, porque no le pagamos el arriendo...

Ahora Hilda vive en otro sector a las faldas de la montaña, en zona inestable también. Paga al mes, con servicios públicos, $312.000 y no le alcanza el dinero. Se rebuscan el trabajo. De recuperar el dinero de su vivienda no sabe nada.

- A veces la plata no alcanza ni para comer...

Huele a mierda

El hogar de Diana Celis Arias queda debajo de un frondoso Caracolí. El 3 de abril tuvo que salir de casa y abandonarla. En medio de un aguacero, mientras el viento y el agua buscaban un hueco para meterse por su casa, una gran rama del árbol se desprendió. Justo cayó sobre el techo.

- Ese fue el último día que estuvimos en la casa...

Luego vino el derrumbe. Si bien la vivienda no colapsó, quedó en el borde del abismo y en la actualidad el terreno del patio, donde estarían los pollitos, es inestable.

Diana con el paso del tiempo comprobó que el paraíso es una fábula que escuchó de niña. Esas cosas no pasan en la vida real. Las autoridades le sellaron la casa por estar en inminente riesgo de colapso. A medida que no se encontraba una solución, los problemas familiares crecían con facilidad.

- Nos separamos con mi esposo. Él me culpa a mí por escoger ese terreno. Él cogió por su lado y yo me quedé con las niñas...

Diana vive en La Cumbre. Paga un arriendo de $420.000, incluidos servicios públicos. Desde hace un año dejaron de pagar la cuota del banco por el préstamo de $35 millones. Las desgracias de Diana no vienen solas. Esta es la melancólica confidencia de esta mujer que en la actualidad sobrevive como ‘moto-taxista’.

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- Desde hace 15 empezaron a ‘desvalijarme’ la casa. Se llevaron la puerta. Ahora quieren robar las ventanas. Se llevaron todo lo de la cocina y el baño. No queda nada de la casa, todo se lo robaron. El jueves pasado, con las lluvias, cayó otra rama y acabó de dañar el techo...

El asunto del dinero

Cuando comenzó el asentamiento Asomiflor, alrededor del 2006, la mayoría de personas que construían sus cambuches huía de la violencia o estaban en la pobreza absoluta. Ahora, principalmente la realidad es otra. Muchas personas construyeron y en la actualidad continúan edificando con la intención de estafar para vender o arrendar, en algunos casos a migrantes.

Marcela Toloza Cuta, jefe de la Oficina de Gestión Ambiental y Mitigación del Riesgo de Floridablanca, asegura que se han realizado operativos para sellar estas construcciones (incluso edificios), pero tan pronto los funcionarios se marchan, las personas continúan trabajando.

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El año pasado se conoció el caso de un inspector que fue amenazado por las redes de expendio de droga, al intentar sellar una construcción. Esta persona debió cambiar de ruta y de teléfono celular debido a la intimidación que recibía.

“No tenemos la capacidad humana para estar las 24 horas en cada construcción...”, precisó la funcionaria.

Frente al talud inestable, que amenaza con afectar a más construcciones, Marcela Toloza Cuta aseguró que se “contrató maquinaria para hacer manejo del talud y estabilizarlo un poco; asimismo, para retirar el material que estaba sobre la Transversal Oriental. Sin embargo, se avanza con un proyecto para presentarlo ante la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, con el fin de poder obtener recursos para el financiamiento de obras de mitigación en este sector”.

Para tal propósito es necesario presentar el proyecto ante el Consejo Departamental de Gestión del Riesgo de Desastres para obtener su aval, en busca de recursos para las obras que tienen un valor aproximado de $45 mil millones. “Este dinero no lo tiene la Alcaldía y trabajamos en las gestiones para reunir los recursos”.

Asomiflor es la realidad de muchos asentamientos humanos en el área metropolitana de Bucaramanga. En lo que queda de esta montaña se levanta una comunidad exiliada por la naturaleza y la pandemia. Respira incómoda, atrincherada entre ranchos de palos o casas en cemento crudo. Una comunidad que come poco y sufre mucho, que en algunos casos, soporta el tizne de las pequeñas hogueras para la cena, cuyo fuego rebelde y tiernísimo, a esta hora empieza a encenderse, con la mirada siempre atenta a que la montaña no se mueva.

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