lunes 13 de abril de 2020 - 9:22 AM

Semana Santa: Una tradición que el coronavirus no pudo detener

El aislamiento preventivo hizo que, por primera vez, una de las tradiciones más importantes de nuestro país, cambiara. Aunque muchos se sintieron afectados, de una forma no convencional, la Semana Santa sí se pudo realizar.
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El olor a incienso desapareció. La típica marea verde, conformada por palmas y ramas que eran sacudidas al unísono por cientos de personas para enaltecer la entrada triunfante de un rey, tampoco se presentó. No hubo marcha, ninguna cofradía hizo presencia. Las bandas de las instituciones se quedaron sin sonar, las calles no retumbaron al ritmo de la música.

Desaparecieron los cánticos, las alabanzas, la alegría. No se silenció a la gente con el sonido de la tradicional matraca de madera porque no hubo gente. Las calles estuvieron vacías. Los días pasaron iguales, como han sido todos desde que inició la cuarentena. Aunque para muchos no era una semana como cualquiera, fue una Semana Santa desde casa.

$!Jaime Moreno/ VANGUARDIA
Jaime Moreno/ VANGUARDIA

De la cuaresma a la cuarentena

Pese a que es un estado laico, Colombia es, por tradición, un país creyente. Basta con observar nuestros días festivos, donde la mayoría hacen alusión a alguna celebración religiosa. Por otro lado, según un informe revelado por el Vaticano en 2017, nuestra nación es la séptima en el mundo con mayor número de bautizados en la religión católica, con un total de 45,3 millones.

Esta es una de las razones por las que la Semana Santa es tan importante en nuestro país. Estas fechas mueven no solo la fibra de las personas, pues los sitúa en un estado de reflexión y cambio, sino que también mueve la economía misma con el llamado ‘turismo religioso’, que se presenta sobre todo en algunos pueblos, pues son estos lugares en donde realmente se vive esta solemnidad, la cual atrae a cientos de personas, y que, a su vez, se convierte en la oportunidad para que otros puedan ‘rebúscarselas’.

Tal cual lo hacía Yeraldine Hernández, quien por diez años se ha dedicado al comercio informal porque no ha contado con la posibilidad de tener un empleo estable, ya que debe estar pendiente de su hijo, quien tiene un problema en los pulmones.

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Vive del día a día, con su venta de mangos ha podido sacar adelante su familia, pero cuenta que la Semana Santa era la época perfecta para incrementar sus ventas.

“Siempre es bastante la afectación porque yo me sacaba como casi un millón no más en los tres días. Ahorita me toca esperar y pedirle a Dios”, dice Yeraldine.

Aunque no puede salir a trabajar, lo bueno, según cuenta ella misma, es que por fin pudo escuchar las misas, así lo hubiera hecho por televisión. No obstante, como Yeraldine, son miles las familias que esta Semana Santa no pudieron tener un ingreso extra, debido al confinamiento. Nadie salió, nadie vino. Esta vez, todo fue diferente.

Y sí, el 2020 será recordado como el año en el que el mundo se detuvo, y la fiesta religiosa más importante de la iglesia católica, no logró evitarlo.

Para el padre Gustavo Méndez, rector de la Universidad Pontificia Bolivariana, capellán del Monasterio de las Hermanas Clarisas, y quien ha vivido toda su vida en Piedecuesta, uno de los municipios de Colombia en donde con mayor fervor se espera la Semana Santa, incluso desde antes del Miércoles de Ceniza, que marca el comienzo de la cuaremas hasta el Jueves Santo, es imposible negar que en estos tiempos de cuarentena los ‘garroteros’ vivieron un momento de tristeza o frustración por no poder participar de las célebres procesiones y viacrucis. Sin embargo, fue una oportunidad única para que, desde sus hogares, la gente realizara estos actos litúrgicos con su familia y se convirtieran en una reflexión para valorar la vida.

$!Suministrada/VANGUARDIA
Suministrada/VANGUARDIA

Así, mediante las distintas herramientas que la tecnología nos ha facilitado, la Semana Santa no se detuvo, sino como lo dijo el padre Gustavo, fue diferente, pues desde sus casas, las personas la vivieron a su manera.

“La celebración se realizó a título privado, pero el sacerdote se la acercó a la comunidad de fieles mediante los diferentes medios de comunicación. Del mismo modo, desde las homilías, fuimos un apoyo espiritual para ese momento de claustro en el hogar, cuyas reflexiones iban orientadas a comprender la dinámica del aislamiento preventivo, a valorar la vida y a reconocer los misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor”, expresa el padre Gustavo.

Penitentes en confinamiento

Sin la menor duda, una de las características más importantes de la Semana Santa, son los nazarenos. Aquellos hombres, y también mujeres, que por varios meses se preparan de manera devota para participar de las celebraciones litúrgicas, especialmente para llevar los conocidos ‘pasos’ en las multitudinarias procesiones.

Hacer parte de la hermandad de Jesús Nazareno, para estos penitentes, más que un sacrifico es un acto de amor que crece cada año, en cada reunión, cada encuentro y en cada oración, pero que cuando llega el momento de ponerse su túnica y el sombrero alto en forma de cono, se experimenta lo que puede ser un éxtasis para el alma. Vestir su tradicional traje y salir a las calles a cargar esas pesadas figuras que representan lo que vivió Cristo, es su acto de contrición, su manera de reflexionar, la forma en que viven su propia pasión.

Pero este año, muchos tuvieron que hacer la penitencia desde casa. Como Oscar Suárez, quien tristemente se vio obligado a ‘colgar’ su vestimenta y a no participar, por primera vez en diecinueve años, de la Semana Santa.

$!Suministrada/ VANGUARDIA
Suministrada/ VANGUARDIA

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“Se siente un vacío muy grande, pero asumimos esa nostalgia con responsabilidad porque sabemos que fue por fuerza mayor”, expresa Óscar.

Por otro lado, Óscar comenta que esta nueva experiencia le sirvió para valorar un acto que llegó a ver como algo rutinario. Fue así como desde su hogar hizo un pequeño altar a Jesús Nazareno, para recordarle que debía seguir siendo penitente, no importara si estuviera adentro o afuera.

Y así será, quizás, como no solo los colombianos, sino el mundo entero, recordará aquella vez en que las campanas siguieron sonando, pero nadie acudió a la cita. Cuando los cerros fueron solo aire, tierra y polvo, pues el viacrucis se hizo en casa. Quizás, se recordará como la primera vez en la historia en que los templos y las calles quedaron vacíos ante una Semana Santa que contó con la tecnología como su mejor aliada y se vio obligada a trasladarse a las casas, en un acto de supervivencia para no sucumbir ante un virus que paralizó al mundo.

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