domingo 09 de octubre de 2016 - 6:01 PM

Bojayá: entre la esperanza y las promesas del Nobel de Paz

En Bojayá tienen fe de que se logre la paz y han puesto sus esperanzas en el ahora Nobel de Paz, el presidente Juan Manuel Santos.

La iglesia de San Pablo Apóstol de Bellavista estaba repleta. El calor acompañaba a los niños que corrían y trataban de entretenerse mientras esperaban. Y en las primeras sillas estaban algunas las víctimas directas del 2 de mayo de 2002, algunas, porque todos quienes vivieron allí en esa época son víctimas de la masacre.

La mayoría de los habitantes de Bojayá estaban vestidos de blanco, tenían banderas en favor de la paz y comentaban la visita del presidente Juan Manuel Santos. Una visita poco inusual porque es el primer lugar al que llega luego de ser escogido con el Premio Nobel de Paz 2016.

Enrique Rentería Cuesta es uno de los que espera. Tiene un niño en sus piernas que abre su manito para mostrar que tiene 4 años, mientras él, trata de que se quede quieto para poder hablar.

Dice que está tranquilo, tiene una gran fe en Dios, y dice que las cosas están dadas tras la pérdida del plebiscito, en el que una pequeña diferencia determinó el rechazo de los acuerdos de paz con las Farc, contrariando la decisión de Bojayá donde el Sí ganó con el 96 %.

"Ya las cosas cuando están dadas, están dadas. La verdad es que uno siempre guarda la esperanza que arriba de Dios no hay más  y creemos, con la sabiduría y el poder que Dios le da al presidente, que eso va a llegar a feliz término", dice.

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Enrique, quien se ve amable y tiene pintas blancas en su cabello, fue uno de los que perdieron parte de su familia por culpa del fuego cruzado entre las Farc y los paramilitares. Combate en el que un cilindro bomba cayó en la iglesia de Bellavista,  acabando con la vida y dejando heridas de cientos de bojayácenos que nada tenían que ver con la guerra.

"Yo no estaba en la Iglesia, yo estaba trabajando en la finca, cuando escuché en Caracol a las 5 de la mañana: 'centenares de muertos en la iglesia de Bellavista'. Me tocó salir de donde estaba y como a los 3 días que llegué a la iglesia, encontré el hijo muerto. Tenía 20 años, se llamaba Ilson Rentería", dice señalando un cartel que tiene su foto.

Por el cilindro bomba, murieron 119 personas, y los demás se salvaron como pudieron o por las cosas del destino, como en el caso de José de la Cruz Valencia Dávila, miembro del Comité por los Derechos Humanos de las Víctimas.

"Era un joven de 15 años. Yo venía con mi familia hacia la iglesia, por cosas de Dios se formó más fuerte el combate y nos tocó tirarnos al río y meternos a un lugar más seguro hasta el barrio Bella Luz, que era una parte alejada de la iglesia. Para allá se habían ido algunos familiares. En ese terrible hecho perdí 2 sobrinos, algunos compañeros de estudio, amigos", dice.

Al igual que José, Leyner Palacios perdió a seres queridos. De su familia murieron 32 personas y, por ello, desde la tragedia han trabajado en pro de la comunidad y han exigido que se cumpla lo pactado, que hoy está en el limbo y ad portas de una renegociación.

"Hace un año hemos visto que las acciones violentas en nuestro territorio han bajado y nosotros valoramos mucho la vida,  por eso nosotros consideramos que es importante seguir por este camino por donde vamos", dice Leyner.

Para José, tras el plebiscito es tiempo de tomar una decisión y rápido porque ellos ya llevan esperando 14 años.

"Sabemos que no va a ser fácil lograr un acuerdo perfecto que deje a todo un país contento. Y van 4 largos años de negociación y nosotros como Bojayá, después de los hechos llevamos 14 años  esperando que por fin llegué la paz  en este territorio para poder disfrutar tranquilamente", comenta.

En medio de la incertidumbre, un Nobel que da esperanza

Cerca al muelle y de la cancha de fútbol empezó la caminata. El presidente Juan Manuel Santos iba acompañado de toda su familia, del alto Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, del ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, y el vicepresidente Germán Vargas Lleras, entre otros funcionarios.

Con cada paso el mandatario dio miles de saludos. Y la gente a la expectativa se subía en las sillas para tratar de ver al nuevo Nobel.

Una vez ingresó a la iglesia, todos cantaron al unísono "Sí a la paz", "¡Qué viva!" "¡Viva el presidente de la reconciliación!".

El padre Antún Ramos inició la misa dándole la bienvenida a él y al Cristo Negro. Aquella figura que para ellos representa la guerra.  La figura de Cristo mutilada, maltratada e incompleta. Tal y como aquella masacre los dejó a ellos.

Las Cantaoras empezaron a llenar el lugar con sus voces y lo felicitaron por su premio. Un premio que, dijo el mandatario, será para la reparación de las víctimas con un total de 8 millones de coronas suecas.

El padre Ramos, un hombre joven, delgado y de espalda ancha, quien estuvo ese 1 y 2 de mayo cuando se desarrollaron los hechos, felicitó al presidente pero fue claro al decir que ese premio es de las víctimas.

"Lo sentimos nuestro. Es nuestro también porque nosotros somos las víctimas y estamos en el centro", dijo antes de entregarle al mandatario una réplica del Cristo Negro.

Santos, por su parte, reiteró personalmente que trabajará hasta el cansancio para lograr el objetivo. “Tengan la absoluta seguridad, tengan ustedes toda la tranquilidad, que este proceso lo llevaremos a buen puerto. No voy a desfallecer un solo minuto; no me voy a rendir un solo segundo. Voy a continuar”, dijo el presidente.

Bojayá no recibió muy bien el resultado del plebiscito. No lo comprendieron, pero más allá de reprocharlo, buscan que sea una oportunidad para terminar por fin el conflicto. Por ello, en medio de la misa, el padre dijo que seguirán orando por este momento y en especial por él, para que siga siendo un "instrumento de paz".

Mientras llega la paz el proceso de perdonar continúa

Se dice que el 2 de octubre luego de conocerse el resultado del plebiscito, el pueblo quedó en silencio, quizás tanto como ese 2 de mayo, pero aún así permanece la esperanza, como en Yorleni Mosquera.

"En esa masacre perdí a mi mamá y a mis cuatro hermanos. Tenía 20 años", dice mientras trata de sostener la mirada al recordar que estaba ahí, con ellos: "no me convenía todavía morir", cree.

Yorleni quiere que haya la paz, pero no implica que en su corazón haya perdón, por lo que el duelo sigue. "Yo no perdono. Lo que pasa es que y,a por lo que se está dando la paz, esperamos que esto pueda dar un poco de tranquilidad. Pero yo no perdono. Nunca", dice.

Y como ella, muchos siguen su proceso, y cada 2 de mayo tratan de homenajear a las víctimas, aunque necesitan que se identifiquen todos los cuerpos porque solo 74 han sido identificados.

"Después de la masacre cada 2 de mayo nos congregamos en la iglesia hacemos una caminata por el pueblo, realizamos una misa en homenaje a esas víctimas. Y cantamos alabao, realizamos una visita al cementerio, a la fosa común y ahí realizamos un rezo con nuestras tradiciones culturales", explica Leyner quien no duda en calificar que en aquellos días de 2002, el infierno quedaba 'chiquitico'.

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