miércoles 27 de septiembre de 2023 - 7:30 AM

Denuncian muerte de bebé por falta de especialista en hospital general

En la historia figura que necesitaba una laparotomía abdominal urgente, pero no había cirujano infantil.
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Stefany Giraldo tiene dos imágenes intactas en su memoria: la de su bebé muerto y la de los médicos llorando inconsolables por la impotencia de no haber podido salvarlo por la falta de celeridad en el Hospital General de Medellín.

Ella asegura que accede a denunciar en medios de comunicación no por el pequeño que salió de sus entrañas y al fin y al cabo estuvo en la cuerda floja casi desde la concepción, sino porque no quiere que una negligencia como la que ella dice haber sufrido les cueste la vida a otros niños.

Recalca que no les echa la culpa a los médicos sino al Hospital General que, al parecer, no tenía contrato con un cirujano pediatra, aun siendo uno de los hospitales más importantes de la ciudad para parturientas y neonatos.

La historia enternece por la fortaleza de la joven madre y por la lucha que libró el bebé para sobrevivir. Su nombre: Miguel Ángel.

“No se le olvide poner en el artículo que fue un niño valiente y fuerte”, pide esta madre de 29 años que si acaso aparenta 22, con otra hija de 14 años y que muestra la misma fortaleza de una veterana de mil batallas en el trance actual.

Relata que tuvo un embarazo difícil y desde la semana 16 de gestación los médicos le diagnosticaron que el feto podía tener una alteración de los cromosomas 13, 18 y 21.

“El 13 y el 18 no son compatibles con la vida, y el 21 es el del síndrome de Down”, explica con seguridad, como si en vez de ser auxiliar administrativa en una empresa de logística fuera médica. “Siempre tuve claro que si el niño iba a sufrir, no lo tenía, pero si podíamos salir adelante, iríamos juntos hasta la muerte”, anota.

Tras los exámenes genéticos de rigor ella y su familia recobraron el optimismo porque el diagnóstico se suavizó y ya decía que la alteración era en el cromosoma 22 que ocasiona el llamado síndrome DiGeorge, que se manifiesta con una cardiopatía que a muchos les han corregido con tratamiento y cirugías. Sabían, eso sí, que debían disponer de una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) Pediátrica con su respectivo intensivista, y cardiólogo para el alumbramiento, y así se hizo al cumplirse la semana 39, es decir, una antes de llegar al embarazo a término, con el fin de no correr riesgos. Pesó 2.650 gramos y midió 48 centímetros, por lo que optaron por estabilizarlo poniéndole un cateterismo que le expandiera la válvula pulmonar, mientras lograba el peso y talla adecuados para soportar la operación a la que debían someterlo.

En medio de la espera, al día 17 de vida y de padecimiento, los médicos vieron tan bien al niño que lo extubaron para que respirara por sí mismo, pero detectaron que padecía de una obstrucción en las vías aéreas, precisando remitirlo a un centro asistencial donde hubiera otorrinolaringólogo y equipos especializados.

Así fue como el martes 19 de septiembre llegó al General, donde lo recibió un intensivista y a las dos horas ya tenía un otorrino al lado que le anunció a la mamá que había que practicarle “de acá al jueves o viernes”, una nasofibrolaringoscopia, consistente en introducir una cámara por las vías aéreas para detectar, en este caso, alguna alteración orgánica de carácter congénito.

El jueves 21, Stefany no madrugó como siempre a las siete de la mañana para el hospital, porque la retuvo la necesidad de despachar a su hija, que ese día entraba más tarde al colegio. Cuando entró, penetró a la UCI, a eso de las 10 a.m. y percibió los monitores alterados. El bebé tenía el estómago inflado como un balón y duro como piedra, y la piel de un blanco tan intenso que dejaba al descubierto una red morada de venas y arterias; además, en el ambiente había un hedor fuerte como el del popó de una persona adulta. De ahí en adelante transcurrieron alrededor de seis horas eternas.

“Eso no es normal, algo anda mal”, cuenta Stefany que les dijo a los médicos y enfermeras, quienes le pusieron a Miguel Ángel una sonda para que drenara un líquido amarillo que le salía.

“La idea es esperar hasta las doce del mediodía a ver cómo evoluciona”, le contestaron. A los pocos minutos, los Rayos X indicaron que debían operar de inmediato porque develaron una perforación en el intestino.

Ahí es donde se trunca más esta historia, porque, según la versión que circuló, el HGM, que es reconocido como uno de los centros de atención de maternas y neonatos de referencia en la Medellín, no contaba con un cirujano pediatra, debido a que había dejado de trabajar por falta de pago.

Justo este día también, salió un comunicado en el que los ginecólogos y obstetras, traumatólogos y ortopedistas, cirujanos y anestesiólogos anunciaron que si de acá al primero de octubre, es decir el próximo lunes, no les pagan una deuda que sobrepasa los $10.300 millones, entrarían también en cese de actividades. La alternativa era remitir al niño a otro hospital de alto nivel, pero las llamadas buscando quien tuviera una UCI no fructificaban.

Entonces, una noticia reavivaba las esperanzas: había aparecido una cirujana pediatra que, aun sin contrato vigente con el hospital, estaba dispuesta a intervenir a Miguel Ángel; el problema era que seguía “retenida” mientras le hacían un contrato temporal de servicios, antes de entrar al quirófano.

La intención era optar por el camino que primero saliera, en beneficio del paciente. Mientras que Katherine, la prima de Stefany que es terapeuta respiratoria en una UCI importante de la ciudad, percibía los signos ineluctables de la muerte en el cuerpecito del niño, Estefany le rezaba sin descanso al dios católico y al arcángel San Miguel.

A las 2:39 p.m., todos se movían de un lado a otro. El pequeño había entrado en paro cardiorrespiratorio y era preciso iniciar maniobras de resucitación. La adrenalina parecía revivirlo por momentos pero luego entraba de nuevo en crisis. Justo en esas llegó la cirujana pediatra y le hizo un procedimiento para que el edema abdominal cediera. La esperanza se extinguió minutos más tarde cuando Stefany observó que apagaron las lámparas y los profesionales se alejaban, quitándose los guantes y la ropa quirúrgica. Nadie se atrevía a responder qué estaba pasando, hasta que la tía de Stefany lanzó la pregunta fulminante: ¿Está muerto? Todos rompieron en llanto.

Según los registros, el deceso del paciente de la cuna 15 fue a las 4:50 p.m. del 21 de septiembre. Eso quiere decir que habría estado más de dos horas en reanimación, un tiempo durante el cual es imposible, estadísticamente, que un ser humano sobreviva sin oxígeno y alcance a tener una vida normal, si se salva.

Por eso, Stefany toma la partida de su hijo como “voluntad de dios” a sabiendas de que si sobrevivía su existencia podía ser complicada. Pero dice que no quiere que mueran otros niños “que tienen muchas más posibilidades de salir adelante si los atienden de manera oportuna; que no se mueran esperando un cirujano que les haga un procedimiento”.

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