domingo 16 de abril de 2023 - 10:35 AM

El narcotráfico del Amazonas es dominado por las disidentes de las Farc y las bandas brasileras

La inmensidad de la selva se traga todo. La luz del sol, el eco de los disparos y los alaridos de los torturados. “¿Dónde está la cripa? ¿Dónde?”, le gritaban al traficante, mientras le disparaban cerca de los pies para hacerlo danzar en el aire, como un arlequín que pende de la cuerda floja, bajo la mirada de los verdugos que quieren verlo caer.
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Los disidentes de las Farc preguntaban por la ubicación de 450 kilos de marihuana de variedad cripa, que estaban ocultos en algún lugar del vasto Amazonas. El traficante se negaba a entregar el botín y soportó durante ocho horas los más crueles castigos.

“¿Dónde está?”, le decían, mientras le detonaban armas de fuego cerca del oído para reventarle los tímpanos. Todo porque, para ellos, valía más esa carga de droga que la vida de un pobre diablo.

El episodio ocurrió en La Pedrera, un caserío enclavado en la jungla, en límites de los departamentos de Amazonas y Vaupés. Al traficante lo secuestraron y lo llevaron a un kiosko de la comunidad indígena bacurí, donde pasó la noche entre el 24 y el 25 de marzo del año pasado, al arrullo de los interrogatorios, los improperios y las palizas.

Según registros judiciales, estuvo en poder del frente Carolina Ramírez, una facción disidente que trabaja para Néstor Vera Fernández (“Iván Mordisco”), el principal renegado del proceso de paz con la guerrilla en Colombia y quien agrupó a varias estructuras subversivas bajo el nombre de Estado Mayor Central de las Farc-EP (EMC).

El cabecilla del frente es ‘Danilo Alvizú’, fiel sirviente de ‘Mordisco’, quien impone su régimen de terror en Caquetá, Putumayo y Amazonas, y en la actualidad es la punta de lanza de la disidencia para el narcotráfico transnacional entre Colombia y Brasil.

Los hombres de “Alvizú” reciben la cripa y la cocaína de parte de otros frentes aliados del Comando Conjunto de Occidente del EMC, y se encargan de transportarla selva adentro hacia el Amazonas brasilero, en un flujo de exportación tan constante que asemeja el caudal de las autopistas fluviales que inundan el llamado Pulmón del Mundo.

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Para comprender cómo funciona el entramado del narcotráfico amazónico, El Colombiano consultó fuentes e informes de la Armada, el Ejército, la Policía y la Fiscalía.

Los socios brasileros

El golpe más reciente a esta dinámica criminal lo propinó la Policía Federal de Brasil, gracias a información compartida por agentes de Inteligencia de la Armada, que se enteraron de un despacho de cripa que salió rumbo a la ciudad de Manaos, en un barco remolcador tripulado por 10 brasileros y un colombiano.

Los federales lo interceptaron el pasado 6 de abril en el río Negro e incautaron 2,8 toneladas de la droga. Según, el contralmirante Orlando Cubillos, comandante de la Fuerza Naval del Sur, el cargamento está valorado en 18 millones de dólares e iba a ser entregado a miembros del Comando Rojo (Comando Vermelho), una estructura de crimen organizado con sede en Río de Janeiro y tentáculos en el estado brasilero de Amazonas.

Su relación con los narcos colombianos data de los años 80, en especial con el cartel de Medellín y las Farc. La mayoría de sus jefes están encarcelados, aunque eso no ha sido impedimento para manejar sus operaciones globales.

Uno de sus líderes más conocido es Luiz Fernando da Costa (’Fernandinho’), de 55 años, quien fue detenido en Guainía en 2001, cuando negociaba drogas por armas con Tomás Medina (“el Negro Acacio”), el narco más famoso de las antiguas Farc.

Dado que este último murió en 2007 en Vichada, en un bombardeo de la Fuerza Aérea, ‘Fernandinho’ contactó desde la prisión a sus herederos, uno de los cuales es el comandante “Iván Mordisco”. Según fuentes militares, con él pactó nuevamente el despacho de los estupefacientes.

Otra banda con la cual negocia la disidencia fariana es la Familia do Norte (Familia del Norte), con injerencia directa en Manaos y la Amazonía. Este grupo se creó en 2006, también con origen penitenciario, y desde 2018 está en una violenta pugna contra el Comando Rojo por el control de rutas de narcotráfico.

Su jefe y fundador es José Roberto Fernandes Barbosa (“Zé Roberto da Compensa”), un delincuente juvenil que ascendió en la pirámide penitenciaria hasta convertirse, a sus 50 años de edad, en un mandamás.

La tercera facción involucrada es el Primeiro Comando da Capital (Primer Comando de la Capital o PCC), la más grande y peligrosa de Brasil, con centro de operaciones en Sao Paulo y redes delincuenciales en varios países.

Comenzó a delinquir en los años 90, igualmente desde la prisión, como las demás, y en la primera década del siglo XXI afianzó su relación con los traficantes de las Farc.

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A menudo protagoniza brutales enfrentamientos con otros grupos criminales, tomas carcelarias y tiroteos contra la Policía, con múltiples bajas de lado y lado.

Su jefe es Marcos Herbas Camacho (“Marcola”), de 54 años, quien ha pasado la mitad de su vida tras las rejas.

María Vélez de Berliner, asesora del Pentágono, de la Fuerza Aérea de EE.UU. y estudiosa de estas dinámicas, indicó que “la coordinación entre grupos colombianos y brasileros se basa en quién puede sacar la droga con más seguridad, pagándole al que la envía un porcentaje dependiendo del volumen, costo ‘on street’ (en la calle) en el extranjero, y para quién y dónde va”.

Añadió que “ellos cooperan cuando lo necesitan, y se matan cuando es necesario para mantener las áreas de influencia que cada uno tiene”.

Al observar el perfil de los actores involucrados, se deduce que el narcotráfico amazónico es un intrincado nudo de arterias que conectan la selva y la cárcel, la naturaleza y el concreto, y quien se interponga se arriesga a la muerte, como el traficante cautivo en la guarida de La Pedrera.

Así funciona el tráfico

Según informes de Inteligencia Militar y de la Fiscalía, cuando la organización de “Iván Mordisco” recibe el pedido de los narcos brasileños, sus frentes recolectan la cripa y la cocaína de Cauca, Nariño, Putumayo, Caquetá y Valle.

Luego la trasladan a puntos de acopio, hasta reunir las cantidades solicitadas. Los principales están en depósitos clandestinos de Cartagena del Chairá (Caquetá), Puerto Asís (Putumayo), Pitalito y el Páramo de Puracé (Huila), Santander de Quilichao (Cauca) y Leticia (Amazonas).

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Desde estos puntos es transportada por carreteras y trochas, hasta los dominios de ‘Danilo Alvizú’.

Su frente Carolina Ramírez se encarga de despachar la droga en lanchas, canoas y barcos hacia el Amazonas brasilero. La rutas fluviales más usadas son los ríos Caquetá, Japurá, Amazonas, Negro, Solimoes, Vaupés, Yavarí y Apaporis (ver la infografía).

Y los sitios de cargue y descargue están en el muelle Victoria Regia (Leticia), Mitú y poblados selváticos como Araracuara, Puerto Calvo y La Pedrera, en Colombia; Caballococha, en el vecino Perú; y Tabatinga, Teté, Manacapuru y Manaos, en el lado brasilero.

El flujo de droga cumple dos propósitos: la exportación al mercado global, hacia Europa o Asia, por los puertos marítimos de Brasil, Argentina y Uruguay; y surtir el mercado local brasilero, el segundo más grande del mundo (después de EE. UU.), según la DEA.

Cada kilo de mercancía se protege con recelo, como pudo comprobar el traficante retenido en La Pedrera. Al final tuvo que contarle al jefe de sus captores, José Díaz Aranda (“Músculo”), donde estaba la marihuana.

Así vivió para contar esta historia y ser testigo de un proceso penal que llevó a prisión a “Músculo” y otros tres secuaces de “Danilo Alvizú”, pero como ya hemos visto, las cárceles no detienen el narcotráfico amazónico. Al contrario, lo disparan.

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