lunes 26 de septiembre de 2016 - 3:30 PM

Mirando a los ojos de la guerra desde Santander

El conflicto armado con las Farc, que termina hoy tras 52 años de balas y temor, deja en Colombia una marca de más de ocho millones de víctimas y 267 mil muertos. Santander no ha sido indiferente a esta marca y así lo corrobora la historia.

En aras de contribuir al perdón y a la premisa de no repetir los errores del pasado, Vanguardia.com pidió a los santandereanos que hayan visto los rigores de la guerra directo a los ojos, que compartieran esas partes duras de su vida, que muchos quisieran olvidar.

Para ello, reproducimos las historias de seis ciudadanos.

Esta casa periodística las reproduce tal como fueron compartidas por sus personajes, respetando sus posturas y opiniones, aunque se reserva el derecho de publicar ofensas.

 

De una noche familiar al infierno de las balas

Barrancabermeja


Era una noche en la que estábamos viendo Betty La Fea interpretada por niños junto con mi padre, mi madre embarazada de mi hermano menor y mi hermana, no mayor de 11 años.

Una velada familiar que pronto se convertiría en el miedo a no morir.

Nos hallábamos en la habitación, cuando de repente empezaron a caer fuertes estallidos de bombas y el terrible sonido de metralletas a las afueras de mi hogar.

Casi al instante, mi hermana y yo corrimos a escondernos debajo de la cama. Mi papá, arriesgando su vida, se asomó a la puerta y observo que se trataba de un combate entre la guerrilla y los paramilitares.

Apenas tuvo la oportunidad, mi padre tomó un colchón de la cama y nos llamó para que corriéramos hacia la casa de mi abuela, que vivía en un lugar un poco más “seguro”.

Esta historia sucedió en Barrancabermeja, Santander, y como consecuencia de este episodio, mi hermano que se encontraba aún en la barriga de mi madre pasó muchos años con miedo a la pólvora. Incluso en las despedidas de año teníamos que encerrarnos porque él entraba en ataques de nervios por el sonido de la pirotecnia. Creemos que esto fue a causa de las cosas que mi mamá vivió cuando estaba con su embarazo.

Esa es una de mis tantas historias sobre la guerra y ahora, que soy mayor de edad, le voy a apostar a la paz para que mis hijos no tengan que pasar por eso.

* La protagonista de esta historia pidió que su nombre no fuera divulgado

 

Mentir para sobrevivir entre dos bandos

Cimitarra


En mi infancia los estragos de esta guerra marcaron mucho mi vida. Teníamos una finca y teníamos que mentir constantemente. Cuando pasaba el Ejército, nos preguntaban que si habíamos visto pasar a la guerrilla y teníamos que decir que no. Lo mismo cuando pasaba al contraro.

Se trataba de mentir para preservar la vida.

A veces llegaba la guerrilla en el día y con mi madre nos arrodillábamos a orar para que se fueran y para que el Ejército no pasara.

Cuándo pasaban en la noche, había que darles parte del mercado que se había comprado para la semana y encima, no podíamos ir a adquirir más, porque había una restricción para comprar. Esta prohibición se basaba en que el Ejército nos interrogaba.

Entonces debíamos ver cómo lidiábamos con la escasez mientras podíamos volver al pueblo a comprar.

Aparte, debíamos estar constantemente pensando de dónde se íbamos a sacar el dinero para pagar la vacuna sin importar si tenías o no los recursos.

A mi padre lo vi llorar porque no sabía cómo reunir ese dinero, con temor de que en cualquier momento de la noche podían llegar a matarlo.

Después, cuando llegaron los paramilitares, la cosa fue peor. Había olor a muerte por todo lado y era terrible relacionarse con alguien, porque no sabíamos de qué lado estaba.

En este punto, decidí emigrar a Bucaramangsa con mucha tristeza, pero gracias a Dios pude lograr mis objetivos. 

Hoy los perdono, porque no soy quién para juzgarlos.

Imelda Quiroga

 

“Mi soldado se desvaneció en mis brazos”

Catatumbo (Norte de Santander)


Cuando era un joven y tenía solo 18 años, tomé la decisión de ser suboficial del glorioso Ejército de Colombia. Pase muchos momentos difíciles y combates feroces, que quizás muy pocas personas sabrán lo que se siente exponer nuestra vida bajo el fuego de ojivas y granadas.

Quizás la peor manera que fui tocado por la guerra, fue una mañana de domingo muy tranquila para muchos, en el área de combate en las montañas del Catatumbo.

Cuando realizaba labores de registro y control de área con mis hombres, uno de ellos infortunadamente pisó una mina antipersonal, que le causó múltiples heridas en su cuerpo.

Todo se complicó en ese momento al no tener apoyo aéreo para su evacuación. Al no contar con los elementos necesarios para una eventualidad así, traté de buscar la mejor solución, pero las horas pasaban y pasaban, y mi soldado se desvanecía hacia la muerte. Recuerdo con gran dolor esas palabras que me parten el alma cuando él  me mira y me dice: ‘mi cabo por favor no me deje morir, cuídeme’.

Poco a poco, su voz se fue callando y se desvaneció en la enorme selva y su cuerpo dejó de respirar.

Esto es una de las cosas más duras que he vivido, sumado al tener que decirle a una madre que su hijo, un héroe de la patria, murió con honor en el campo de combate y que no fue en vano.

Sergio Andrés Ojeda

 

Viviendo entre comandantes

Viota (Cundinamarca)


Soy santandereano de corazón, porque en mis años de colegio estudié en San Gil, la perla del Fonce. Vivía en Bogotá y tenía una finca ganadera en Viota (Cundinamarca) donde llevaba terneros para crecimiento y engorde, para luego ser negociados. Ese era mi negocio.

Desafortunadamente, esa zona del país era foco del Frente 42 de las Farc y muy cerca, hacia Girardot está el Frente 22 de la misma guerrilla.

El Frente 42 se caracterizó por ser la columna del secuestro y extorsión, y por ello, sufrí en carne propia las amenazas y los chantajes de varios comandantes, siempre negándome a sus peticiones. Uno de ellos, conocido como ‘El negro Antonio’, un hombre asesino y despiadado, mató varios policías y pobladores de  Viota y de Apulo (Cundinamarca). A este comandante se le escaparon dos españoles que tenía secuestrados y por castigo lo enviaron a Putumayo como soldado raso.

Lo reemplazó una arpía de mujer que se hacía llamar ‘Shirley’, que siempre estaba pendiente de cualquier movimiento en la zona de Viota para montar retenes y secuestrar finqueros y turistas. A mi me hizo varios intentos que no dieron fruto. Ella murió dando a luz a una niña.

La reemplazó el comandante ‘Arsecio’, quien fue muy insistente con los finqueros de la región. A mi me robó 60 cabezas de ganado, una noche que llegaron después de las 11:00 p.m. y encañonaron al administrador de la finca y en cuatro camiones grandes se llevaron todo.

Quise hacer la denuncia en la Inspección de policía de Viota, y la respuesta del cabo que comandaba la misma fue de que dejara así las cosas, que ellos eran solo 32 policías y los guerrilleros, más de 600, que era imposible hacer algo.

En fin, todo quedó así. Sin embargo, este señor consiguió mis números de teléfono de la casa y de mi celular y llamaba todo el tiempo exigiendo el impuesto de guerra. En ese entonces debía darle cada mes 20 millones, pero nunca cedí ni me asusté, al contrario le respondía en el celular que era un cobarde.

Contra él interpuse una denuncia en  el Gaula del Ejército en Bogotá y a partir de ahí le empezaron a hacer inteligencia y en un descuido de él, lo cogieron.

Después los guerrilleros del Frente 42 fueron a mi finca, quemaron la casa y destruyeron la del administrador, amenazándolo de que si no salía en 24 horas iba a ser objetivo militar y que me dijera a mí que ya me tenían en la mira y que me iban a matar en venganza por esa captura.

Por ese  motivo dejé Bogotá y ahora vivo hace 5 años en la bella ciudad de los parques, Bucaramanga. Esa fue mi historia y por eso votaré por el no al plebiscito. Si a la paz, pero con justicia y reparación.

Jairus* (nombre cambiado a petición del protagonista de esta historia)

 

Viviendo al lado de la Policía en tiempo de guerra

Puerto Wilches


Perdimos la casa en la segunda toma guerrillera a Puerto Wilches, perdimos los ingresos de los negocios, todo por estar frente a la estación de Policía. Lo más irónico fue que mi padre ayudó a que esta institución se ubicara allí, por allá en el año de 1984.

Me tocó vivir junto a mis padres y hermanos las primeras tomas de la guerrilla, en diciembre del 87 y octubre del 88.

Sufrimos porque mi hermano mayor fue dirigente de la Unión Sindical Obrera, Uso y toco salir de Puerto Wilches por pertenecer a este sindicato.

A mi otro hermano, el del medio, que lleva trabajando más de 25 años también con una empresa que antes pública y hoy es privada, también lo amenazaron y tuvo que salir del pueblo, unas veces por la guerrilla y otras por los paramilitares. Se trata de huir para salvar la vida.

Vivir en frente o al lado de la Policía fue bendición y a la vez maldición. Lidiar en más de 35 años con las personas que conforman esta institución no ha sido fácil, cada oficial, suboficial y agentes son un mundo distinto. Como dicen, ‘en la villa del Señor hay de todo’, el sapo, el falso, el ladrón, el amigo, el colaborador, etcétera.

Cada vez que cae un rayo o hay pólvora en cualquier parte, el sonido me recuerda la guerra.

Sé lo que es vivir con miedo y sé qué es la impotencia de las bombas. Sé cómo es cuando un padre no puede salir de la cuadra por 10 años porque la guerrilla lo puede matar.

Sin embargo, él sobrevivió y hoy tiene 89 años. Nunca pedimos reparación como víctimas al estado, quizás fuimos bobos, pero estamos vivos, y esa es quizás la mayor bendición.

Quizás por eso digo sí a la paz.

Esperanza Velasco

 

Un testigo del nacimiento de la guerra

San Gil


Una de mis primeras experiencias, quizás la primera, me contaba mi mamá Elena, fue cuando los chulavitas irrumpieron al rancho donde acababa de nacer y con sus fusiles apartaron la cobija que me estaba cubriendo, al lado de mi mamá.

Años después, huidos de ese sitio y ubicados en San Gil, en las oscuras noches, se escuchaban con las carreras agitadas los gritos, de: Abran una puerta, abran una puerta por favor, de algún liberal que corría por su vida. Y mi viejo, don Adolfo, conservador, se santiguaba y abría la puerta para albergar al que buscaba refugio.

Los que reinaban en la noche, sabían lo que hacía don Adolfo y se lo hacían saber, pero de todas maneras lo respetaban por su civilidad.

Entre unas y otras, el tiempo pasaba y las noticias en Colombia eran las de la violencia. En Santander eran famosas las masacres por los lados de Barrancabermeja, San Vicente de Chucurí, El Playón, etcétera.

Aquí en San Gil, se sabía de los pueblos donde no podía vivir un liberal. Entre Socorro y San Gil, era famoso ‘El Luchadero’ donde unos matones de Cabrera pasaban y hacían sus retenes de la muerte en las noches.

Luego se ufanaban en los días de mercado de San Gil y Socorro de sus hazañas. Fue el tiempo de personajes como Efraín González, bandolero de la provincia de Vélez, que descansaba en casas de conservadores de San Gil, con alguna complacencia del clero regional.

Por las noticias de radio se escuchaba de ‘Chispas’, ‘Charro Negro’, ‘Sangre Negra’ y el famoso ‘Desquite’. Eran perseguidos por la justicia, pero los relatos de prensa les iban creando una aureola de mártires y héroes.

Ojalá este 2 de octubre, cerremos ese capítulo infernal y sin sentido de esta Colombia, que no ha logrado tener certeza de paz desde que es una República.

Alejandro Núñez

 

Una familia bajo el yugo de la guerra

El Carmen de Chucurí


Mis abuelos maternos fundaron El Carmen de Chucurí, en este pueblo de gente pujante y trabajadora. La guerrilla tenía doblegada a la gente hasta que un tío mío fue alcalde y se enfrentó a la guerrilla, aunque eso le costó una muerte cruel. Fue torturado por la guerrilla, que para ese entonces conformaron un grupo llamado Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, de la cual hacían parte frentes del Eln, las Farc y el Epl. 

Duramos más de 4 años sin ir a la finca, a mi familia les volaron fincas, hurtaron ganado y muchos empleados fueron víctimas de las minas quiebrapatas. En esos años también guerrilleros asesinaron a un primo sacerdote en Santa Helena del Opón.

Años más tarde fue asesinado el esposo de una tía, también por actores guerrilleros.

Un tío que se desplazó a la ciudad de Santa Marta huyendo de la guerra, fue asesinado por grupos paramilitares en esa ciudad.

Un primo suboficial del ejército fue secuestrado por la guerrilla de las Farc en la toma de la base militar de Las Delicias. Otro tío que también se radicó en Santa Marta fue víctima de un atentado orquestado por grupos paramilitares.

Años más tarde, en el mismo Carmen de Chucurí, le realizaron otro atentado a otro tío el cual sobrevivió para contarlo. A todo esto le sumo el secuestro de mi padre, ocurrido ya hace 4 años en San Alberto. Este crimen del que, hoy en día, no tenemos noticia alguna.

Claro que deseo la paz, pero no comparto esta negociación. Esto va producir más guerra, porque conozco como pocos los alcances del campesino colombiano cuando es maltratado y desprotegido por parte del Estado.

Por esta razón mi voto y el de toda mi familia es ‘no’ en el plebiscito de este 2 de Octubre.

Cristian Fernando Irreño

Elija a Vanguardia como su fuente de información preferida en Google Noticias aquí.
Suscríbete
Publicado por
Lea también
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad