jueves 03 de enero de 2019 - 9:20 PM

"¡Que viva Pasto, carajo!", así honran a la Pachamama en el carnaval de Negros y Blancos

En el montañoso y selvático departamento de Nariño, los habitantes de Pasto honran a la Pachamama (madre tierra) y ensalzan sus raíces precolombinas en el Carnaval de Negros y Blancos, que conmemora en esta edición su décimo aniversario como Patrimonio de la Humanidad.

"Queremos rescatar todo lo que se ha perdido de las culturas andinas latinoamericanas", dice, con la cara pintada de verde como un jaguar, Édgar Benavides de la Fundación Cultural Ayawasca.

El grupo de Benavides es uno de los once que participan en el desfile en el Carnaval, el "Canto a la Tierra", del que saldrán las dos comitivas que caminarán junto a las carrozas en el desfile Magno del 6 de enero, que pondrá punto final a la fiesta.

El Carnaval de Negros y Blancos tiene su origen en el siglo XVI y se caracteriza por ser la fiesta del mestizaje y la más importante del sur de Colombia, así como por ser el "juego", como llaman a la celebración espontánea en las calles en la que las personas suelen arrojarse talco.

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"Picardía, ironía, sarcasmo. Esa es la tradición de nuestro carnaval, es la constante de todos los años", explica el alcalde de Pasto, el izquierdista Pedro Vicente Obando.

De este modo, el burgomaestre contesta además a las críticas del senador del oficialista Centro Democrático Carlos Felipe Mejía, que arremetió verbalmente contra una carroza que ironizaba sobre el presidente de Colombia, Iván Duque.

Como respuesta, Obando ha acabado invitando a Mejía a que conozca el carnaval: "En lugar de hacer una crítica al carnaval, que venga y lo conozca. Senador, bienvenido".

A diferencia del otro gran carnaval de Colombia, el de Barranquilla, en Pasto echan la vista atrás.

Además de la fuerte influencia indígena, visible en las banderas wiphala de los desfiles, el carnaval dedica uno a repasar su pasado más reciente, que tiene por nombre "Familia Castañeda" y se celebrará mañana.

Por eso, en Pasto no participan comparsas sino "colectivos coreográficos" que, a lo largo del año, hacen una labor de documentación para elegir las temáticas de sus desfiles y dotarlas de un simbolismo y una mitología.

Ese es el caso de Somos Zandearte, uno de los 11 colectivos que desfila y con sus disfraces alude a la historia del pueblo indígena de Males y, a su vez, a la teología cristiana.

El nexo de unión es un gallo, que portan en sus cabezas.

"En el pueblo de Males dicen que el canto del gallo fue la señal para que instalaran sus chozas. Y en el cristianismo, Pedro negó a Jesús tres veces antes de que cantase el gallo", explica orgulloso Edward Iván Santander, el vocero del colectivo.

Los 17 corregimientos (aldeas) de Pasto también tienen representación en el Carnaval a través de la Fundación Cultural Raíces.

Mariana Riobamba representa a este colectivo y detalla que la apuesta de este año, "Una huella en el campesino", quiere homenajear a la música rural nariñense.

"Nuestro vestuario representa lo que somos los campesinos, es el traje típico de los campesinos de la región, y hemos querido hacer una representación diferente de lo que es la ruana, el chal y la chalina que llevan las mujeres", señala, en referencia a los instrumentos musicales que han bordado en estas piezas de ropa tradicionales.

Las once agrupaciones se preparan a lo largo de la avenida Boyacá, una de las arterias de Pasto, en la que cada cincuenta metros puede apreciarse una explosión de color diferente.

Cada uno de los grupos está formado por bailarines, "zanqueros" (acróbatas subidos en zancos) y músicos.

Jairo Hidalgo es el padre de un músico, Sebastián, que tiene 16 años y participa en el carnaval desde los tres, y de una bailarina, Jimena, ambos de Somos Zandearte.

"Uno ve que (los jóvenes) adquieren una responsabilidad, que se alejan de los vicios, no tienen tiempo para andar en las calles desocupados. Desde agosto empezaron a ensayar, durante casi todo el año, mientras hacen los diseños, la música", afirma.

La Alcaldía de Pasto aporta un máximo de 17,7 millones de pesos colombianos (unos 5.500 dólares) a cada uno de los colectivos, en función de si alcanzan o no unos estándares determinados.

Pero en muchos de los casos, la financiación la ponen los mismos participantes o sus familias.

"El apoyo de la familia es muy grande porque uno no ve tiempo, no lo ve económicamente. Uno invierte económicamente y ve cómo ellos salen, cómo se realizan. Eso es un orgullo", dice Hidalgo.

A pesar del sacrificio que conlleva, todos los grupos salen a desfilar y repiten una misma consigna: "¡Que viva Pasto, carajo!".

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