domingo 06 de diciembre de 2015 - 11:02 AM

Un viaje en neumático por el río Palomino

El Filo de las Oraciones aparece de repente, al coronar una cuesta rocosa, en el camino de mulas que asciende desde Palomino, el primer poblado de La Guajira, por la Troncal del Caribe.
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Le dicen así porque en este lugar se detenían antiguamente los indígenas koguis para orar a sus dioses cuando bajaban a comprar víveres a Palomino, o de regreso, antes de internarse en la Sierra Nevada de Santa Marta.

Desde el Filo de las Oraciones se ve un tapete verde tejido por las copas de los guásimos, arrayanes y otros arbustos. El verdor se extiende por varios kilómetros, hasta llegar a la playa, que empata unos metros más allá con el azul del Mar Caribe.

Este punto es la mitad del camino hacia Serhviaka, un poblado de indígenas koguis ubicado en lo profundo de las montañas. El recorrido a pie, desde Palomino hasta ese caserío demora unas dos horas, la mayor parte en ascenso. La ruta es transitada por campesinos e indígenas que bajan a comprar sal, arroz y otros víveres y a vender mochilas de lana y fique a los turistas o en las tiendas de la orilla de la carretera.

En medio de estos bosques acechan los cazadores de zainos, un puerco de monte cuya carne se vende en algunos restaurantes de la carretera.

Luego de admirar el paisaje y de tomar agua continuamos la caminata por una trocha que transcurre bajo los árboles, algunos de más de cincuenta metros de alto. Del follaje brotan cantos de mirlas, azulejos, arrendajos y otras docenas de pájaros. Con algo de suerte se logra ver alguno de los últimos tucanes que habitan en la sierra. Pero hoy no es el día. A cambio, una bandada de mariposas de alas rojizas vuela junto a los helechos y musgos que bordean una quebrada de aguas diáfanas. La corriente transcurre sobre un lecho de rocas, en medio de una especie de túnel formado por la espesa vegetación. Algunos rayos de sol se cuelan por entre las ramas de un yarumo.

Andrés Gaitán, el guía de Ecoandes, la empresa que ofrece estos tours en Palomino, marcha adelante. Lleva un neumático de carro, inflado hasta el tope, en cada hombro. En apariencia, es una imagen inusual en medio del bosque. Sin embargo, Gaitán y otros guías hacen este recorrido varias veces a la semana con los turistas que quieren navegar en los neumáticos por el río Palomino. En el último año se ha triplicado la cantidad de turistas que visitan este corregimiento del municipio de Dibulla.

A lo lejos, entre las copas de los árboles, aparecen los techos de palma de Serhviaka. El caserío está conformado por una decena de chozas circulares con paredes de bahareque y techos cónicos.

LOS INDÍGENAS CUIDAN EL RÍO

José Handiwa, un indígena kogui, vive en una de las chozas con su mujer y sus seis hijos. En su español difícil, Handiwa cuenta que el río nace en los picos nevados, lejos de aquí, más arriba de Taminaka, el último caserío kogui en esta parte de la Sierra. Para llegar a Taminaka se requieren dos jornadas a pie.

Handiwa habla de la importancia del río para el ser humano. Dice que el río es vida y que por eso sus hermanos koguis y arhuacos de la parte alta cuidan los bosques para que el río no se seque. Después nos enseña unas piedras ceremoniales donde se sientan los mamos (guías espirituales) durante las reuniones con la comunidad.

El indígena kogui se despide con un “Ojalá vuelva”. Luego comenzamos a bajar por una pendiente que se desprende del caserío. A los lados se ven sembrados de yuca, plátano y maíz. Hasta aquí llega el rumor sordo del río. La caminata no dura más de quince minutos. El sonido del agua al chocar contra las piedras es cada vez más fuerte. Al salir de una curva aparece el río Palomino. En este punto, la corriente se ensancha y forma un remanso. Las aguas cristalinas permiten ver el lecho tapizado de una arena amarillenta y de pequeños guijarros.

El guía anuncia que haremos un recorrido de casi horas. Cruzaremos unos tres sectores de rápidos de poca dificultad. El río permite otros dos tipos de excursiones: un tramo más corto y tranquilo, cerca de la desembocadura, o uno más largo y con mayores obstáculos, desde unos dos kilómetros arriba de Serhviaka.

Como la sequía ha afectado a este territorio desde hace varias semanas, la corriente es escasa, de tal forma que en casi todo su recorrido tiene unos setenta centímetros de profundidad. Esa característica les permite a los turistas bajarse de los neumáticos y caminar el lecho del río.

Con el guía empacamos la cámara. Primero en una bolsa impermeable y luego en un recipiente de plástico. Antes de salir del pueblo, el guía había recomendado dejar en el hotel los documentos y todo lo que se pudiera mojar, y utilizar un buen bloqueador de pies a cabeza.

En la playa, el guía da algunas instrucciones sobre cómo maniobrar con el neumático. “Si quieren ir para la izquierda, muevan el brazo derecho como si fuera un remo…”. También advierte de algunas situaciones críticas debido al bajo nivel de las aguas: “Cuando lleguemos a los rápidos levanten la cola para que no se raspen con las piedras”. ¡Fácil!

Ahora sí nos lanzamos al agua. Los neumáticos de tractomula son para los clientes más robustos. El cuerpo encaja perfecto en los neumáticos. Solo queda relajarse y disfrutar del paisaje.

ACABARON CON LOS CAIMANES

La corriente nos arrastra lentamente. De los árboles se descuelgan musgos, piña costeña y otras especies. Los rayos del sol caen plenos y se filtran hasta el fondo del río. 

El indígena Kogui nos había dicho que cuando él era un niño había caimanes y babillas en el río Palomino, pero los cazadores prácticamente acabaron con esas especies. Tampoco quedan muchos peces. Cuenta que antes había pargo blanco, lisa, guabino y “un bagre así de largo”. Y extiende el brazo para señalar más arriba del codo, al tiempo que abre los ojos y hace un gesto como relamiéndose.

A veces, los turistas que hacen el recorrido en neumático logran ver alguna babilla huidiza en los playones. Las que sí se ven esta mañana soleada son las garzas blancas. Descansan con sus patas largas sobre los troncos secos que la corriente ha abandonado en la orilla.

Arboles a lado y lado es lo único que se observa durante kilómetros. Higuerones, yarumos y caracolíes, de los que se usan para fabricar canoas. Algunos de treinta o cuarenta metros de alto. Salvo por el murmullo del río, el silencio es total. Un martín pescador vuela a ras de la corriente.

Al cabo de un buen rato –en el río se pierde la noción del tiempo– Andrés Gaitán anuncia que estamos a punto de llegar a los rápidos de Techo rojo. Al frente sobresalen algunas rocas, no muy grandes. La corriente se acelera y se estrella contra las piedras. Mientras más nos acercamos, más difícil se hace maniobrar sobre el neumático para esquivar las rocas. De todos modos, el impacto es apenas similar al de los carros chocones 

De la misma manera atravesamos minutos después los rápidos de Los Manatíes y El Caracolí, que le ponen un poco de emoción al paseo, por demás tranquilo y contemplativo. En invierno –aclara Andrés– el asunto se torna más difícil y la adrenalina aumenta. El caudal puede subir más de cincuenta centímetros y entonces la corriente arrastra con ímpetu los neumáticos.

Esta clase de paseos ha ido cobrando fuerza en los ríos que bajan al mar desde lo alto de la Sierra Nevada. A los mochileros europeos y estadounidenses les encanta. Bajan por el río Palomino y también –unos kilómetros más al sur–, por el río Don Diego, desde Taironaka, donde existe una asociación de quince jóvenes que presta el servicio de neumáticos. El Don Diego es quizá el río con mayor diversidad de fauna en sus riberas boscosas.

“Por el río Don Diego no es difícil ver monos aulladores, tití cariblanco y garza pico e’cuchara”, me había dicho la tarde anterior un trabajador de la Finca La Jorara, propiedad de un abogado boyacense que se enamoró de esta tierra y cambió su oficina de Bogotá por una casa incrustada en el bosque, al pie de la montaña y a menos de cien metros del mar. Allí recibe, sobre todo, a turistas americanos y europeos.

Al cabo de unos noventa minutos, el río Palomino se ensancha. A lo lejos se divisa el puente que une a Riohacha con Santa Marta. La corriente arrastra los neumáticos bajo el armazón de concreto y acero y los impulsa hacia la desembocadura en el mar Caribe. El último trecho es aún más tranquilo. Allí el paseo puede terminar con un rato de playa o con un sancocho de pescado que algunas mujeres preparan en los kioscos de la orilla del mar.

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