domingo 08 de noviembre de 2009 - 10:00 AM

Historia viva que recorre las calles de la capital alemana

Hay dos formas de hacer turismo por la Berlín de hoy. La primera, llegar en búsqueda de un pedazo de Muro para tomarse la fotografía y publicarla en el Messenger o en el Facebook. La otra, adentrarse en la historia viva de una ciudad completamente diferente a las demás urbes europeas, para terminar reconociendo que es, sin duda, la Capital del Siglo XX.

Basta repasar la historia del siglo pasado para ver que fue el escenario de los hechos que marcaron la pauta del mundo: desde la Primera y la Segunda guerras mundiales y todo el desarrollo de la Guerra Fría, hasta movimientos culturales y sociales que emergieron en sus calles, como el famoso Love Parade, la máxima fiesta electrónica que se extendería por todo el mundo.

Lo curioso, al recorrerla, es saber que nació de la unión de dos pueblos divididos por un río, como si su destino, desde el origen, estuviera marcado por la desunión.

Estamos acostumbrados a las ciudades que nacieron como pequeños pueblos con centros fácilmente reconocibles. Contaban con plazas y alrededor de ellas se forjaban imponentes edificaciones de los principales entes del poder (iglesia, ejecutivo y judicial).

Berlín es otra cosa. Hace tan sólo 20 años atrás eran dos ciudades, que hasta agosto de 1961 habían sido una sola con mosaicos de sectores rusos, estadounidenses y franceses, entre otros; mientras que hasta 1945 fue la capital del temible Imperio Nazi.

De ahí que cuando se empieza hablar con sus habitantes, ellos suelen preguntar, qué otra ciudad de Alemania se visitará, pues creen que quien visita sólo Berlín, no conoció la Alemania de verdad. 'Berlín tiene tanto que casi no tiene nada de Alemania', asegura Andrés Martiano, argentino que vive hace cuatro años en esta ciudad, donde es guía turístico mientras estudia literatura alemana.

Más allá de los órdenes geopolíticos que marcaron su historia en la segunda mitad del siglo XX, todo esto generó una interesante riqueza cultural. Mientras que los países aliados querían mostrar las bondades del capitalismo, Rusia deseaba que el mundo viera la primavera del Socialismo.

'Relegada quedó la tradición alemana en Berlín. El Muro terminó rodeando a Berlín occidente, aislándola del todo, mientras que el Este era directamente influenciado por Rusia. Por eso, es considerada como una de las cunas de la diversidad, pero no se ha logrado que los alemanes se vuelvan a apropiar de ella como su capital, su gran ciudad', dijo Martiano.


Una nueva urbe

La Berlín unificada está a punto de cumplir 20 años (9 de noviembre), y aún no cuenta con un verdadero centro, aunque siempre se toma como eje la Puerta de Brandenburgo, creada en 1791, que fue la frontera entre este y oeste. Ahora es el símbolo número uno de la reunificación.

Sin embargo, no es el lugar predilecto de los habitantes de la capital alemana, sino el punto ideal de partida para turistas que desean conocerla.

Desde allí se pueden realizar recorridos turísticos en los que se alternan las historias del Muro, elemento clave de la Guerra Fría, con todo lo ocurrido con el Holocausto Nazi.

Son 2.500 memoriales, de ambos hechos, los que se encuentran por toda Berlín. El número es alto por el propósito de no olvidar para no repetir los errores. Varios son extensiones de muro que no superan los 500 metros de longitud, la mayoría de ellos, de la zona que daba directamente a Berlín de occidente.

La noche del nueve de noviembre de 1989, cuando el primer punto migratorio entre este y oeste abrió su paso a las once de la noche, desde oriente los ciudadanos empezaron a derribar el muro.

Son pocos los lugares, que ahora son memoriales, donde se mantuvo el Muro tal cual como funcionó hasta 1989. En realidad eran dos paredes que nunca superaron los dos metros 20 centímetros de altura. El problema nunca fue saltarlo, sino el terreno que existía entre ambos, llamado el Campo de la Muerte, con todo tipo de trampas que lo hacía casi imposible de cruzar.

Por eso, los grandes escapes de este a oeste se dieron en los primeros años, cuando no se había aplicado la tecnología ni se había hecho la millonaria inversión en todo tipo de seguridad. De hecho, la República Democrática Alemana ya tenía un primer diseño de lo que sería el Muro en el Siglo XXI, convencidos de que duraría cien años más.

En pleno centro de Berlín aún se encuentran terrenos baldíos, donde antes estuvo el Muro. Otros fueron utilizados para crear zonas verdes y hasta bosques. En algunos casos, se construyeron imponentes escenarios para actividades deportivas y culturales.


Este: turismo capitalista

Como suele suceder, todos aquellos elementos que identificaban a la Alemania Oriental se convirtieron en los mejores ‘souvenirs’ para los miles de turistas que llegan para conocer su historia.

Todos los uniformes de los soldados de esa parte de Berlín, ahora son artículos infaltables en las tiendas de regalos, junto a las imitaciones de máscaras antigases y los sombreros tradicionales rusos para los crudos inviernos en Siberia.

Los Volkswagen clásicos, acondicionados como autos de policía o de bomberos, son alquilados para recorridos turísticos, y ni hablar de las centenares de postales que en todas las esquinas se encuentran contando cada uno de los hechos relevantes de la historia de esta ciudad.

Sin olvidar al hombrecito andarín, regordete y con sombrero que aparece en los semáforos, que en la reunificación estuvo a punto de desaparecer, pero que por exigencia de los berlineses se mantuvo. Ahora, su paso marcial y sus ademanes soviéticos, se encuentran en cuanto artículo de regalo existe.

El pasado del Holocausto Nazi y la historia del Muro de Berlín son los que más llaman la atención a los turistas, pero esta ciudad tiene mucho más, con una isla de museos Patrimonio Cultural de la Humanidad, junto a una arquitectura completamente recuperada luego de la devastación del final de la Segunda Guerra.

Si algo bueno pudo producir la división de Alemania y la Guerra Fría, es que la ciudad logró la creación de tres de las mejores óperas del mundo, así como modernos sistemas de transportes, telecomunicaciones y escenarios culturales que otras ciudades europeas envidian.

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