domingo 07 de septiembre de 2014 - 11:30 AM

Tras el pedaleo de los ciclistas criollos en la Vuelta Santander

Una experiencia viven los ciclistas en sus bicicletas y otra los directores y miembros de sus equipos en los vehículos que los acompañan. Sin embargo, los que siempre ganan son los espectadores y seguidores de este deporte nacional, para quienes el ciclismo es una fiesta que despierta felicidad y amor patrio.

Dos cosas entrega el ciclismo en Colombia: alegría y la posibilidad de ver en la orilla de la carretera, sin pagar un peso, a un lote de velocistas y escaladores en medio de una estela de optimismo y patriotismo. ¿Y la meta? Sí, la meta importa, y qué suerte la de aquellos que pueden gritar en el último tramo por su ciclista favorito, pero, para los menos afortunados, están la radio y sus comentaristas, que como la velocidad de una rueda, hacen volar la imaginación.

Es el inicio de la clásica de ciclismo de la región, ‘La Vuelta Santander 2014’, en el parque García Rovira de Bucaramanga. Las campanas de la iglesia San Laureano atraen a los corredores, que se acercan vestidos con sus licras multicolores y su bicicleta en mano. Antes de pasar al sitio de partida, no están de más unas cuantas oraciones y bendiciones desde el púlpito, para los corredores del equipo de la Gobernación de Boyacá, el primero en llegar en una buseta.

Esta competencia, que se realiza desde hace más de tres décadas, con varias interrupciones, es la mejor excusa para recordar a los pedalistas que dejaron huella por las vías del departamento: Alfonso Flórez Ortiz, Efraín Guevara, Federico Muñoz, Gerardo Moncada y Hernán Buenahora.

Se da aviso a los ciclistas. Más de una docena de vehículos acompaña a sus equipos. Cargan ruedas, bebidas y comidas energizantes, caramañolas y todo lo necesario para apoyar al competidor durante el recorrido.

Se saludan los del equipo de Une con el director del Movistar Team, Libardo Leyton, veterano en este deporte, con 23 años de experiencia. Minutos antes de que se alce el banderín y se emprenda la fuga, solo se expresan buenos deseos, pero cuando los ciclistas hacen uso de su individualidad y genialidad, para superar las montañas, el frío, el calor, el aire que corta el rostro, los brazos y las piernas y, en nuestro caso, algunos huecos en las carreteras, nadie los detiene.

Parte el lote a toda velocidad escoltado por la caravana de vehículos. Viajar como copiloto, ser testigos de lo que ocurre al interior de un equipo, escuchar sus secretos, estrategias e historias es una experiencia que debería permitírsele a cualquier colombiano y amante de este deporte.

 “Buenos días a toda la caravana. Bienvenidos a la primera etapa de la Vuelta Santander. Éxitos para todos”, dice uno de los comisarios por radio.

El grupo sube por la calle 36 hasta la carrera 15, para tomar la autopista al sur de la ciudad, llegar a Curos, luego a Pescadero y San Gil y terminar en Mogotes.

Semáforos,  motocicletas, taxis y carros particulares mal estacionados, transeúntes y vendedores ambulantes que acostumbran a cruzar a diario las vías desaparecen del paisaje. Solo existe espacio para los ‘caballitos rodantes’, los aplausos y la palabra más pronunciada en el recorrido: “¡Vamos!”.

“Una vaina muy dura”

Al llegar a la Puerta del Sol, los conductores se bajan de sus vehículos y graban el momento. Más y más aplausos sacuden los corazones de los equipos. Desde el puente del intercambiador, estudiantes de colegio gritan: “Nairo, ahí va Nairo”, a pesar de que el corredor está en Europa. Todos se detienen a ver el lote conformado por 95 corredores (43 son menores de 23 años), que pertenecen a 13 equipos nacionales.

La caravana ‘pinta’ la autopista a Floridablanca. Los pitos de las motocicletas acompañan la sirena de la Vuelta a Santander. Solo sonrisas se ven en los rostros de los espectadores, pese a la velocidad que alcanza el vehículo del equipo Movistar Team.

Los carros de los equipos se abren al carril derecho para darle paso a un corredor del equipo Formesán, número 1114, cuyo recorrido se vio afectado por un problema en la llanta trasera de la bicicleta, metros antes del puente de Provenza.

Libardo Leyton, director del equipo, sonríe de vez en cuando. Al parecer, lo que ocurre en la vía ya no le sorprende, pues cada vez que viaja por el país y por el mundo con un equipo de ciclismo, la reacción del público es la misma. “Algo tiene el ciclismo. Produce una sensación de esperanza que lleva del nerviosismo a la felicidad”, dice.

El radio informa cómo avanzan los corredores. Cada vehículo lleva el listado de los competidores, con su respectivo número. “El lote avanza sin novedad. Lo encabezan los número 23, 47, 53, 75…”. Así es el reporte del comisario.

El profesor Leyton aprovecha para contar que nunca fue corredor, pero sí tuvo que empezar lavando los uniformes, cargando marcos de bicicletas, llevando bebidas y soportando, muchas veces, las imprudencias de los inexpertos corredores.

En la parte trasera del vehículo viaja Humberto ‘Beto’ Estupiñán, exciclista boyacense en los años 1994 y 1996, y quien ahora es asistente de Leyton. “El ciclismo es una vaina muy dura”, es la única frase que expresa durante las tres horas de recorrido.

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Pescadero y sus curvas

En esta zona los equipos entran a zona de alimentación. El primer premio de montaña, a mil metros de altura, en el alto de Curos, se cumple sin novedad. Leyton y ‘Betro’ alistan las caramañolas para entregar a sus corredores. Lo mismo hacen el resto de equipos.

Al fondo el Cañón del Chicamocha, imponente, emana vientos cálidos. El sol refleja la sombra de los ciclistas en la vía marcada por las curvas.

Pasa cerca al carro de Movistar Team el escarabajo santandereano Víctor Hugo Peña, del equipo Aguardiente Blanco del Valle. “Esta subida la hacen cada vez más difícil”, dice de forma irónica a Leyton, quien suelta una carcajada y le abre camino.

Las venas se marcan en las piernas de los corredores. Están sedientos y cuanto antes hay que buscar un lugar en la vía para abastecerlos. Los vehículos frenan. Los competidores se aferran a las carimañolas y toman su líquido en segundos.

Tractomulas y vehículos particulares que esperan en la orilla de la carretera disfrutan del recorrido. Campesinos con sus bestias cargadas, ancianas paradas en las puertas de sus viviendas, jóvenes sentados en cajones de madera, propietarios de restaurantes y ventas de fruta… Todos quieren ser parte de la carrera.

Volver a ser niño

Se alcanzan los 1.774 metros de altura, en el alto de Aratoca. Se han recorrido casi 80 kilómetros desde que se partió de Bucaramanga y la fiesta se prende. Cada 500 metros aparece un grupo de niños de escuelas veredales, sentados junto a sus profesores y maestros, alzando banderines y la bandera de Colombia.

Los gritos se escuchan a cada extremo de la vía. Corredores de Epm Une, Formesán de Bogotá, Pijaos-Gobernación del Tolima y Movistar Team imponen el ritmo. Las indicaciones dadas por los comisarios llaman la atención. “En la zona donde hay una carpa verde, cerca a una casa de tabla, un poco antes de tomar el desvío a Mogotes, hay un sobresalto. Tengan cuidado”. “En las vías de Colombia escasean las señales de tránsito. Le toca a uno a veces intuir”, añade Libardo.

Entrando a Mogotes la situación se complica para los ciclistas. El terreno está sin pavimentar. “Equipos tengan cuidado. No cumplieron con los arreglos que prometieron y la vía está destapada”, alerta el comisario.

Tanto los vehículos como los escarabajos bajan la velocidad, pero los gritos de los campesinos desde las puertas de sus casas y de más niños de colegio, levantan los ánimos.

Detrás de la meta

Las calles y balcones de Mogotes están vestidas con la bandera del municipio. Las vías dejan mucho que desear, pero el que ve la oportunidad no la deja pasar. Y ese es el caso del ganador de la primera competencia, Walter Pedraza, del equipo Epm Une. “Faltando dos kilómetros vi el momento oportuno de poder atacar, sin que nadie me siguiera”, expresó el corredor.

Ningún equipo, a excepción de los directores de los equipos ganadores, llega al pódium. Los vehículos y corredores se ubican detrás de la tarima. No se ve lo que ocurre en medio de los espectadores, lo cierto es que todos se prepararon para esperar a la Vuelta Santander, vestidos con la camiseta de la Selección Colombia y banderines de colores.

Los corredores de Movistar Team ingresan al bus que los transporta, que cuenta con sillas reclinables, una sala de estar y baños. El resto de equipos no tiene este mismo chance. Se detienen, se hidratan y esperan indicaciones. Sin embargo, son abordados por los seguidores que piden autógrafos y fotografías.

Todos deben retornar a San Gil, pues la segunda etapa parte de la ‘Perla del Fonce’ al día siguiente, rumbo a Vélez.

Termina así la fiesta. “¿Quiénes partirán a Europa el próximo año? No se sabe. Por ahora, discúlpeme, pero debo resolver un asunto. No tengo espacio para llevar a un ciclista en el carro y necesito que alguien me lleve unas llantas”, expresa uno de los miembros del equipo Formesán de Bogotá.

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