sábado 17 de octubre de 2009 - 10:00 AM

A 20 años del bombazo

Esa madrugada, Pedro Duarte, que hace 20 años era un auxiliar del área donde se imprime este periódico y hoy es el Jefe de Rotativa, se acomodó para dormir junto a una bovina y se tapó -no sabe porqué- con unos cuantos cartones que envuelven los rollos gigantes de papel.

Su turno había acabado a las tres de la mañana. Era un lunes festivo. Otros tres de sus compañeros también dormían dentro de las instalaciones del periódico. Lo hacían para cumplir con sus turnos en la madrugada. Este hombre, que ya lleva 27 años en la empresa, sólo recuerda que el estallido del carro-bomba lo dejó sin aliento y que si no hubiera sido por los cartones que lo cubrían, su cuerpo tendría hoy las marcas de cientos de diminutos pedazos de vidrio que cubrieron el lugar como si fuera un tapete.

Minutos antes, un hombre había dejado abandonado en toda la entrada del periódico, un Renault 4 amarillo que contenía 100 kilos de explosivos. Huyó rápidamente y ante la evidente tragedia -del carro salía humo- uno de los celadores de turno corrió al teléfono para dar aviso, justo cuando la fuerte explosión lo sacó de la caseta.

'Cuando me levanté todo estaba totalmente oscuro, olía a humedad, a pólvora, a tierra húmeda y la nube de escombros cubría todo', recuerda Pedro Duarte. Dice que la gran puerta que había sobre la carrera 14 con calle 34 continuó moviéndose por unos minutos, produciendo un ruido ensordecedor.

Tenía cortadas en el brazo izquierdo y así caminó hasta la entrada del periódico donde la escena podía compararse con un campo de batalla.

A los pocos minutos, Leonor Santamaría, que en ese entonces era la responsable del departamento a donde llegaban los textos antes de imprimirse, recibió una llamada. Era Pedro Duarte. 'Señorita Leonor, véngase porque pusieron una bomba en el periódico', fue lo que dijo.

Con su grupo de trabajo, Leonor había quedado de madrugar para montar la separata literaria y por eso estaba prácticamente lista para salir.

'Esas máquinas, las de fotocomposición, quedaron totalmente destruidas. Cuando llegué las puertas estaban caídas, las tapas de las máquinas volaron y no quedaba vidrio bueno', dice.

Cerca de las nueve de la mañana y con la ciudad paralizada por ese acto terrorista, Alejandro Galvis Ramírez llamó a Leonor Santamaría para preguntarle si se podía imprimir el periódico para el día siguiente. 'Las máquinas se ven enteras pero hay que probarlas. Sin embargo, se puede escribir y la máquina reveladora también está buena', fue su respuesta.

Darían la pelea. Le demostrarían a los violentos que a pesar de la destrucción, la libertad de expresión estaba por encima del poder de la dinamita.

Vanguardia Liberal había asumido una posición frontal contra el narcotráfico, pero el desquite contra quienes repudiaban abiertamente este flagelo quedó en evidencia cuando a Luis Carlos Galán lo mataron en agosto del mismo año del bombazo.

En septiembre de 1989, el periódico cumplió 70 años de haberse fundado y a la celebración asistió el Presidente Virgilio Barco, quien aprovechó el acto para declarar la guerra al narcotráfico. El periódico, con toda su política editorial apoyó las medidas y al mes siguiente los ‘narcos’ se la cobraron.

Álvaro Torres, que hoy hace parte del departamento de diseño y que fue uno de los primeros en llegar al diario, afirma que el panorama era completamente desolador y que no puede olvidar que en la calle, sobre los escombros, sobresalían las máquinas de escribir como si se tratara de la más triste de las ironías.

Se enteró de la bomba porque una vecina lo llamó alertada luego de escuchar la noticia en la radio. 'Sólo se me ocurrió llamar al periódico y me contestó Pedro Duarte que me dijo: aquí esto es un caos. Y colgó'.

Llegó justo cuando estaban sacando el cuerpo sin vida de José Noé García, quien hacía poco había sido condecorado por sus 33 años de servició a la empresa. ‘Don Noé’, como lo llamaban, se encargaba de limpiar la rotativa. Su hija, María García, que a los dos años del bombazo empezó a trabajar en el diario y hoy continúa, recuerda que tenía 15 años y que no la dejaron entrar al edificio. Ni siquiera avanzó de la esquina de la calle 34 con carrera 14. Todo estaba militarizado.

Álvaro Torres recuerda que entró a la oficina de gerencia y encontró a Alejandro Galvis Ramírez sentado en su escritorio con una cara de profunda tristeza y desconcierto que no puede olvidar.

Pero esa imagen, en medio de los escombros, se transformó rápidamente, en otra, de esperanza, que fue lo que trasmitió quien estaba a la cabeza de esta empresa periodística. Hizo lo mismo que su padre, Alejandro Galvis Galvis, en 1953, cuando, las instalaciones fueron también blanco de los violentos. No había otra posibilidad que seguir adelante.


Pese a todo, ¡circulamos!

'Duelo y destrucción'. Así tituló Vanguardia Liberal su primera página al día siguiente de haber sido víctima del narcotráfico.

Los periodistas que hoy continúan en la Redacción y que estuvieron presentes ese día, afirman que el tercer piso donde se encontraban sus puestos de trabajo, estaba cubierto totalmente de escombros y sin techo. 'Quedamos a la intemperie', dice Euclides Ardila, que en ese tiempo era redactor de la página local y hoy es coordinador de la misma.

'Ese día, la Redacción se convirtió en una sola. Desparecieron las fuentes, hasta los cargos, todos fuimos editores, redactores. Y no sólo la Redacción, lo hizo todo el periódico, tanto el que repartía como el que escribía'.

Euclides oyó la bomba porque vivía a seis cuadras del periódico. Lo despertó el ruido ensordecedor y cuando subió a la terraza, recuerda que se veían papeles volando que salían de las instalaciones del diario.

'Todo estaba en el piso, en ruinas, palos, tejas, mugre, pero lo más impactante fue la fachada del edificio; las escaleras estaban llenas de escombros, tocaba pasar por recovecos', recuerda Fabio Peña, que hoy dirige el proyecto Gente de esta casa periodística.

Nancy Rodríguez, hace 20 años redactora judicial y hoy editora, también escuchó la bomba en la casa de sus padres, que vivían en el barrio Guarín. 'Empezamos a tratar de rescatar las máquinas de escribir, porque la idea de todos era que el periódico tenía que salir como fuera'. Improvisaron una Redacción en el orillo que quedó techado –continuamente caían láminas de zinc que soportaban el techo- y algunos pudieron resguardarse de la lluvia, que entró sin pedir permiso.

Ese día, la destacada periodista y recién fallecida Silvia Galvis, asumió la dirección del periódico. 'Ella nos organizó y empezó a trabajar en caliente con cada uno de los periodistas'. Y mientras reestablecieron el servicio de energía eléctrica, cerca de las 7 de la noche, los redactores a la luz de las velas escribieron sus notas. 'El doctor Alejandro Galvis dijo: aquí estamos y aquí vamos a circular y demostramos que con las uñas se podían hacer grandes cosas', afirmó Euclides.

El ruido de la máquinas de escribir se escuchó a las 3 de la tarde. !Pese a todo, circulamos! y la edición del otro día fue un gran premio ante tanta barbarie.


Los vecinos

Afuera del edifico de Vanguardia Liberal, pasando la calle, la tragedia también le arrebató la alegría a una decena de familias. Las viviendas parecían arrasadas por un terremoto.

Pedro Pablo Contreras Pinilla era en ese entonces Secretario General de la Alcaldía de Bucaramanga –durante la administración de Alberto Montoya Puyana- y su familia tenía una tipografía y papelería justo donde hoy se encuentra el hotel Sevilla.

En esa casa vieja de bahareque y teja española creció y allí mismo se fue fortaleciendo la empresa familiar llamada Talleres Gráficos, fundada en 1886 y la única fábrica de sellos de la ciudad en la década de los 80.

Cuando le avisaron del bombazo, este abogado entró un estado de pánico y dice que la ira lo transformó. 'Me encontré con una situación absolutamente caótica, las paredes agrietadas señalaban la potencia de la onda explosiva'.

Recuerda cómo una pareja de ancianos, que tenían un pequeño vivero en la casa de al lado, sobrevivió porque a la hora de la explosión ya estaban tomándose el primer café de la mañana en la parte más profunda de la vivienda. 'Ella caminaba sobre los escombros diciéndole al marido: ay mijo, mire cómo le dejaron el periódico al doctor Galvis. Y no se daba cuenta de lo que le habían hecho a ella'.

La tipografía tocó demolerla porque no ofrecía ningún tipo de seguridad y un amigo, dueño de otra tipografía sobre la calle 37, les tendió la mano. Fue allí, sin pagar arriendo, que funcionó la empresa a pérdida. 'Quebramos porque no teníamos el corazón de mandar a 14 empleados a sus casas. Lo intentamos, pero a los tres años se cerró', dice.

Otro de los afectados fue Ramiro Olarte, quien tenía una compraventa llamada Acuario, exactamente frente a la portería de Vanguardia Liberal. El local se lo había arrendado a la pareja de ancianos que recuerda Contreras.

Como el día de la tragedia fue un lunes festivo, Ramiro se enteró por la llamada de un familiar. Estaba en Bogotá y pensó, que por mucho, se habían dañado dos licuadoras. Tenía vuelo de regreso para las 8 de la noche, pero cuando vio el noticiero de las 12 del medio día, supo que de la compraventa no quedaba nada. Ramiro recuerda que pedazos del portón de su negocio, que tenía tres metros de ancho, fueron a dar a la calle 33.

'Cuando llegué ni siquiera sabía cuál era la puerta de la compraventa. Sólo se salvó la caja fuerte donde tenía las joyas que devolví a los clientes, gracias a que un amigo me prestó un pedacito de su propia compraventa'.

Ramiro duró seis meses esperando a que terminaran de construir un edificio frente al periódico -que aún existe-, donde volvió a montar su negoció. Finalmente lo cerró en 2006.

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