domingo 16 de mayo de 2010 - 10:00 AM

Buscando a otros, encontró a su hijo desaparecido

Una pequeña caja de madera resume la tragedia. 'Es un logro doloroso', dice Aura María Díaz, quien esperó 15 años para dar con el paradero de su hijo Cesar Ariel. El caso lo desempolvó Medicina Legal en febrero de 2010 y hace una semana sus restos, hallados en el cementerio de El Palmar, Santander, identificados como N.N., fueron finalmente velados y llorados por sus familiares.

Sobre un mueble de madera ubicado a un lado del comedor de la casa de Aura María Díaz, en el barrio Dangond de Bucaramanga, están alineadas varias fotografías de su hijo Cesar Ariel. Son imágenes viejas. La más reciente tendrá, por poco, 15 años, el mismo tiempo que su hijo mayor duró desaparecido y que sumió en un calvario a esta mujer que hoy tiene 60 años.

Aura María no se cansa de decir que es la madre de un desaparecido. Lo hizo incluso hace una semana, cuando más de 150 mujeres de toda Colombia que no saben dónde están sus hijos, la acompañaron en una peregrinación por los lugares que recorrió, ya muerto, César Ariel.  

'¿Dónde están los más de 50 mil desaparecidos de Colombia?', gritó Aura María cuando llevaban a velar los restos de César Ariel, metidos en una pequeña caja de madera. Ella dice que se olvidó de su duelo y su silencio y empezó a gritar por todos los desaparecidos, por los de la guerrilla, por los de los paramilitares, por todos, que para ella son iguales. 'Lo que comenzó en una procesión se convirtió en una marcha', dice Aura María.

La última vez que esta maestra pensionada vio con vida a su hijo fue el 5 de septiembre de 1994, cuando César Ariel Sepúlveda Díaz viajó a las 4 de la mañana desde Bucaramanga al municipio de Oiba, a recoger un camión de la familia. Era lunes, tenía 22 años, trabajaba como constructor y había aprendido a manejar tornos y frisadoras en el Sena.

'Al chofer del camión lo detuvieron en Oiba la noche anterior y César Ariel viajó para tratar de solucionar la situación', recuerda. Ella no quería que fuera y se lo dijo. Pero él insistió. 'Ni siquiera me di cuenta cuando salió'.

La noche había sido confusa. No existían los celulares. El día avanzó y César Ariel no regresó. Luego, en Oiba, un soldado le dijo a Aura María que había visto a su hijo en el edificio donde funciona la Policía y otro hombre del pueblo le contó que cuando César Ariel salió a coger el bus, unos hombres vestidos de civil le dijeron que se fuera con ellos en un campero; llevaban armas debajo de un poncho.

'Pensamos que los hechos en que estaba involucrado el chofer eran muy graves y que a César Ariel lo cogieron y torturaron. Y usted sabe que a un torturado no lo dejan vivo', dice hoy Aura María. Para la época, esta mujer no tenía idea de qué era la desaparición forzada.

Ese último día, en la noche, llegaron tres hombres al apartamento donde vivía Aura María, la encerraron en una habitación, le mostraron una lista con nombres donde estaba el del chofer y le preguntaron por el paradero de César Ariel. Ella dijo lo que sabía. No la amenazaron directamente, pero durante mucho tiempo se sintió vigilada.

A los ocho días de la desaparición de su hijo, Aura María regresó a Oiba justo cuando celebraban el día del campesino en medio de la plaza principal, y sin pensarlo, le quitó el micrófono a un sacerdote para decirles a todos que era la madre de un desaparecido. A los dos meses le mandaron la razón de que a César Ariel lo habían matado y echado al río.

En el camino

El caso de César Ariel fue desempolvado, por fortuna (si así puede decirse) para esta mujer de voz fuerte que se convirtió en líder a punta de dolor, resistencia y esperanza.

Fue solo una coincidencia que cuando funcionarios de Medicina Legal la llamaron a finales de febrero de 2010 para informarle que tenían una hipótesis sobre el paradero de su hijo, se enteraran de que era la coordinadora de la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos, Asfaddes, en Bucaramanga. Es por eso que al lado de las fotografías de César Ariel, hay otras, ampliadas, de las Madres de Plaza de Mayo en Argentina.

Aura María se enteró de la existencia de la Asociación casi desde el principio, cuando a diario iba a las oficinas de la Defensoría del Pueblo para preguntar por su hijo. Pronto le presentaron a María Noelia Parra, una profesora que la vinculó a Asfaddes y fue allí donde encontró el ánimo para continuar, pero también para exigir.

'Cuando me llamaron en febrero y me dieron esa noticia tan trágica, yo no supe ni cómo quedé. Mi labor de defensora de derechos humanos es buscarlos a todos, a los que no tienen voz, a los que están invisibles y cuando me llamaron no sabía si era mi hijo o era otra persona'.

Así se enteró que funcionarios de Medicina Legal habían cruzado la información que tenían sobre desaparecidos en la región comunera, con la que había suministrado Aura María al Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres, Sirdec, que se alimenta a nivel nacional. También le dijeron que necesitaban hacerle las pruebas de ADN. La espera duró dos meses, tal vez los más duros de la ausencia de su hijo.

Sin embargo, en Medicina Legal la búsqueda había comenzado mucho antes. Uno de los casos de N.N. que se encontraba archivado era el de un cadáver hallado en una vereda del municipio de El Palmar, a una hora en carro de El Socorro, Santander, sólo 14 días después de la desaparición de César Ariel. Según los datos registrados, aunque no fue posible tomarle huellas digitales cuando se encontró, sí se identificó que era un hombre y entre las fotografías que le tomaron había una de los pies, porque presentaban malformación.

Los investigadores ataron cabos. Supieron que al municipio de Oiba lo atraviesa el río Oibita, que éste desemboca en el río Suárez y que a su vez, este último pasa por El Palmar, donde el cadáver terminó en una orilla. Quedaba claro que los homicidas lo habían arrojado al río, como lo afirmaba el viejo rumor.

Luego pidieron a la Fiscalía que hicieran la exhumación del cadáver para finalmente hacer la prueba de ADN. Estaba en una fosa a dos metros de profundidad entre una bolsa negra. No fue fácil hallarlo.

'Me preparé para lo que iba a ocurrir. Yo siempre estaba buscando a otros y como que no me sentía encontrando a mi hijo', dice hoy Aura María sentada en la sala de su casa.

La respuesta

El 24 de abril, estando en un congreso internacional de exhumaciones en Bogotá, Aura María recibió la llamada tan esperada. 'Me dijeron que me comunicara con Medicina Legal porque tenían una razón para mí. Pregunté si era positiva o negativa y me dijeron que era positiva'.

Hace una semana, el día de la entrega de los restos de César Ariel en el hospital de San Gil, muchas madres de desaparecidos la acompañaron. Aura María dice que la malformación que su hijo tenía en el pie, era la marca de un rosario. Toda la familia es muy creyente. Tal vez por eso decidieron hacer una peregrinación. Empezaron en San Gil y luego llegaron al cementerio de El Palmar, donde cada uno de los familiares ayudó a cerrar la fosa donde los restos de César Ariel permanecieron por 15 años.

Cuando regresaron a Bucaramanga lo velaron como lo hubieran hecho en 1994. 'Hicimos lo que nos negaron. Uno no puede seguir soñando e imaginando qué les hicieron a los desaparecidos, uno tiene que saber la verdad', es la sentencia de Aura María.

Lo enterraron en el cementerio Las Colinas. Con esto, en parte, su madre dice minimizar la zozobra. 'Es un logro doloroso, pero falta la verdad', dice.

'Hoy después de tantos años de soñarte, de anhelar tu presencia, de reinventar tu recuerdo, de resistir con dignidad, nos regalaste la más hermosa señal que amor alguno puede ofrecer. Has vuelto hacia nosotros, no como esperábamos pero igualmente así te amamos y te amaremos', escribió esta mujer de hierro, como un homenaje, el día de su velación.

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