domingo 04 de abril de 2010 - 10:00 AM

Cambiando vidas a través del arte

Además del vínculo inexorable que une a estos dos hombres debido a su oficio, también comparten esa expresividad apasionada que se refleja en sus ojos cada vez que hablan.

Sus sentimientos son una montaña rusa pero los asumen con valentía. No tienen miedo de decir que su vida ha dado un vuelco: tomaron ‘el toro por los cuernos’ y aceptaron la labor que, quizá el destino, les puso en el camino: cambiar vidas por intermedio del arte.

Jaime Alba, reconocido artista plástico y Sergio Ducon Angarita, artista del fique, se dieron cuenta de que el arte tiene mucho poder y lo utilizaron para trasformar el mundo de 20 reclusos de San Gil, de un habitante de calle y de un joven con necesidades educativas especiales. Y es apenas el principio.

Vanguardia Liberal indagó en sus historias.

EL ARTE ES REDENTOR

Jaime Alba tuvo miedo. Dos grandes retos se le han presentado a lo largo de su vida y tuvo miedo, pero no se quedó paralizado.

La primera vez que lo sintió fue diez años atrás, cuando conoció a Silvestre Guillén, para entonces un habitante de calle. La reunión se dio en la casa de un amigo de ambos y luego de reconocer en Silvestre un amante del arte, decidió hacer una obra en conjunto. Y tuvo miedo, claro. No sabía en qué se estaba metiendo. No se equivocó. Fue duro, toda una odisea.

'Incluso hice algo que nunca había hecho, porque como se sabe, los artistas son celosos de su obras. Le permití a Silvestre tomar una obra mía e hicimos ‘Apocalipsis 6.4’ entre los dos. Silvestre se encargó del collage y se produjo la fusión de muchas cosas'. Esa fusión le quedó gustando a Jaime y le ofreció una beca para estudiar en su academia. Desde entonces el trabajo se planteó arduo. 'Silvestre hacía las cosas diferentes. Llegaba y ponía el bastidor en el suelo y yo le preguntaba ‘¿qué estás haciendo?’. Entonces él me respondía: 'si voy a llegar a un resultado bien especial, ¿qué importa cómo ponga el bastidor?'. Jaime dice que ha aprendido mucho de Silvestre. Cuando empezaron hace diez años, el trabajo parecía ir viento en popa, pero de repente Silvestre escapó. Lo dejó todo. Se fue. Y no dejó rastro.

Silvestre, cuando escucha este recuerdo, agacha la cabeza. El año pasado tenía el cabello corto. Hoy lo tiene largo de nuevo. Tiene los ojos verdes y habla con un cierto dejo de hombre de mundo, relajado. Y sin embargo, a este hombre talentoso le tomó varios años más entender que su destino era el arte. 'La palabra arte', dice Jaime Alba, 'le dio respeto ante la sociedad'. Entonces, ¿por qué escapó? 'Porque los lazos que uno tiene en la calle son muy fuertes'. Y Silvestre los conocía ya muy bien.

La primera vez que se fue de su casa tenía 8 años. Su familia había salido desplazada de su tierra y sus hermanos habían sido asesinados. Su pasión por el arte parecía no calar en su familia. Se sentía incomprendido.

En esa ocasión, la Policía lo regresó a su casa, pero a los 12 años, cuando se marchó de nuevo, pasó muchos años desaparecido y las drogas y la calle ya lo tenían agarrado por el cuello. Y no le ha sido fácil salir. Aún lucha.

Muchos años después, ya con 20, se encontró coincidencialmente con Jaime y ahí empezó su historia. La beca, la oportunidad de desarrollar un talento que hasta ese momento estaba restringido a la confección de manillas. Pero se volvió a ir. Y parecía que el destino lo atraía nuevamente al lugar que conocía bien. Silvestre ha viajado por toda Colombia, por las fronteras, incluso por Venezuela. Y mientras él batallaba contra sus propios demonios, Jaime Alba luchaba por encontrarlo. 'Incluso lo fui a buscar hasta Medellín, porque me enteré que estaba allá'. Y Silvestre volvió. Una llamada del corazón, explica. Lo que haya sido en realidad, lo trajo de nuevo a Bucaramanga, al taller de Jaime Alba.

'Un día sentí que tenía que volver a estudiar con Jaime. Dejé la casa de mi hermano, con quien vivía y cogí el primer bus para acá. Cuando llegué, me topé con la sorpresa de que 'el parcero' ya no tenía el taller en el mismo lugar. Pero como tengo amigos en las calles, ellos me informaron dónde estaba Jaime y al día siguiente me le aparecí. Me le planté en la puerta y le dije: 'maestro, la beca que me ofreció hace diez años, ¿sigue en pie?'. Por supuesto, Alba se lo ratificó y ahora trabajan en el taller.

Silvestre quiso escapar de su destino. 'A veces pienso que lo que hizo que mi vida girara fue esa beca. El arte me da la posibilidad de transformar algo. Y con el arte se puede salir de la mierda'.

Algo semejante

El caso de Héctor es distinto, pero para Héctor se semeja porque también tuvo miedo ante este segundo gran reto que se le presentó. Héctor es un joven con necesidades educativas especiales que hoy comercializa sus obras en Estados Unidos. También tiene los ojos verdes, grandes y expresivos. Mientras Silvestre habla, él hace gestos para manifestar sus ideas y está pendiente de todo.

Héctor encontró la Academia de Jaime por el directorio telefónico. 'Yo le dije a mi mamá que quería hacer mis cosas. Antes yo sólo la acompañaba a hacer sus vueltas. Pero quería hacer otras cosas y me dediqué a buscar. Encontré la Academia y vine', cuenta Héctor. Claro, Jaime tuvo miedo. No sabía si resultaría.

Pero sí funcionó. Jaime piensa que ese es su destino. Que está aquí, en este mundo, para hacer algo importante. 'Cuando me detuve a pensar en que sólo se le abren puertas a los artistas conocidos y a los que tienen palanca, me di cuenta que quería abrir puertas a los que no conoce nadie'. Y lo logró. Silvestre Guillén ha sido reconocido como uno de los artistas plásticos más promisorios y Héctor ya está exportando a otros países. ¿Y Jaime? Jaime Alba es un importante Maestro de Bellas Artes con tres décadas de trabajo artístico y 20 de docencia. Y tiene una misión en su camino. Con eso está feliz.

Un corazón de fique

Sergio Ducon trabaja con 20 presos de la cárcel de San Gil. Ellos y su esposa dan luces a su empresa de artesanías ‘El Telar’.

Antes, cuando Sergio vivía en Bucaramanga, estaba lejos de imaginarse que más adelante trabajaría con los reclusos, madres cabeza de familia y personas en situación de desplazamiento, como es el caso cuando instruyó a la importante Asociación Luz y Vida. Y lejos estaba también de imaginarse que personas que están aisladas de la sociedad y que no entran en su dinámica, serían la fuerza que impulsaría uno de sus mayores sueños.

¿Por qué decidió trabajar con reclusos?

'Me di cuenta de que ellos, independientemente de que han cometido delitos, tienen una cantidad de conflictos personales, de problemas, que al verlos empezaron a hacerme cambiar. Todos somos personas, todos necesitamos una mano'.

Sergio conoció a sus 20 trabajadores en el 2005, cuando le fue encomendada la formación en los patios de baja y mediana seguridad. Una vez que estuvieron instruidos, los presos le manifestaron una inquietud. 'Me preguntaban qué podían hacer, la gente quería comprar sus artesanías a cualquier precio porque su situación'. Sin recelos, Sergio les ofreció su empresa como plataforma para comercializar sus obras.

El recuerdo enrojece sus ojos. También su rostro, blanquísimo. Se pasa la mano como tratando de controlarse, pero a lo largo de su historia, sus emociones suben y bajan casi sin que las pueda detener.

Le pasa cada vez que menciona la situación de los sembradores de fique en Santander, que, dice, no ganan lo suficiente ni siquiera para sostenerse y que ya no quieren seguir cultivando este material que tanto ama. Pero una de sus metas es reactivar la ruta del fique en el departamento. Y no le hace falta pasión para lograrlo. Sabe que habrá obstáculos pero Sergio es como el fique, resistente. Como prueba, añade que este material es capaz de cocerse a más de 40 grados y que esa fue una de las razones para escogerlo.

Su historia comienza en Bucaramanga, Sergio es el tercero de tres hermanos. Su papá nació en Ocamonte, en la provincia Guanentina y su mamá en el Valle de San José. Hizo su camino para estudiar diseño textil en Centro Diseño Taller 5, en Bogotá y a partir de ahí experimentó con todas las fibras. Sin embargo, cuando en 1994 empezó un proceso de capacitación con el Sena y el Ministerio de Agricultura para fortalecer la cadena productiva del fique aplicado a la artesanía, se enamoró de este material y 'se casó'. Ya no trabaja con ninguna otra textura. Y es tan bueno, que su pericia le valió ganar la Medalla a la maestría artesanal en la categoría contemporánea, otorgada por Artesanías de Colombia, la semana pasada. Estaba en San Gil cuando recibió la noticia y durante unos minutos se quedó mudo por la emoción.

Incentivar la creación artística con materiales como el fique no fue tarea fácil. Para empezar, los artesanos estaban acostumbrados a convertir el fique en costales y no fue sencillo llamar su atención para que creyeran que con esta textura -áspera para ojos poco rigurosos- se podían hacer obras de arte.

Pero los convenció y sus alumnos pilosos crearon el Centro de diversificación del uso del Fique, Cedefique, en 1997. En total, Sergio estima que ha capacitado a 2.500 personas en el manejo del fique.

De ahí en adelante, Sergio ha cosechado logros tras exponer en Estados Unidos, Venezuela y Colombia.

Y finalmente, en 2005, su corazón dio el vuelco más grande al conocer a estos presos en San Gil. Pero como en toda buena historia, hay momentos amargos y otros dulces. Uno que combina los dos es el recuerdo de una feria en Medellín, en el 2005. Un artesano con doce años de trabajo, fue a mostrarle su obra. Al compararla con el trabajo de los aprendices de Sergio, se sintió triste porque no podía creer que tras todo este tiempo trabajando con el fique, no alcanzara la pericia otorgada en 90 horas de instrucción. Sus ojos se nublan. A veces a los artesanos les cierren las puertas. Por eso lucha, para que el arte libere los libere de todos sus barrotes.

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