domingo 09 de noviembre de 2008 - 10:00 AM

Carta a un delincuente del barrio Camilo Torres

No sé donde esté usted ahora. Pero aspiro a que algún día pueda leer este texto. Policías y agentes del CTI de la Fiscalía lo buscan. Por información para localizarlo pagan la nada despreciable cifra de $10 millones.

Esta carta no es un relato para juzgarlo. De eso se encargarán las autoridades, si lo atrapan. Quiero contarle la opaca incertidumbre que usted provocó en la vida de una familia humilde al pulsar con su dedo el gatillo.

De seguro en su escondite usted poco o nada conoce de Raúl*. Sí. El niño de 10 años que recibió en la frente la bala calibre 9 m.m. que usted disparó la tarde del jueves 11 de septiembre en el barrio Camilo Torres, al norte de Bucaramanga.

Por eso quiero narrarle sobre este pequeño que el próximo 8 de diciembre hará la primera comunión en la Iglesia María Auxiliadora. Acudirá a la eucaristía luego de resistir una neurocirugía, de luchar contra un edema cerebral y de estar conectado a una decena aparatos con luces. Irá caminando porque sobrevivió a su bala.

Sabía usted, por ejemplo, que Raúl es hincha del Deportivo Cali. A pesar de ser bumangués apoya el verde azucarero. A su corta edad, dijo que el Atlético Bucaramanga es un buen equipo, pero 'pierde casi todos los partidos'.

Debe conocer usted que el fútbol es su principal pasión. Le hace vibrar los huesos, le calienta el aire en los pulmones y lo hace gritar cuando convierte un gol en la cancha de cemento del barrio Girardot, su principal refugio a la hora de las clases de educación física.

Los estudiantes de quinto de primaria del Colegio Salesiano, sede C, Jaime Barrera Parra, lo conocen en la posición de delantero y el ‘profe’ de matemáticas y director de su grupo, Ramiro Quiñónez, dice que tiene habilidad. Es más, después de la intervención quirúrgica su mamá cuenta, que entre otras cosas, pidió un balón de fútbol. Balón que no tiene.

María Moncada, su mamá de 46 años, lava ropa en casas de familia en el barrio Girardot. Su padre, Mario Estrada, vende papas fritas en la calle, a sus 55 años. En los días con suerte, luego de caminar incontables calles, el hombre obtiene unos $15.000, pero cuando escasean los compradores regresa con toda la mercancía y nada en el bolsillo.

Entenderá usted entonces que un balón de fútbol, que se consigue por $10.000 ó $20.000, no es una prioridad en este hogar, que lleva 18 años residiendo en el barrio Camilo Torres.

El barrio Camilo Torres

No tengo que describirle este asentamiento, catalogado como ilegal por la Alcaldía de Bucaramanga. Usted lo conoce. Fue allí donde ese jueves usted activó el arma de fuego. ¿Recuerda? Ocurrió pasadas las 4:30 de la tarde.

Como una pañoleta que estalla, el ruido del disparo se disipó por entre los callejones del asentamiento que parece un muestrario de latas, maderas, hierros, rostros rígidos de hombres y risas de niños que juegan en las peatonales.

Al andar por estos pasillos mitad cemento, mitad ruinas, donde el agua fácilmente se encharca en las esquinas y se forman toboganes de lodo cuando llueve, es fácil escuchar el rosario de quejas por el abandono del Gobierno Municipal. La calle es entonces un recinto de culpas que no tienen disculpas.

Su agresión la conoció todo el barrio. En las más de 150 casas, algunas levantadas con tablas y tejas de zinc aferradas a la inestable ladera occidental de la meseta, donde residen 1.300 personas, aún se habla de su disparo.

Vendedores ambulantes, carpinteros, vendedores de chance, tenderos y asalariados, comentan su balazo. Allí su delito es vox populi. Algunos vecinos tienen miedo porque por personas como usted la inseguridad en el barrio Camilo Torres es un grave problema.

Pero siéntase afortunado. Los padres de Raúl ya lo perdonaron. Dicen que usted debe arreglar cuentas con Dios, no con ellos. Es más, no les interesa nada de usted. Pero tienen miedo, como sus vecinos.

Ellos no tienen dinero. Pero irse del barrio es una opción, a pesar de que llevan 18 años de los 44 de vida del asentamiento. La familia de Raúl vive cerca al atajo del parqueadero de la calle 28. Al barrio no llegan vehículos porque el acceso es un sendero peatonal. Sin embargo, el dueño de un parqueadero permitió hacer un atajo por su predio que colinda con el barrio.

La vivienda de Raúl se levanta cerca de esa senda. Su casa es de zinc. El techo y las paredes tienen esa coraza metálica que en las tardes de calor convierten los 15 metros cuadrados de su hogar en un sudario sostenido a fuerza de palos y latas.

Dos catres, una pequeña estufa, una mesa, una foto del presidente Álvaro Uribe y un palo de escoba colgado a un extremo (de donde se sostienen unas camisas), se disputan el reducido espacio.

Ese jueves

Una semana antes de que usted disparara en contra del pequeño Raúl, es decir, el 4 de septiembre, se consumió el último aliento de gas propano que contenía el cilindro de 40 libras que por $35.000 adquirió la familia. La falta de recursos económicos llevó a utilizar el fogón de leña.

Ese jueves 11 de septiembre, pasadas las 12:30 p.m., Raúl llegó del colegio. Algo de arroz, un patacón y un huevo fue calentado en la hoguera junto a la casa.

Tres horas después, Mario Estrada Quintero se despidió. Llevaba tres días sin salir a vender y no había dinero para el desayuno.

Raúl se sentó en una mesa instalada en la puerta del rancho. Sacó de su morral azul los cuadernos y su cartuchera con colores. A las 4:00 de la tarde sus tareas estaban resueltas. Así que buscó un diccionario. En la catequesis le dejaron la misión de buscar el significado de unas palabras referentes a la primera comunión que hará el próximo 8 de diciembre, el día de las velitas.

A las 4:30 de la tarde usted estaba a pocos metros del rancho de Raúl, quien seguía buscando en el diccionario. Entérese que a su corta edad el niño es  responsable, tanto, que ocupa el puesto Nº 15 entre los 40 alumnos del salón. Es ‘pilo’ para el español. Cuando lo ponen a escribir cuentos, es el primero. Lo malo es que le cuestan un poco las matemáticas. Las operaciones con fraccionarios lo complican.

Cuando María Moncada Arias estaba en la casa escuchó su disparo. Ella pensó que era pólvora y jamás se le ocurrió predecir la tragedia que usted causó.
- ¡Ay mamita!

Cuando se percató del quejido de su hijo se alarmó. Al salir se encontró a Raúl bañado en sangre.

Un vecino tomó al niño de las piernas, mientras su mamá le sostenía la cabeza, que no paraba de expulsar sangre por un orificio en la frente y otro cerca al oído izquierdo (salida del proyectil).

Subieron a la vía principal utilizando el atajo. Allí, un taxi los llevó gratis al Hospital Universitario de Santander, HUS, porque María no tenía dinero.
Raúl vomitó en el taxi. Sangre salía de su boca. Cuando el niño ingresó a la sala de urgencias del HUS su cerebro llevaba el camino de una bala, que según los médicos le robó algo de masa encefálica.

Mientras usted escapaba a la docena de policías que llegó al barrio, Raúl caía en un estado de coma superficial. La lesión en el cerebro ameritó una cirugía inmediata, mientras la familia firmaba una carta donde autorizaba la intervención médica de pronóstico reservado.
Raúl fue llevado después a la Unidad de Cuidados Intensivos, UCI, del HUS.

La semana siguiente la vida de Raúl estuvo en grave peligro. Si bien la intervención quirúrgica fue un éxito, al pequeño se le diagnosticó un edema cerebral, que es la acumulación de líquido y presión en el cerebro.

En esos días sus padres llevaron un paraguas contra los aguaceros de la desesperación. Como a menudo les resultaba insoportable la ausencia, rezaron unos cuantos Padrenuestros a fin de sobrellevar las sequías de fe.

El médico Jorge Lozano Vásquez, coordinador de la UCI pediátrica del HUS, asegura que durante una semana Raúl luchó por vivir.

La bala que usted disparó, por fortuna, no recorrió zonas vitales del cerebro. El proyectil destruyó áreas que son silenciosas desde el punto de vista neurológico, por lo que el proceso de recuperación  de la conciencia, la motricidad y el lenguaje, es adecuado.

Pero usted no se haga una buena idea. El médico especialista advirtió que por su disparo el niño tendrá secuelas, cuya gravedad sólo determinará el tiempo.

La lista de agresores


A estas alturas usted por poco es un asesino. Informes médicos relatan que en promedio fallecen 7 de cada 10 pacientes con un disparo de arma de fuego en la cabeza.

Lo cierto es que usted se suma a la lista de agresores de menores de edad que el año pasado maltrataron a 335 niños, siendo esta la cifra más alta durante los últimos 10 años.

Hay algo que quiero contarle de último. Hace tres semanas Raúl abrió los ojos y apretó la mano. Estaba tan rozagante que nadie osaría atribuirle una batalla a la muerte. Salió del hospital y llegó a su casa. Su receta de fe en Dios para sobornar a la muerte funcionó.

Por ahora, mientras usted se esconde, María y Raúl deben caminar 25 cuadradas desde el barrio hasta el Parque de los Niños, donde en un institución de salud le realizan terapias de recuperación en las mañanas, ya que tiene aún limitaciones de movilidad en varias partes del cuerpo. La familia no tiene dinero para el transporte.

Por su culpa, Raúl debe utilizar pañales, consumir medicinas y proteínas que desbordan el presupuesto de la familia. Por sus buenos resultados en el colegio ya aprobó el año, los profesores le promediaron las calificaciones. Pero la falta de dinero a veces no deja dormir a María y Mario.

El general  Orlando Pineda Gómez, comandante de la Policía Metropolitana, dijo que su disparo ocurrió en medio de una disputa por controlar territorios para la venta de drogas. Sentenció que lo capturará pronto.

Donde quiera que se encuentre, sin importar si lo detienen o no, debe saber que mientras usted tardó un segundo en pulsar con su dedo el gatillo, Raúl se gastará toda su vida en recuperarse de su bala, pero eso a él no le importa, mientras pueda volver a jugar fútbol. 

* Nombre cambiado para proteger a la fuente.

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