domingo 19 de julio de 2009 - 10:00 AM

Desencantos de una joven guerrillera

‘Natalia’ siempre tuvo claros los motivos de su viaje a Puente Nacional, Santander, en busca del frente 23 de las Farc. Lo hizo sola. Fue un secreto. Uno que finalmente tuvo que guardar durante cinco años.

Sus razones fueron ideológicas. Muy lejos estuvo de ser una más de las muchachitas que terminan con un fusil al hombro por culpa del hambre, una promesa falsa, la violencia intrafamiliar o una ‘traga maluca’. Ahora lo dice con una evidente desilusión, porque como se verá, ‘Natalia’ fue seducida poco a poco por una organización al margen de la ley que no tardó en mostrar su lado flaco. Uno lleno de incoherencias, tristezas y muerte. Por eso afirma que su historia es el relato de un engaño.

Hace 15 días desertó y ahora espera que el Gobierno Nacional la proteja. Ya dejó de llorar, pero sabe que cuando se reencuentre con su familia tendrá que dar una explicación. Ella, la líder de su colegio, la niña pila del barrio, la joven trabajadora, a la que no le temblaba la voz para decir lo que pensaba, terminó siendo obligada a permanecer en las selvas del sur de Santander, cargando un fusil y un alias que le siguen pesando.

La decisión


Tiene 23 años. Es una mujer menuda, pero su cuerpo demuestra las durezas de la selva. Habla claro, fuerte y mira siempre a los ojos.

‘Natalia’ ingresó a las Farc cuando ni siquiera había cumplido los 18 años. Vivía en Bogotá y su camino como líder empezó cuando estudiaba en el colegio.

Quería hacer campaña para convertirse en Personera y pronto ingresó a la Asociación Nacional de Estudiantes de Secundaria, Andes, que lucha por una educación pública, gratuita y de calidad.

Estaba feliz. Y mientras participaba en paros que buscaban tomarse los colegios en la capital, se unió a la Casa de la Juventud porque trabaja con los jóvenes en los sectores populares.

Vivía en medio del entusiasmo. Cuando no estaba en el colegio, permanecía en su barrio (de estrato popular) donde desde pequeña siempre escuchó hablar del Partido Comunista y de la Juventud Comunista.

Se graduó. Quería ingresar a una universidad pública, pero decidió prepararse con calma para el examen de admisión. Se daría un año de espera. Estudiaría y viviría lo que podría llamarse un preuniversitario y en ese lapso (¿por qué no?),  conocería a la Juventud Comunista.

Leyó todo lo que llegó a sus manos. Vinieron las invitaciones a eventos distritales y se unió a las marchas.

'Siempre se hablaba de la guerrilla, pero era algo como muy ‘elevado’. Uno tiene conocimiento de que Colombia no es el único país que tiene guerrilla, que hay una guerra interna… y yo decía: hay que experimentar'.

Y lo hizo. Además de las fiestas y de enamorarse, sus horas se iban en discusiones sobre la 'combinación de todas las formas de lucha, sobre economía política y en hacer análisis coyunturales'.

Cada día conocía gente nueva y pronto le sugirieron que entrara a la página en Internet de la Agencia de Noticias Nueva Colombia, Anncol, afín a las Farc.
Al mismo tiempo, ‘Natalia’ empezó una escuela básica en la Juventud Comunista y allí también comenzó a oír de las Farc. 'Muy bajo, pero sí muy entendible', dice.

Y enumera los hechos. 'Un día estando en la escuela básica, a la salida me encontré con una ‘resistencia’ en la recepción… había Policía afuera de la sede y yo no entendía porqué'.

En otra ocasión, dice, ingresó a la oficina regional de la JUCO y oyó por primera vez el himno de las Farc. 'No decía guerrilleros de las Farc sino compañeros de las Farc', afirma.

Según el testimonio de esta guerrillera recién desmovilizada, 'es muy escogida la persona que te va a hablar de eso (la guerrilla). No se hace abiertamente. Depende del nivel que vayas adquiriendo. Es como la depuración que se hace: sirves o no sirves. Si no sirves sigues en lo legal y ya'.

‘Natalia’ estaba confundida. Sabía que una cosa es la JUCO y el Partido Comunista y otra muy diferente, las Farc. Sin embargo, en la clausura de esa escuela básica, llegó un grupo de encapuchados a quienes identificó por los zapatos. 'Estaban conmigo en ese evento, me habían dictado charlas, eran estudiantes de universidades y llegaron con panfletos de las Farc y del Movimiento Bolivariano', dice.

Luego todo sucedió como una bola de nieve. 'En ese lapso desapareció mucha gente, no sé si cambiaron de ciudad o se fueron al monte… nunca pregunté'.
Conoció a jóvenes que estudiaban en la Universidad Francisco de Caldas Santander, en Norte de Santander. 'Venían tiroteados, hablaban de Rubén Zamora (comandante guerrillero) y del frente 33, y yo no comprendía'.  

‘Natalia’ no niega que la situación la atraía y que la gente la fue envolviendo, 'pero nunca te imaginas en realidad lo que es'.  

Muchos de sus amigos del barrio le insistieron en que no se fuera, que trabajara a nivel barrial. Pero era tarde. A uno de sus nuevos compañeros que había llegado a Bogotá desde Barrancabermeja, ya le había insinuado que quería conocer cómo era la guerrilla y él pronto planeó su viaje.

'Me interesaba porque yo iba leyendo cosas, me preguntaba porqué había tanto pie de fuerza de la guerrilla, no sabía si realmente estaba guiada a un buen proceso de desarrollo en el país. Pensé que se necesitaba apoyar a este grupo…', agrega.

En su casa, su mamá sabía que ella hacía parte de la JUCO, pero le reprochaba que se interesara tanto por la historia guerrillera.

'Ella me frenó, pero no le hice caso. Empecé a hablar de la lucha armada… y me metí tanto que ya no sabía cómo desenredarme'.

En carne propia  

El 8 de noviembre de 2004, esta joven citadina, que ni siquiera sabía cocinar, llegó en un bus a Puente Nacional, al sur de Santander y se desplazó hasta la vereda La Granja, donde la estaban esperando.

Viajó sola y no le dijo a nadie porque le advirtieron que sus movimientos tenían que mantenerse en secreto. Fue una alumna fiel y cuánto le costaría.
Rápidamente conoció a uno de los comandantes del frente 23 de las Farc, quien le confirmó que la llevarían hasta el campamento y que a los pocos días le darían los viáticos para su regreso.

‘Natalia’ pensaba que viviría la mejor de sus aventuras. Ni siquiera se preocupó cuando empezó la marcha; le dieron unas botas de caucho y le quitaron su celular.

Pero pasaron los días y se empezó a agotar. Quiso devolverse pero le informaron que había orden expresa de entregarla al comandante del frente 23, en ese tiempo alias ‘Nelson’.

'No me hicieron nada y eso me tranquilizó un poco. Cuando finalmente llegué al campamento, ‘Nelson’ me dijo que me quedara un mes y lo hice porque vi mujeres', dice.

A su cansancio se unieron más incertidumbres. Estaba sorprendida de encontrar niñas y niños de 13, 14 y 15 años.

'Me acercaba a ellos porque creí que tenían ese nivel de decir: yo soy guerrillero por razones como la desigualdad social, etc. Uno me dijo: yo estoy acá por huevón… no sabían nada sobre la historia guerrillera y me di cuenta que el nivel político era supremamente bajo'.

‘Natalia’ afirma que su primer mes en la guerrilla se resumió en ver a un grupo de gente armada. Les ayudó a transcribir el reglamento, el himno y poemas. Estaba aburrida. Quiso irse pero esta vez le informaron que había combates en la zona y que no podía salir.

Y aunque ella se rehusó en varias ocasiones a ponerse un uniforme y a cargar un revólver, porque insistía en que era una civil, terminó haciéndolo. A los cuatro meses vino otra  gran decepción. Le informaron que tenía que quedarse un año completo y que no podía comunicarse con su familia.

Sus ideales políticos quedaron tirados en el camino. Pronto fue una muchachita más. Lloraba, no se sentía en condiciones de seguir, no comía, no podía con el peso de las maletas… le decían chilletas y María Magdalena.

La primera vez que estuvo en un combate, el miedo la paralizó. 'Nunca me explicaron qué hacer en caso de una emergencia de ese tipo y cuando me di cuenta, sentí encima la plomacera'.

La dejaron sola. Y fue ahí, en ese momento, cuando le dijeron que se llamaba Natalia. Sólo vino en su ayuda un guerrillero con una herida enorme en el brazo izquierdo y el hueso partido en dos, al que ayudó a cargar en una hamaca durante 16 días sin que recibiera atención médica.

'Nos tocó andar con él mientras literalmente se iba pudriendo. La zona estaba totalmente bloqueada, comíamos yuca cruda, pepitas y cogollos de palma, hasta que finalmente el comandante lo abandonó'. ‘Natalia’ recuerda que el guerrillero era oriundo de Barrancabermeja, que nunca se quejó, que las mujeres lloraron cuando lo abandonaron en medio de la selva, que ni siquiera gritó para que el Ejército lo encontrara, que cuando volvieron a los dos días seguía vivo en medio de la descomposición, que hablaba incoherencias y que las Farc no hicieron nada por salvarlo. Terminó suicidándose.

Esa fue la mayor de las decepciones. ‘Natalia’ no se cansaba de cuestionar. A cualquiera lo podían herir. '¡Nos iban a dejar tirados…!'.

El frente se reducía poco a poco. Muchos desertaban. En los tiempos de oro, los frentes se componían de 300 hombres y hoy, en el caso del frente 23 de las Farc, luego de la entrega de ‘Natalia’ y otro de ellos, quedan ocho. Sólo ocho guerrilleros. Esa, dice ella, es la tímida presencia que tiene las Farc en el sur de Santander.

‘Natalia’ se recuesta en su silla y se ríe con desilusión. 'Me decía: esto de dejar morir a un hermano de lucha… esto no es revolución'.
Cuando abiertamente le informaron que no se podía marchar después del año, la compensaron nombrándola Secretaria Política, enfermera y operadora de radio. Lo irónico: su grupo nunca superó los 15 guerrilleros.

En cinco años sólo habló una vez con su familia para decirle que estaba viva y antes de que le quitaran el teléfono, gritó que estaba en Santander.

Con tan pocos en el grupo, era ridículo pensar en acciones militares, así que se dedicaban a cobrar el impuesto a los coqueros y a subsistir.

Intentó escapar, pero era tanto el miedo que le habían inculcado hacia el Ejército, que cuando llegó a una carretera se devolvió. 'Uno les coge terror porque nos dicen (la guerrilla) que nos van a violar, a torturar…'.

Pensó que el comandante la mataría, pero ni siquiera tenían la capacidad para hacerle un consejo de guerra por lo reducido del frente. Sin embargo, siempre se lo recordaron.  

Cuando llegó alias ‘Chaparro’ en el 2007, actual comandante del frente 23, el esquema cambió. Fue él quien planeó el ataque donde el 9 de mayo de ese año murieron ocho agentes y un subintendente de la Policía, que eran transportados en un camión desde una vereda de Vélez, Santander.

'Fue un choque escucharlos contar que oían a los policías gritar y que los habían rematado. Luego el mismo ‘Chaparro’ asesinó a dos presuntos paramilitares. Me tocó presenciarlo'.

Ese fue el comienzo del fin para ‘Natalia’, suponiendo que su pesadilla realmente haya terminado. Empezó a no cumplir órdenes. La sancionaban amarrándola o con oficios como cortar leña, abrir trincheras y  cavar huecos para sanitario. Se levantaba con la muerte clavada en su pensamiento. Ya no soportaba vivir casi en harapos mientras su comandante vestía bien y comían carne asada.

Así llegó el 4 de julio. A ‘Natalia’ la enviaron a entregar un dinero. Estaba sola, como cuando llegó a Puente Nacional. Empezó a caminar. Consiguió un celular; los campesinos la animaron a desertar. Se comunicó con su familia que la llamaba cada tanto para darle ánimo. Le decían que enfrentara el miedo, que podía salir de ese encierro.

La última que la llamó fue una prima que es como su hermana. ‘Natalia’ le juró que se entregaría al Ejército. Estaba a 20 minutos de una carretera y cuando menos lo pensó se encontró de frente con un soldado. Se asustó tanto que le confesó que era guerrillera y todo dejó de pasar, incluso el miedo a la muerte.

 

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